“It’s truly magical” y la clase turista internacional

Centenas de guías, blogs, comunidades de Facebook, videos en YouTube y ahora usuarios de Tik Tok, todos dirigidos a un público estadounidense —principalmente—, hablan sobre la experiencia de dejarlo (casi) todo y mudarse a la Ciudad de México. Entre muchos de los materiales que he revisado al respecto, recientemente adquirí The Move to Mexico Bible (2022), que se suma a un mar de libros similares que se publican casi anualmente. Los discursos son los mismos, las preocupaciones son idénticas, los tips parecen una larga cadena de plagios. Es un tema saturado de su propia repetición tanto en información, como en una tónica que, al procurar las normas del buen decir y de acaparar influencia en su campo, revela una sinceridad ingenua que a los ojos locales termina siendo obscena.

El asunto explotó en redes hace unas semanas. Una viajera de mediano plazo tuiteó desde algún lugar bonito de la colonia Roma —adjuntó foto en su mensaje— que sus compatriotas se hicieran a sí mismos un favor y vinieran a México a trabajar de forma remota: “It’s truly magical”.1 El episodio generó algo más que ser la insoportable hoguera del día en Twitter. Se publicaron algunos artículos en medios tanto locales como extranjeros sobre gentrificación, desigualdad, turistificación, sistemas de alquiler de corto plazo y problemas de vivienda en la Ciudad. Este mismo sitio dio lugar a uno de ellos. También se inició una conversación sobre las comunidades de los autodenominados expats. Y es sobre este tema al que le dedico aquí algunos comentarios: a los discursos de algo que podríamos llamar una suerte de clase turista.

Ilustración: Ros
Ilustración: Ros

La etiqueta viene con sorna —ciertamente por “clase turista” solemos entender el pasaje más barato de un medio de transporte y es una categoría que, por haber resultado eventualmente estigmatizada, ha cambiado a nuevos eufemismos—. Pero si bien los fenómenos turísticos y migratorios en general son profundamente complejos, polifacéticos y diversos, creo que es factible considerar que dentro de ellos existe un colectivo cuyas características se comportan casi como una clase en sí misma. No la conforman, desde luego, todos los llamados expats, pero incluye a una gran proporción de estos; tampoco se trata de todo el turismo norteamericano o europeo, sino de alguna importante cantidad de éste y, por supuesto, tampoco excluye a turistas o inclusive migrantes de los otros países del mundo, especialmente cuando hablamos de los miembros de las clases medias y altas. Por centrar el tema en algún lado, me refiero aquí a su expresión en la Ciudad de México.

Todos los materiales sobre México dirigidos a esta clase turista coinciden en varios aspectos importantes que tienen como telón de fondo, naturalmente, el contraste entre la vida en el Norte global y el Sur. Por supuesto, esto nunca se expresa de forma explícita, pero subyace en prácticamente todas sus preocupaciones. “Hablemos primero del elefante en el cuarto”, parafraseo lo que dice The Move to Mexico Bible: la seguridad. El denominador común de los videos, libros, guías y foros de discusión al respecto es el de tranquilizar al turista: no te va a pasar nada si sabes mantenerte lejos de los problemas. Incluso encontré un canal de YouTube en el que una pareja de Arizona, ahora afincada en México, reprodujo dentro de su propia transmisión el video en el que otros dos turistas connacionales suyos se toparon en una carretera con un retén de hombres armados que los encañonaron y amenazaron, pero los dejaron ir al darse cuenta de que eran simples gringos perdidos. Los anfitriones del canal señalaban que ésa es una de las razones por las que muchos expats deciden abandonar México y que, aunque es válida, la experiencia muestra que no hay, en realidad, un peligro muy distinto al que se enfrentaría uno en cualquier otro lugar y que la violencia de los cárteles se circunscribe a un universo del que sólo conviene mantenerse alejado.

El doble discurso sobre la seguridad pública en México de esta clase turista me resulta fascinante en términos de la ingenua sinceridad que mencionaba. Debe remarcarse que hablan contra el imaginario cultivado en sus países de origen sobre cómo habría de experimentarse la violencia cotidiana allende sus fronteras. La revelación inesperada es que no hay homicidios en cada esquina, la sorpresa es que las probabilidades de que no sean víctimas de un delito son más altas que lo contrario y, sobre todo, el mensaje es que es posible experimentar una vida libre de violencia en la que la ficción es la de un crimen oscuro, lejano y bien autocontenido, pero no la de la paz que pueden construirse dentro de esa sociedad.

No hay o no suele haber, por supuesto, una reflexión sobre la dinámica de la violencia de la sociedad mexicana, ni de la posición que esas burbujas de paz juegan dentro de ella. Y tal vez no tendría por qué haberla. Pero esto se transfiere a prácticamente todo otro asunto recurrente que tratan en estos materiales: el costo de la vida —o, mejor dicho, el costo de su vida—, la posibilidad de trabajar remoto o localmente, en qué barrio vivir, si es necesario hablar español e incluso las posibilidades de entretenimiento.

