Es ya un lugar común decir que el mundo se ha convertido en un lugar predominantemente urbano. Ello no lo hace menos cierto o relevante. Los retos que traen el surgimiento de nuevas mega-ciudades en Asia, África y América Latina y las crisis de los centros urbanos en Europa y América del Norte, entre otros temas, han dado lugar a importantes procesos de reflexión teórica y práctica en materia de urbanismo. Uno de ellos es el programa Urban Age, una investigación global llevada a cabo por LSE Cities, un centro de estudios urbanos en la London School of Economics and Political Science (LSE), financiado por la sociedad Alfred Herrhausen del Deutsche Bank. Hace 10 años, Urban Age se propuso investigar las dinámicas de las ciudades poniendo en diálogo a académicos, políticos y expertos en los ámbitos del diseño y la planeación urbana. Durante este tiempo, el programa ha celebrado conferencias en Nueva York, Shanghái, Londres, la Ciudad de México, Estambul y otras ciudades alrededor del mundo.

El 23 de noviembre de 2015, en el marco del décimo aniversario del programa, LSE celebró una conferencia que llevó por nombre “Guiando el crecimiento urbano: ¿pueden administrarlo la planeación y la arquitectura?” (Steering Urban Growth: Can Planning and Architecture Manage?). Los ponentes fueron Joan Clos, Director Ejecutivo de ONU-Hábitat y Alejandro Aravena, Fundador de ELEMENTAL, la firma arquitectónica chilena. Guiando la conversación estuvo el arquitecto mexicano José Castillo y como panelistas Beatrice Galilee, curadora de Arquitectura y Diseño en el MoMA de Nueva York, y Ricky Burdett, el director de LSE Cities, profesor en LSE y artífice de la planeación de la zona olímpica de Londres en sus últimas olimpiadas.
El piso estaba puesto para una discusión con pocas discrepancias. Cinco personas que creen fervientemente que la arquitectura y el diseño pueden y deben guiar el crecimiento urbano. Joan Clos comenzó. Hay una crisis en el urbanismo, dijo. El caso chino lo muestra bien. Es masivo y genera valor, pero, al mismo tiempo, crea amenazas ambientales y retos para la integración social. Clos no dio lugar a la reflexión sobre la relación entre la creación de valor en un esquema de producción basada en la explotación del medio ambiente y los trabajadores y los impactos negativos del urbanismo a gran escala. Los presupuestos del modelo capitalista de producción urbana no serían el objeto de la charla.
En lugar de eso, la discusión partió del siguiente argumento: las ciudades deben crear valor y que eso sólo lo pueden lograr a través de una urbanización de calidad. La calidad se mide en función de las economías de localización y aglomeración que las ciudades pueden crear. El argumento central es que no todos los procesos de urbanización producen el mismo resultado: el diseño debe estar ahí para maximizar la productividad. El éxito de una ciudad no sucede, se crea.
Varias preguntas resonaban ya en mi cabeza: ¿quién es el sujeto de la urbanización?; ¿para quién está diseñada la calidad urbana? El actor abstracto, implícito en el discurso de Clos, era el capital y su acumulación. Los actores concretos son múltiples: expertos, empresarios y políticos. Los ciudadanos son objetos en este modelo de urbanización. La desigualdad está silenciada bajo el efecto ideológicamente igualador de la productividad. Es un discurso de urbanización que se basa en la filosofía del “como si”: como si no hubiera relaciones de poder, de dominación; como si la simple acumulación fuera suficiente para promover un crecimiento equitativo.
El modelo de la técnica al servicio de la acumulación le permitió a Clos hablar sobre una caja de herramientas para producir urbanización de calidad. Las herramientas están diseñadas para los tomadores de decisiones a nivel nacional, subnacional y local. Mencionaré algunas a continuación, intentando reflexionar sobre la relación que éstas pueden tener en producir una ciudad de calidad que está, al mismo tiempo, cegada a las relaciones de desigualdad y poder. La principal herramienta es crear una Política Nacional Urbana. Su objetivo: coordinar políticas y distribuir responsabilidades en materia legal, fiscal, económica y de gobernanza. Esta política, además, debe tener una perspectiva con tres frentes: (1) reglas y regulaciones; (2) diseño, y (3) planeación financiera.
