El teleférico, Santa Fe y la casa de Luis Barragán

De su entorno, la casa de Luis Barragán en Tacubaya sólo reclama para sí el cielo. No es esto una novedad; lo decía él y lo reiteran los miles de análisis y testimonios de su obra. La belleza de sus espacios y la introspección emocional que persiguen requieren del recogimiento, de romper su relación con lo que queda fuera de sus fronteras. La gloria está en que el resguardo del siglo se consigue a través de la libertad que llega desde arriba, no del confinamiento en sí. No sorprende, así, que al exterior del número 12 de la calle General Francisco Ramírez poco pueda sugerir que se está frente a un monstruo de la arquitectura. Y lo es, sobre todo, porque logra la proeza de aislarse de la ciudad para simplemente al interior jugar con el cielo en toda forma que le es posible. Hoy, sin embargo, la metrópoli le ha reclamado de vuelta una parte de ese mismo cielo.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Barragán había construido su propia casa en uno de los límites de la urbanización de la capital en la década de 1940. Un sitio ideal para la clausura. La metrópoli ya había devorado a Tacubaya para entonces, pero quedaba frente a ella el enorme bosque de Chapultepec como defensa de este crecimiento. Al paso de las décadas, la casa y estudio del arquitecto tapatío que ganó el premio Pritzker quedó rodeada de la peor ciudad: dos antiguos caminos y uno nuevo, convertidos todos en agresivas y aparatosas vialidades —Parque Lira, Periférico y Constituyentes— . Incluso el fragmento del bosque que quedaba exactamente frente a su casa al otro lado de Constituyentes fue urbanizado. Su arquitectura podía enfrentar esto y más pues, reitero, está diseñada para negar su entorno a nivel de tierra.

Tras su muerte, en 1988, un muy problemático polo comenzaba apenas a consolidarse hacia el poniente: Santa Fe. Ahora su casa quedó situada a la orilla de una de las más hostiles vías de comunicación entre el centro y el poniente. El inmueble fue inmediatamente declarado como patrimonio artístico de la nación y fue comprado por el estado de Jalisco y la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán. A pesar de la permanente transformación urbana, el objeto quedó protegido y habilitado para recibir visitas controladas del público. En 2004, además, fue inscrito en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Mientras tuviera el cielo, podría subsistir.

La controversia inició en enero de este año con el anuncio de levantar un cable para teleférico sobre Avenida Constituyentes, a un paso de la casa. Peor aún: se dio a conocer que la torre terminal quedaría en la vecina estación de metro Constituyentes y, por tanto, sería ampliamente visible desde diferentes espacios de la casa, además del paso de las góndolas en el cable. El aislamiento visual se extingue y la respuesta de arquitectos y de la Fundación de Arquitectura Tapatía no se hizo esperar. Les asiste que la declaratoria de la Unesco contempla la protección del paisaje inmediato que da sentido al inmueble, en este caso, el cielo. Su argumento, sin embargo, pierde relevancia cuando la obstrucción es resultado de tratar uno de los más graves problemas y largamente postergados: mejorar la conectividad de Santa Fe.

Fuente: Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad de México, con indicación superpuesta de la casa
Fuente: Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad de México, con indicación superpuesta de la casa

El asunto es que la Línea 3 de Cablebús no se ha planteado esencialmente como una solución para aminorar el desastre cotidiano que es Santa Fe para miles de personas. Sino que ese podría ser, apenas, uno de sus potenciales. El proyecto se ha insertado más bien como parte del interés que ha tenido tanto la administración capitalina como federal por invertir en el Bosque de Chapultepec como espacio recreativo. Una importante muestra de ello es que en el programa de estaciones que contará el teleférico se contempla que su terminal al poniente sea en el espacio de la cineteca que pretenden levantar en las instalaciones militares que se encuentran en la cuarta sección de Chapultepec, cerca de donde se juntan la prolongación del Paseo de la Reforma y Constituyentes. Es decir, apenas al inicio del nodo de Santa Fe.

A casi un kilómetro de la futura cineteca se encontrará la estación Vasco de Quiroga del tren México-Toluca. La interconexión entre ambos sistemas sería fundamental y el gobierno capitalino señaló que eventualmente se podría ampliar el Cablebús a este punto e incluso seguir su ruta hacia Cuajimalpa. Pero esto no forma parte de las prioridades actuales. Quiero decir: el gobierno de la Ciudad de México no está pensando en resolver sus pendientes con Santa Fe, sino sólo en las intervenciones que está desarrollando en las secciones tercera y cuarta de Chapultepec.

El modelo de Santa Fe es execrable. Sobre todo porque detrás de sí ni siquiera hay un modelo, sino que así se forja una ciudad cuando el Estado renuncia a su capacidad metropolitana y se reduce a asistir a los intereses de quienes detentan capital. Los problemas derivados de esta falta de planeación también han sido largamente señalados: una desigualdad social exacerbada y violentamente palpable en prácticamente todos los sentidos, la degradación ambiental en un terreno accidentado, la movilidad centrada en el automóvil, la ausencia de espacio público y, por supuesto, los accesos muy limitados y sin formas de transporte público masivo y sistematizado. Se trata de la mejor ciudad para apenas unos cuantos y la peor pesadilla para muchos más que no tienen otra opción que padecerla.

