La pandemia del COVID-19 nos obligó a modificar nuestros planes. El COVID-19 comenzó a principios del año en China y dos meses después cuando llegó a nuestro país, y se tuvieron que tomar medidas de cuarentena, estábamos ya con las maletas para las vacaciones de Semana Santa. Pero los meses de marzo y abril no sólo están marcados por la actividad religiosa que nos permite tomar unos días libres y pasarlos fuera del trajín urbano, también son los meses de mayor sequía en el Valle de México: en ambos meses llueve en promedio el 5 % de lo que llueve en la ciudad en todo el año. La combinación de estos dos fenómenos, las vacaciones y la sequía, ha pasado desapercibida para muchos de los capitalinos, pero no así para el gobierno de la ciudad y, en particular, para aquellos que se encargan de la distribución del agua (Sacmex y Conagua).
Estos órganos gubernamentales aprovechan los días de asueto para darle un respiro al sistema de provisión en los momentos más críticos, cuando casi no recibe agua. En los últimos años, previo a Semana Santa, el gobierno nos suele anunciar que debido a obras de mantenimiento se realizarán cortes de agua en diferentes zonas de la ciudad. Por un lado, estos cortes hacen posible el mantenimiento del sistema de suministro, pero, por el otro —y quizá el más importante—ayudan a que las reservas de agua superficiales lleguen hasta la época de lluvias donde comienzan a llenarse de nuevo.
El 28% del agua de la ciudad viene del sistema Lerma-Cutzamala. Por lo que prácticamente un tercio del suministro depende de las dinámicas meteorológicas inmediatas. La cantidad de precipitación anual de lluvias repercute en qué tan llenas están las represas construidas para almacenar agua en este sistema. Una serie de años con poca precipitación puede hacer que, aún con los cortes en Semana Santa, no seamos capaces de llegar a la siguiente temporada de lluvias con el nivel suficiente de agua en para abastecernos.
No seríamos los primeros. En Ciudad del Cabo, Sudáfrica, toda la población se surte de agua a partir de un sistema de cuatro presas. Pero de 2015 al 2017 tuvieron una sequía que hizo que, para 2018, llevó a la ciudad a un punto crítico. Las políticas públicas de ese momento se orientaron a la solidaridad de los habitantes, racionando el agua a 25 litros al día por persona para un bien común: que todos tuvieran al menos un poco. Esto redujo el consumo de agua a la mitad. Es obvio que no todos sufrieron igual. Las personas con mayor poder adquisitivo lograron pagar pipas de otros lados para llenar sus cisternas, mientras que el resto de la población se ajustaba ahorrando agua para cocinar, ir al baño y bañarse. La lección de ese momento fue que, aún con la solidaridad y la intervención del gobierno, las crisis descubren y aumentan la desigualdad.

Ilustración: Kathia Recio
Esta misma desigualdad la estamos viviendo ahora con la pandemia del COVID-19 en la ciudad. Existe solidaridad al modificar nuestros hábitos para reducir la velocidad de propagación del virus, pero también es clara la desigualdad. No todos se pueden quedar en casa y mientras que en los barrios con alto poder adquisitivo la actividad ha disminuido notablemente, en otros la vida cotidiana permanece casi normal, pues muchos de sus habitantes no pueden dejar de salir a trabajar. La necesidad hace que se estén exponiendo a ellos y sus familias a contraer esta enfermedad, pero no tienen alternativa.
Estos días de confinamiento en plena época de secas modificaron también nuestra relación con el agua. Así como la ciudad es más vulnerable a la falta de agua en estos meses, ahora hay mayor dificultad para reducir el consumo. El agua que antes utilizábamos en las escuelas o sitios de trabajo, ahora la requerimos en nuestras casas. Es posible, incluso, que estemos utilizando más que antes pues las medidas de prevención de contagio requieren de agua constante. Además, al estar en nuestra casa, probablemente estamos gastando más en riego de plantas —o sus jardines, los que tienen— o estamos ansiosos y nos bañamos varias veces al día y limpiamos el piso en varias ocasiones. En suma, durante Semana Santa no se pudieron hacer los cortes de agua que el gobierno acostumbra a hacer año con año. En primer lugar, porque no hubo salidas vacacionales y, en segundo, por la necesidad de aumentar medidas higiénicas en la población.
A esto hay que añadir el cambio climático. A partir de la información de cuánto ha llovido cada mes en los estados del país desde 1985 que se puede obtener en la página del Servicio Meteorológico Nacional, es posible calcular un promedio de precipitación anual por quinquenios. De esta forma, entre 2015-2019 llovió anualmente —en promedio— 22 % menos que lo que llovió anualmente –en promedio– entre 1985-2014 en la Ciudad de México, mientras que en el Estado de México fue 25 % más. Ambas entidades se parecen en que la variación de precipitación ha crecido, es decir, hay años que llueve mucho seguido de años que llueven muy poco. Un análisis profundo a diferentes escalas, tanto espaciales como temporales, ayudaría a entender si estos cambios de precipitación representan una tendencia o son resultado de eventos anómalos. En cualquier caso, los cambios en la precipitación deben de considerarse en las proyecciones para obtención de agua superficial o del acuífero somero. La temperatura es otro factor, pues puede promover la evaporación en las presas en las que se reserva el líquido, y se pronostica que el 2020 será el año más caliente en el planeta del que se tiene registro.