La perspectiva de tres frentes, de acuerdo a lo dicho por Clos, es una forma de responder de manera técnica al urbanismo fallido, ese que produce cinturones de miseria y ciudades poco productivas. El modelo funciona, a grandes rasgos, así: se crean reglas claras en materia de uso de suelo, de espacio público, de derechos de desarrollo, de zonificación y de códigos de construcción. Se ejecutan a través de un diseño urbano que prioriza la creación de espacio público. Así, lo primero que se diseña es lo común, para después pensar en cómo desarrollar lo privado. Este modelo, para él, es la clave para tener ciudades exitosas. Más tarde se referiría a Manhattan como un ejemplo de ello, como si su ‘urbanismo de calidad’ no fuera también un reflejo del papel predominante de la economía estadounidense en el siglo XX y, en particular, de Wall Street desde 1970. Bajo esas condiciones económicas, el tercer punto, la planeación financiera, se vuelve más flexible. Las ciudades diseñadas para la acumulación son un lugar en el cual el capital financiero será invertido por quienes lo utilizan y ejercen, como ya lo ha demostrado David Harvey en numerosos análisis. El sujeto tácito del discurso de Clos emerge detrás de sus amenas formas de expresión y su ferviente defensa del poder de la técnica.
La preocupación que conecta la plática de Clos con lo que después mencionaría Alejandro Aravena es la planeación para el crecimiento urbano. Aquí, sólo dos dimensiones son consideradas: la demográfica y la morfológica. Lo que el modelo busca evitar es que las ciudades que hoy crecen a ritmos veloces se urbanicen fallidamente. Lo que se desea es eliminar la posibilidad de crear montañas cubiertas de casas grises, sin servicios ni espacios públicos, como esas que se extienden al infinito en el paisaje de la Zona Metropolitana del Valle de México. Un objetivo loable, sin duda. Algo con lo que todos podemos estar de acuerdo. El espacio público debe ser abundante y de calidad. El diseño de las expansiones urbanas debe considerar designar el 50% de la tierra a este rubro. Esto, además de producir calidad de vida, puede crear espacios que multipliquen su valor en el tiempo. Una escala humana, un plan bien diseñado de conectividad con otras zonas de la ciudad y la presencia de parques son las claves de esta herramienta.
El problema con esta perspectiva es múltiple. El primero es que asume la existencia de gobiernos que son, a la vez, altamente eficientes y profundamente técnicos. La eficiencia hace pensar en un espacio ideal donde la ley es inflexible, las decisiones están bien informadas en todo momento y la capacidad de planeación gubernamental es suficiente como para ir delante de la urbanización desordenada. Este escenario ideal se alcanza en la clara ausencia del ciudadano como agente productor de la ciudad. Recibe un espacio concreto, diseñado para ser productivo, eficiente y correcto de acuerdo a las reglas que un hombre blanco, poderoso y bien conectado expone en una de las escuelas más privilegiadas del mundo. Las diversas formas de habitar la ciudad quedan cercenadas. El habitar construido en los márgenes es negado. Se convierte en un resabio de la ciudad improductiva. Debe ser transformado para poder detonar procesos de acumulación. Si estos procesos podrían desplazar a los habitantes marginados de la ciudad, es un tema que no se tocará. La buena urbanización de Clos, que no viene por casualidad, sino por elección, es una que se decide en los escritorios de burócratas, expertos y diseñadores, lejos del ciudadano y los colectivos.
Será uno de estos expertos el que continúe con la plática: Alejandro Aravena. Su llegada a la fama global en el mundo de las soluciones arquitectónicas en el espacio urbano la tuvo gracias a una idea bastante más sutil que el espacio ideal de Clos. El reto que Aravena enfrentó en Chile, como Director Ejecutivo de ELEMENTAL, empresa encargada de la construcción de vivienda social fue: ¿cómo construir una buena casa con menos dinero? La solución usual es reducir el tamaño de las casas y su calidad. Cualquier asociación mental a las casas Infonavit que proliferan en espacios periféricos de las ciudades mexicanas no es una coincidencia.
