Eusebio Leal, La Habana Vieja y los centros históricos

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Murió el pasado día de San Ignacio. Con 77 años y después de mucho tiempo de convalecencia, Eusebio Leal se fue el día del santo fundador de la orden religiosa que levantó el templo que hoy es catedral de La Habana. Como singular católico que siempre fue, estoy seguro que Leal habría mirado con cierto agrado la fecha de su partida. No es que tuviera una particular devoción por la Compañía de Jesús aunque ciertamente tomaba sus ejercicios espirituales, sino que San Ignacio además es un nombre que significa mucho dentro de su incansable labor en la restauración de La Habana Vieja.

La calle de San Ignacio conecta la icónica y fundamental Plaza de la Catedral con la hoy encantadora Plaza Vieja en el casco antiguo de La Habana. La restauración de la primera, junto con la Plaza de Armas, fue una de sus obras emblemáticas que dirigió cuando, como titular de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, tuvo en sus manos un nuevo objeto, un nuevo presupuesto y una nueva misión: gestionar ese casco antiguo que fue designado ahora como un centro histórico”, es decir, sujeto de una política y tratamiento particular a diferencia del resto del entramado urbano. Esto ocurrió primero en 1978 por parte del gobierno en la isla y en 1982 tuvo ese nombramiento por la UNESCO. A partir del inicio de los 80, Leal comenzó la formulación de planes quinquenales de administración del centro histórico de la capital cubana.

La otra plaza, sobre la calle de San Ignacio, la Plaza Vieja, fue restaurada –mayoritariamente– hasta la década de los 90, en un tiempo distinto para la Oficina aún a cargo de Leal. Esta plaza era entonces un espacio terrible: en la década de 1950 había sido convertida en un estacionamiento –o parqueadero, como dicen en Cuba– subterráneo. Desde los años 80 se contempló su remodelación, eliminando el estacionamiento, replicando su fuente original y rehabilitando sus edificios circundantes.

Esta obra de restauración, junto con todas las demás que hizo en La Habana Vieja, se aceleró y concretó cuando en 1993 la Oficina del Historiador obtuvo un carácter estratégico para el gobierno cubano: no solo dejó el rango provincial para incorporarse a uno nacional, acrecentando sus atribuciones y eliminando trabas burocráticas, sino que también se hizo de un mayor presupuesto y desarrolló un aparato empresarial, Habaguanex, que no solo restauraría La Habana Vieja, sino que coordinaría la explotación turística de estos trabajos. Desde entonces, Eusebio Leal tuvo en sus manos, durante casi 25 años más, un poder centralizado, capitalizado y con el respaldo de un régimen autoritario –al que siempre pagó con convicción sus cuotas de lealtad– para gestionar un centro histórico.

La evolución de la calle de San Ignacio y estas dos plazas, de alguna manera, podría representar la cumbre conquistada por una persona que, de origen relativamente humilde y sin estudios formales, se había incorporado con gran entusiasmo al proyecto de Emilio Roig, fundador de la Oficina del Historiador, antes del triunfo de la Revolución Cubana. Tras la muerte de Roig en 1964, Eusebio Leal heredó oficialmente la titularidad de la Oficina en 1967, con la misión específica de restaurar el antiguo Palacio de los Capitanes Generales del período colonial, convertido en el Museo de la Ciudad de La Habana. La licenciatura, los posgrados y las múltiples especializaciones y distinciones académicas vendrían después.

Ilustración: David Peón

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Pero el gran poder y utilidad de la Oficina del Historiador se consolidó, como he puesto, junto con la creación del centro histórico como política patrimonial y urbanística en 1978 y, como capital estratégico de explotación turística, en 1993. Desde entonces, La Habana Vieja se convirtió en uno de los casos más particulares de administración de estas nuevas entidades en el horizonte de las ciudades. El nombre de Eusebio Leal funcionó casi como un sinónimo de La Habana Vieja en medio de una funcional ambivalencia del gobierno cubano entre reconocerlo hagiográficamente como héroe de la Revolución y la de subsumir su protagonismo individual como un instrumento del aparato burocrático y colectivo. Esta ambivalencia también fue hábilmente suya: sabía destacar, sabía callar y sabía elogiar.