Típicamente encontramos burlas en redes sobre cómo este movimiento turístico concibe una Ciudad de México limitada y pequeñísima: apenas unas cuantas colonias de las alcaldías centrales son su universo. Sí: invariablemente en los materiales que he revisado la recomendación número uno es habitar en la colonia Roma (inclusive una youtuber remarcaba mantenerse atentos a que se refiere a Roma Norte, pues también hay una Roma Sur que ya no es mejor). No omiten la sugerencia de la colonia Condesa, aunque aclaran que es más cara y, aunque encontré muchas menciones a Polanco también es común encontrar que es demasiado fancy. Encontré a quien incluso pedía disculpas por haber elegido vivir ahí, pero se excusaba diciendo que estaba más cerca de su trabajo.

Lo que encuentro revelador en todo esto tampoco es una gran sorpresa: la clase turista se disputa un capital entre sí misma donde las ciudades son simples telones de fondo. Es decir, la experiencia de vivir por una corta o larga temporada en la Ciudad de México —o en cualquier otro lugar, en cualquier caso— está configurada por y para los miembros de su clase. No se trata de elegir vivir en la zona que mejor se ajuste a sus necesidades y posibilidades personales, sino de estar en el rumbo correcto para los estándares del grupo. Así, al caminar hoy en las calles de la colonia Roma (Norte) vemos un mar de extranjeros, como en Lima los veríamos en Barranco o en La Habana en el Vedado —y así en casi cualquier ciudad. En ninguno de los casos son los únicos barrios céntricos, con buena infraestructura, oferta de servicios y cierta uniformidad de un nivel socioeconómico alto: pero son en los que toca estar al menos por ahora.

Si en cuanto a seguridad falta una reflexión sobre cómo es realmente el panorama de violencia del país, en términos del barrio de elección, el resto de la enorme superficie de la Ciudad de México ni siquiera es mencionado. No es que sea menos apropiado, más inseguro, menos habilitado en términos de infraestructura: simplemente no existe. La Ciudad de México nunca se presenta realmente. Quiero decir: hacerse el favor de ir a trabajar de forma remota en Mexico City porque it’s truly magical es un juego que tiene, en realidad, poco que ver con la Ciudad de México y más con las reglas de los capitales que se disputan en esta clase turista. Quizás esa desconexión tiene también alguna participación en las muchas razones por las que este movimiento irrita tanto a los locales.

Esta desconexión empieza a romperse, pero se resiste con fuerza, cuando se trata del tema más importante: el de las finanzas personales. México es barato, dicta el consenso. Lo interesante es cuando entramos a los detalles. Los influencers de estos asuntos tienen que llenar de acotaciones esta afirmación. No son baratos los electrodomésticos, ni la ropa. No son baratos los buenos restaurantes, ni los bares de la Roma Norte; tampoco los supermercados y tiendas de productos especializados de todo tipo. No son baratos los autos, ni el uber. Al final del día, sólo es barata la renta de vivienda y si es comparada con la de las grandes ciudades estadunidenses y europeas, que no es poco, y un conjunto de experiencias y consumos dignos de una story en Instagram, pero que no forman parte de su aspiración de vida cotidiana en la Ciudad de México ni en ningún sitio.

Mantener un sueldo medio estadunidense mientras se trabaja de forma remota en México es la que puede proveer la experiencia truly magical. Pero parafraseando un blog al respecto: “No esperes rentar un pent house en Condesa dando clases particulares de inglés”. La experiencia mágica mexicana se va desvaneciendo mientras más mexicana se vuelva, por lo que la habilidad de estar aquí consiguiendo estar lo más posiblemente aislado del estar aquí es lo que funciona.

Por lo demás, los tips y consejos sobre ser expat o turista de mediano plazo en la Ciudad de México son los convencionales: la gente es amigable, sí es necesario hablar algo de español, la comida pica y no esperes que todo sea Taco Bell, hay mucho ruido en todas partes y a todas horas, no existe la puntualidad, no debes beber agua de la llave, no hay respeto por las leyes y reglamentos, el clima es fantástico. Como local, me llamó la atención la frecuencia con la que señalan a la Ciudad de México como una urbe llena de perros domésticos, educados y bien entrenados, aunque casi siempre sin correa.

La gran pregunta que me queda al final de revisar estos materiales es sobre aquello que les atrajo a vivir a México. Casi todos estos materiales están llenos de advertencias y de formas de delimitar fronteras sobre su experiencia mexicana. No termina de quedar claro dónde es que está lo truly magical cuando estas burbujas las llevan consigo mismos a donde sea que vayan. Algunos tendrán la tentación de señalar que se trata sólo de esta cultura de presentarse públicamente en redes sociales. Sin embargo, las biblias para mudarse a México corren tan atrás como desde el siglo XIX. Y salvo las adaptaciones propias de la época, también corren con la misma línea. Sospecho que son las particularidades de esta clase turista internacional.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano y editor de La brújula


1 El mensaje original fue borrado por su autora tras el asedio que recibió. Respetando su decisión, no se provee una captura de pantalla de éste, ni su identidad.

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Publicado en: Espacio público, Vivienda