Ante la imposibilidad de desincorporar esta urbanización fallida, un sistema de transporte público que conecte la zona central de la ciudad con Santa Fe no es un capricho, sino un acto apenas mínimo pero indispensable de justicia social. Se trata de mejorar la vida de miles de personas que diariamente tienen que escoger entre dos o tres formas primarias de acceso, donde las probabilidades de que pasen atascadas horas en un autobús, microbús o taxi colectivo son muy elevadas. Un sistema de transporte público masivo es un paso en la dirección correcta que podría impulsar otros cambios que son urgentes en la zona, si bien no para transformar sus problemas radicales, sí para brindar una mejor ciudad a quienes les es negada.

Por ello es que llevamos ya muchos años escuchando de eventuales proyectos, incluyendo el tren Toluca-México, que aún no se concreta y si bien traerá algunos beneficios, también generará nuevas presiones. Mientras tanto, extender la red de Metro en la zona podría ser excepcionalmente complicado y costoso; y levantar nuevas líneas de Metrobús, aunque mucho más viable, también cuenta con algunas complicaciones. En cambio, lo que sí se ha concretado es la creación de nuevos accesos para automovilistas como la Supervía.

Sorprende, pues, que al haber dado con la solución del teleférico como un medio de transporte eficiente, barato y viable, su planteamiento inicial sea dirigido a un proyecto menos urgente. No quiero pecar de injusto: un teleférico en Constituyentes que desemboque en las puertas de Santa Fe es mejor que nada, sobre todo si se considera su eventual ampliación. Pero ciertamente lastima que su necesidad primordial sea presentada apenas como un aspecto secundario. Desde ahí, no resulta frívola la demanda de la Fundación de Arquitectura Tapatía de invocar la regulación patrimonial para salvaguardar la vista de la casa de Luis Barragán, si es que la disputa queda limitada al simple desencuentro entre dos proyectos culturales.

El patrimonio es, como casi siempre, una categoría complicada. En nombre de aquellas cosas que hemos decretado atesorar, frecuentemente se construyen campos de conservadurismos que pueden resultar absurdos. ¿Qué precio tiene el cielo?, diría Marc Anthony, para la casa de Luis Barragán: ¿vale detener una obra de altísimo interés público? Resultó preocupante leer esta declaración al diario Reforma del actual director de la Casa Luis Barragán, el arquitecto Guillermo Eguiarte: “Primero está la casa, luego está la movilidad, la movilidad se puede ajustar de alguna manera para no afectar a la Ciudad”.

Para el Gobierno de la Ciudad de México las prioridades del arquitecto también son decepcionantes. Parece que con el término “movilidad”, que lo coloca en un segundo plano, crea una distancia suficiente para no pensar que ésta implica la experiencia cotidiana y calidad de vida de miles de personas que, con suerte, un día habrán hecho la cita y pagado la cuota de la visita a la casa de Luis Barragán para maravillarse con ella. También sorprende su idea de ciudad al decir que la movilidad debe ajustarse para no afectarla, como si la experiencia masiva de habitar la metrópoli estuviera disociada de su materialidad. Ciertamente debe mantenerse el principio de proteger aquello que hemos decidido conservar y, por tanto, negociar las adecuaciones que permitan afectar lo menos posible, en este caso, el cielo que exige una de las casas más fascinantes del mundo. Pero si partimos de que “primero está la casa”, la batalla está perdida.

Luis Barragán era un admirador, entre muchas cosas, de los espacios franciscanos. Sin duda, debió haber entrado al antiguo claustro del convento de San Francisco de la Ciudad de México ya convertido en el templo metodista de la Santísima Trinidad, en la calle de Gante. Lo habrá encontrado techado, con bancas donde un par de siglos atrás tal vez habría tenido unos naranjos y posiblemente una fuente, con un par de crujías ya canceladas y sin accesos a la capilla principal del conjunto y otros espacios del monasterio ya destruidos. La historia de la ciudad le pasó encima y ahí sigue en pie, como un bello remanente de lo que fue y con la capacidad de revelar a la imaginación su aspecto inicial. Ya no hay franciscanos ahí.

Estoy seguro de que así como podemos admirar la belleza del claustro franciscano, comprender la trayectoria histórica de su transformación a lo que hoy es, e imaginar su disposición original, también podremos seguir maravillándonos con la genialidad de la casa de Luis Barragán, entender el complicado proceso y necesidades urbanas de su entorno, y ensoñar una vista sin teleférico. En todo caso, lo que esperemos que no tengamos que tomar en cuenta a la hora de hacer este ejercicio es que esta transformación haya sido resultado de un conflicto entre una administración encaprichada con una obra insignia y una fundación que piensa que primero va la casa, antes que, precisamente, la ciudad, entendida en la más humana de sus acepciones.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano y editor de este blog

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Publicado en: Movilidad, Planeación urbana

Un comentario en “El teleférico, Santa Fe y la casa de Luis Barragán

  1. Si el tren Interurbano de Toluca está por ligar Observatorio con Santa Fe, esto pueden, deben, ahorrárselo.

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