Aravena tomó otro camino: construyamos la mitad de una buena casa. ¿Cuál sería ésta? La que las familias no pueden hacer por sí mismas. ¿Qué significa “buena”? Una casa con un diseño funcional que gana valor sobre el tiempo gracias a su localización y su diseño y que, por ello, se convierte en una inversión y no en un gasto para el gobierno. Aquí hay un juego interesante, que sucede dentro de las reglas del mercado, pero busca utilizarlas como una palanca para un desarrollo incluyente. Los receptores de la vivienda social serían, idealmente, personas marginadas que, teniendo una buena casa, podrían ver incrementado su patrimonio en el tiempo. La vivienda así se convierte en una palanca que reduce la desigualdad. Es una intervención del Estado de una forma menos directa que la transferencia directa o la redistribución de ingresos. Es una medida que, en palabras de Aravena, permite hablar el lenguaje de los tomadores de decisiones para diseñar una mejor ciudad.
Pronto, sin embargo, Aravena se daría cuenta que el reto de la vivienda ocurre en el espacio urbano. Éste tiene sus propios retos. Para ELEMENTAL, estos se pueden sintetizar en tres: la escasez de suelo; la escala de crecimiento urbano, y la velocidad de la urbanización. Este reto se convierte en una ecuación: x=1,000,000 personas × 1 semana ×$10,000 usd 15 años. El lenguaje de la ecuación permite, de nuevo, hablar el lenguaje de los tomadores de decisiones. Se convierte en un objeto que transforma la relación del diseñador con el político. Le permite decirle: el reto de la urbanización es de dimensión, dinero, tiempo y espacio. Le permite también plantear una solución.
Para Aravena, esta es diseñar pensando en los vacíos, los huesos y los lotes (The voids, the bones and the lots), el título de su intervención. Esta es la forma en la cual la arquitectura y la administración dirigen el crecimiento urbano. Mirar los espacios vacíos en las ciudades, pensar en la infraestructura como los huesos de lo urbano y en los lotes como espacios de creatividad ciudadana es la visión de Alejandro. Este diseño tiene como objetivos la creación de valor, de espacio público y de calidad de vida. No se resiste, en palabras de Aravena, a la informalidad, sino que piensa en formas de canalizar la capacidad existente en el espacio y sus habitantes de forma creativa e integral, pensando en los vacíos, los huesos y los lotes como las partes constitutivas del espacio urbano.
Aravena ofrece una imagen más rica en texturas y sutil en su relación con el mercado. Lo acepta como el espacio en el que se mueve, pero busca crear formas para navegar en sus márgenes. El objetivo es administrar el crecimiento urbano, pensando en una urbanización más justa. El límite que se encuentra es el mismo con el que tenemos que lidiar a diario. La ciudad se produce en un sistema que privilegia el valor monetario y la acumulación como formas de reproducción social. Al afirmar que el objetivo del diseño de viviendas y de espacios urbanos es crear formas de incrementar el valor es asumir que la ciudad sólo puede funcionar para ser productiva. Ello implica el mantener las reglas de la propiedad privada de bienes y medios de producción intacta. Implica aceptar que, en algún momento y de alguna forma, el productivismo terminará por levantarnos a todos, contrario a toda la evidencia empírica que muestra que, al paso del tiempo, las desigualdades y la acumulación de capital sólo pueden aumentar. El diseño, la arquitectura y la planeación se convierten una vía para guiar el desarrollo urbano a formas más justas dentro de los cada vez más estrechos límites del capitalismo contemporáneo. Una contradicción aparentemente insalvable.
Un breve corolario. En el público alguien pregunta que qué pasa con la desigualdad. Aravena responde que es necesario pensar en ella de formas más amplias que la mera economía. La desigualdad también se refleja en el acceso a los espacios públicos, en las formas desiguales de movilidad que condenan a unos a largos trayectos en condiciones llenas de peligro y estrés, en la mala calidad de la vivienda y la del aire, entre otras muchas cosas. La planeación urbana puede atacar estas desigualdades y mejorar la calidad de vida de los marginados. El codirector de LSE Cities, Philipp Rode, tuitea que la planeación urbana puede ser un atajo para combatir la desigualdad. Una amiga me muestra el tuit. Sólo puedo responderle que jamás será un atajo, pero siempre será parte integral de una estrategia colectiva que aspire a mejorar las vidas de todos y todas. No hay atajos para resolver la desigualdad. No hay respuesta a la desigualdad, los retos demográficos o medioambientales que no pase por la ciudad. Esta certeza debe dar pie a modelos de urbanización que empujen los límites de lo posible, que duden de las capacidades redentoras de la técnica antidemocrática y que reflexionen profundamente la pregunta: ¿para quién estamos diseñando y construyendo la ciudad?
Alejandro De Coss es maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.