La incertidumbre amplía las dificultades a la ya de por sí complicada tarea de proveer agua a 20 millones de de personas. Se puede planear a futuro a cinco o 10 años cuando se sabe cuánta agua hay a partir de un clima homogéneo, pero cuando existe una creciente variabilidad en la precipitación entre años, es imposible hacer una planeación a mediano plazo. A esto se le añaden problemas como las fugas repentinas en el Sistema Cutzamala que dejaron sin agua a más de 2.5 millones de personas en el Valle de México por unos días.
En los últimos años aumentó la búsqueda de alternativas para proveer agua a la Ciudad de México: desde pozos a más de dos kilómetros de profundidad, hasta la utilización de manantiales del acuífero somero. Estas ideas pueden ser muy peligrosas sobre todo si son medidas desesperadas. Cuando la urgencia lleva a utilizar agua de un sistema del cual se tiene poca información, las primeras en sufrir suelen ser las áreas verdes que también proveen de beneficios a los capitalinos. Por ejemplo, en este periodo, hay canales de Xochimilco con muy bajo nivel. Y ahí el agua es fundamental para la sobrevivencia de organismos como el axolote o para humedecer los cultivos, mismos que cobran particular importancia en el abasto de alimentos durante esta contingencia. La reducción del agua en este sistema podría atraer problemas mayores en su microclima, en la cultura, en la provisión de agua y en la conservación de especies.
Por su parte, los acuíferos someros tienen una dinámica mucho más rápida que los profundos; y son más susceptibles a las variaciones meteorológicas diarias. Por lo tanto, la utilización sostenible de estos acuíferos requiere de un monitoreo constante y muy preciso de la cantidad de agua que, día con día, se puede extraer. La falta de este monitoreo y de los cálculos precisos de lo que se puede extraer, puede destruir varios ecosistemas en la montaña o en el pedregal que dependen de un flujo mínimo de agua en época de secas.
Por algunos años la ciudad ha funcionado al filo de la navaja. Las opciones de provisión se están acabando y cada día se alejan más de una práctica sostenible. Por ello, es necesario hablar del consumo. Así como hemos sido solidarios y nos quedamos en casa para reducir la velocidad de propagación de la epidemia, debemos serlo para utilizar el agua de la manera más eficiente y que nos alcance a todos: a los ciudadanos y a la naturaleza urbana. Sin disminuir los requerimientos actuales de higiene, como lavarse las manos y mantener limpia nuestra casa, es posible que 90 % de viviendas que tenemos la fortuna de contar con infraestructura en el suministro de agua podamos hacer un esfuerzo en reducir el gasto de agua.
Para exigir a las autoridades que tengan una administración eficiente y sostenible del agua en la ciudad, es necesario que también pongamos de nuestra parte y consideremos que estando en secas priorizamos la utilización del agua para nuestra higiene y reducir contagios. El costo monetario del agua es bajo: aprovechemos esto para nuestra salud, pero no la utilicemos en actividades que sí podemos evitar. Después de que Ciudad del Cabo tuvo su crisis, se comenzó un proceso de modificar sus actitudes con respecto a la utilización del agua urbana. Debemos de buscar la diversificación de la obtención del agua y el recambio de jardines a especies nativas que resisten la sequía. Ahora es fundamental revaluar nuestro consumo y cambiar nuestras actitudes relacionadas con la provisión del agua si queremos tener una Ciudad de México en el futuro. Sin embargo, una parte fundamental de este cambio de actitudes incluye exigir a las autoridades transparencia en la información y prácticas sostenibles en la obtención del agua que nos provee. Si queremos una ciudad sostenible en agua, pongamos de nuestra parte y exijamos a las autoridades hacer la suya.
Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.
El suelo de conservación de la zona cerril de Xochimilco es invadida por grupos delincuenciales que construyen casas donde está prohibido, ya que es zona de recarga de mantos acuíferos y con el cemento impiden dicha recarga y contaminan el agua con los desechos humanos. Además del delito ambiental se comete delito de despojo en contra de los originarios. Hay denuncias en PAOT, FGJ de la CDMX, SEDEMA, Alcaldía, Jefatura de Gobierno de CDMX, Presidencia de la República y Asamblea Legislativa sin que nadie haga caso a los colectivos que han pedido su intervención. Por el contrario, protegen a esos grupos.
Que quieres saber? estuve trabajando 17 años en el laboratorio central de control y calidad del agua, antes DGCOH, ahora SACMEX.