El diario oficialista Granma lo llamó con cierta frecuencia uno de los cubanos más útiles”. Y también en algunas entrevistas él enfatizaba que su única aspiración era esa misma: ser útil y nada más. Ciertamente lo fue, pero también fue algo más; tanto, que incluso entre el sistemático repudio al régimen cubano, es más frecuente encontrar un juicio matizado sobre su colaboración a la dictadura que sobre otras figuras públicas de la isla. Eusebio merece todo lo que seamos capaces de darle y hasta un poquito más”, sentenció Silvio Rodríguez alguna vez. Eusebio Leal fue mucho más que útil: fue un apasionado de lo que hacía. Y todos sabemos admirarnos por la pasión.

Leal y el régimen leyeron, como pocos, la señal de los tiempos. Ante la caída de la Unión Soviética, el turismo sería una de las pocas tablas de salvación. Y esto ocurrió al tiempo que el discurso internacional proclamaba centros históricos” por todo el mundo. Comprendieron muy bien que estos nombramientos eran, antes que cualquier otro interés, una activación de capital. Templos, casas, palacetes, callejones y monumentos recibirían flujos interminables de turistas con cámaras fotográficas y dólares. Si las políticas del patrimonio como propiedad del Estado estaban vinculadas a la producción de valores y culturas nacionalistas, al cierre del siglo XX resultaban más valiosas como enclaves emergentes del turismo.

La complicada gestión de los centros históricos en los últimos 40 años ha sido precisamente la tensión entre administrarlos como al resto de la ciudad, o como recursos de Estado, o como capitales de explotación privada. Sobre todo cuando el comportamiento de lo último a veces asemeja una versión posmoderna de la dinámica rapaz y caníbal de los pueblos emergentes alrededor de una mina descubierta.

Muchos estados, como es el caso de México, se encuentran frente a una incapacidad real de planificar, administrar y reordenar sus centros históricos bajo un poder centralizado que logre mantenerse al filo de estas tensiones y desarrolle un ambicioso plan maestro. Dependerá, claro, de la complejidad de cada centro histórico. Ante el adelgazamiento de los estados bajo el período neoliberal, la fragmentación de autoridades regionales y de los ordenamientos jurídicos locales e internacionales, la presencia y fuerza de organizaciones y dinámicas locales, así como los intereses empresariales globales, los centros históricos terminan siendo un tutifruti que, con bastante frecuencia, devienen en procesos de gentrificación sui generis mejor conocidos como de turistificación.

La Habana Vieja, hasta hace muy poco, era una curiosa excepción. Desde luego, el régimen socialista imponía una barrera enorme –pero no impenetrable– para los capitales extranjeros sin beneficio directo y amplio para el Estado. Al contrario, el objetivo era que el estado capturara la mayor cantidad de plusvalías que, en cualquier otro lado, sería mayoritariamente arrogado por el capital privado. Por otro lado, la gestión directa del centro histórico desde un gobierno central autoritario y militarizado, facilitaba cualquier ordenamiento territorial sin que las naturales resistencias locales de esto supusieran amenaza o freno alguno. La limitada capacidad de inversión en un esquema así fue siempre la mayor frontera.

Pero la misión de Eusebio Leal no fue solo la de producir una escenificación idealizada de una antigua villa atlántica del Imperio español –sin miasmas malolientes y con drenaje– para el consumo de turistas haciendo fila en la Bodeguita con sus ridículos gorritos del Che y tabacos de Partagás. Había que lograr esto mismo, pero sin desplazar a los habitantes de La Habana Vieja y sin despojar a la ciudad de edificios, plazas, símbolos, dinámicas y espacios de su propia intimidad. Quien ha caminado por La Habana Vieja sabe que es un centro histórico vivo, densamente habitado y visitado constantemente por los vecinos de la ciudad. Es decir, el centro histórico no fue entregado por completo al capital global, cuyas rentas verían los cubanos parcialmente redistribuidas en otros recursos, sino que también funciona como corazón y nervio de la ciudad de La Habana.

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La Habana Vieja de Eusebio Leal ha logrado transformarse en un pedazo de ciudad que se reconoce distinto a los otros tramos; se sabe especial; se sabe deseado. Es un pedazo muy atractivo para quien solo quiere una foto en Instagram, pero también para quien quiera profundizar en la historia habanera y la cultura cubana urbana. También es un vecindario, que, como habitante de La Habana, será privilegiado en algunos sentidos y condenado en otros. Además, es un polo de centralidad urbana de la capital del país que congrega actividades culturales, recreativas, educativas y, relativamente, también administrativas. Es un pedazo que aglomera una serie de imaginarios de corte nacionalista al margen del régimen en la isla, pero también de legitimidad para éste. Aún con sus cosas, sus carencias y sus inagotables insuficiencias, La Habana Vieja de Eusebio Leal es casi el centro histórico ideal… al menos por un tiempo; al menos como concepto y parcialmente como hecho.

Y si lo es, también es en buena medida porque la restauración de La Habana vino acompañada de la intensa producción de un imaginario complejo y amplio, que incluía y rebasaba a la propia Revolución. Desde 1985, primero en radio y luego en televisión, Eusebio Leal conducía el programa Andar La Habana. En él, más que erudición, Leal transmitió la pasión por la ciudad, por sus edificios, sus espacios, sus anécdotas. Es decir, no solo se remozaron edificios, sino que se les dotó de un ejercicio sistemático y constante de una narrativa cargada de afectos. Tal vez por eso es que Eusebio Leal no termina de ser repudiado por completo por el exilio cubano: a ellos también les regaló una Habana de la cual enorgullecerse e interesarse.

Si bien este imaginario puede perdurar, a nivel material el legado de Eusebio Leal es frágil. Este centro histórico ideal está siempre en constante riesgo de perder su balance. Y yo creo que lo ha perdido ya. Los recursos siempre fueron insuficientes, su alcance siempre fue limitado a un conjunto pequeño de manzanas, sus proyectos siempre tardaron en consolidarse. La gloria de La Habana Vieja se contrasta intensamente con la profunda y avanzada decadencia del municipio vecino, Centro Habana. La arbitrariedad geográfica de los programas de centros históricos y las desigualdades que segmentan es también paradigmático en el caso de La Habana.

Por otro lado, y al final del día, parece ser que sí era el magnetismo personal de Eusebio Leal el que irradiaba buena parte de ese proyecto. Tan pronto la salud del Historiador de La Habana empezó a mermar, también lo hizo el poder de la Oficina. En 2016 se le desincorporó Habaguanex, cediendo al control militar, bajo el consorcio GAESA, toda la infraestructura turística comercial. Con esto, le arrancaron el corazón a La Habana Vieja como proyecto urbano, le arrancaron el corazón de Leal. Bajo GAESA, la llegada de Airbnb y la pérdida de autonomía en los planes quinquenales, el centro histórico podría acelerar su explotación separada del apasionado imaginario cultural, histórico, vecinal y nacional del que lo impregnaba Eusebio Leal y convertirse así en cualquier otro proyecto de centro histórico canibalizado y turistificado. En los últimos años, varios proyectos comienzan a dar visos de lo que parece más una sobreexplotación desapasionada y despersonalizada de esos edificios y espacios.

Pero si es que el legado de Eusebio Leal no perdura materializado en La Habana, esperemos lo haga en el resto del mundo. Sus conferencias, sus textos, sus programas, su participación en foros y organismos internacionales sobre conservación de centros históricos, deben prevalecer. Pues Eusebio Leal comprendía, como pocos, que los centros históricos son algo más que fetiches turísticos, capitales urbanos o recursos nacionalistas. Tal vez desde sus ideas cristianas y socialistas, Leal pensaba el patrimonio urbano como un bien colectivo, comunitario y global que, bien activado y construido, nos toca en lo más profundo de lo que somos y lo que fuimos.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano y editor de este blog.