La azotea, un bien común

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Archaeological diagram of Çatalhöyük (During & Marciniak 2006:177)

 

Del Acapulco en la azotea a la Riviera en el roof garden

Çatalhöyük es un sitio arqueológico al sur de Turquía que nos permite entender cómo evolucionaron la organización social y las prácticas culturales de nuestros antepasados cuando descubrieron la vida sedentaria como producto de la agricultura. Es un testimonio único del Neolítico porque los pobladores de este primer asentamiento agrícola de la Anatolia central no sólo transformaron su aldea en un centro urbano sino que lo hicieron obedeciendo principios de igualdad. Esto se puede constatar leyendo sus entierros, las pinturas murales, la falta de edificios públicos y sus casas del mismo tamaño pero, sobre todo, su plan urbano.[1]

En Çatalhöyük no existían las calles ni los pasajes y por ello las casas no tenían más entrada que su tejado, porque las cuatro paredes eran compartidas en medianería. De modo que las azoteas (privadas) conformaban en su conjunto el espacio público de la ciudad. En las azoteas la gente se desplazaba, se reunía, hacía contacto e intercambiaba. En concreto: socializaba alrededor de su eje rector que era un horno para toda la comunidad. Esa vida comunal sobre las casas y alrededor de una actividad necesaria para la reproducción social me hizo pensar en las azoteas de la Ciudad de México y sus lavaderos.

En México, muchos edificios tienen habilitadas sus azoteas como lugares para lavar y tender la ropa. De hecho, algunas de ellas están parceladas en jaulas para que cada departamento pueda colgar su ropa sin el temor de que otro vecino venga y se la robe. Tan antigua es esta mala práctica – ¿qué hicieron primero Adán y Eva en su condición terrenal sino robarle una hoja a la higuera para taparse? – que ropa y robar comparten el mismo origen etimológico.[2]

Las azoteas en México no son un espacio público, como en el caso de Çatalhöyük, ya que no son espacios de libre acceso pues están limitados a los habitantes del edificio y sus invitados; sin embargo, son un bien común. Los bienes comunes no son cosas ni activos particulares sino la relación que un grupo social determinado crea alrededor de ellos para su “vida y pervivencia” como grupo.[3] En ese sentido, si nuestra ropa es una necesidad humana básica, las azoteas donde la lavamos también lo son.

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Foto de Daniel Pineda.

La azotea como bien común se debe a que es un espacio donde los inquilinos hacen comunidad mientras llevan a cabo sus actividades de todos los días. Es un espacio donde, al convivir, la gente se conoce y se acerca permitiendo, así, la creación y recreación del sentimiento de “estar juntos”; sentimiento que favorece a su vez el sentido de solidaridad con la otredad, y con ello el aumento de supervivencia del grupo. Cualquier acción que promueva ese sentimiento forma parte del proceso de comunalización;[4] incluso los mal vistos chismes de lavadero que podrían, por ejemplo, engendrar empatía ante la enfermedad o la muerte de algún vecino.

Pero lavar la ropa es apenas una de las tantas actividades necesarias en nuestra vida diaria que nos pueden ayudar a generar un sentido de comunidad. Por ello, aún sin lavaderos, las azoteas son un bien común: porque siguen siendo espacios de socialización. La azotea no es como el cuarto donde siempre dormimos o el baño donde siempre nos duchamos; la azotea es una y mil a la vez, porque cada quien, sin importar la edad, es libre de apropiarla según sus necesidades. Es decir, el uso de la azotea se transforma conforme nosotros nos transformamos.

De pequeños, las azoteas son un escondite si nos portamos mal; un salón de juegos para jugar con los vecinos, o incluso un laboratorio para experimentar la caída libre de unos globos llenos de agua. Después, como adolescentes, las azoteas son un refugio si queremos escapar; son un templo para meditar, y un salón de clases para aprender a besar y fumar. Luego, para los jóvenes, las azoteas son salones de fiestas, asadores, comedores, parque de diversiones acuáticas, sala de conciertos y un asoleadero. Y, a veces, es para todos un observatorio astronómico donde compartir una lluvia de estrellas o un eclipse lunar. En corto, las azoteas son un doble origen: el de nuestra persona y el de nuestras ciudades.

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Fiesta en la azotea de Day Off.

No obstante, la nueva tendencia inmobiliaria ha comenzado a cambiar el uso de este espacio que todos los condóminos podíamos usar. Hemos pasado del Acapulco en la azotea a la Riviera en el roof garden; donde el primero es popular, como la ciudad costera, y el segundo es exclusivo y sólo para los más ricos. Con la nueva oferta inmobiliaria de los roof gardens, los desarrolladores han convertido este espacio común en un espacio hiperprivatizado, limitando la socialización de los vecinos a un encuentro de algunos segundos en el elevador mientras se sube o se baja al estacionamiento. ¡Ah, el coche! Siempre omnipresente gracias al Reglamento de Construcción del Distrito Federal que exige cajones, pero no azoteas comunes donde colgar los calzones.

La idea original de los roof gardens era convertir en jardines comunales los techos subutilizados por la tecnificación del lavado de ropa. La idea era brillante no solamente porque respetaba el espacio de socialización, sino que, sin quererlo, el jardín en el techo representaba la oportunidad para sembrar nuestros propios alimentos en un huerto urbano, con lo que germinaba, además, la posibilidad de retornar al primer hombre público: el agricultor; aquél que dio origen a las ciudades. No obstante, los grandes desarrolladores encontraron mayor utilidad en la venta de las azoteas como un accesorio de los departamentos del último piso que en otorgar un espacio común para todos.

No existe fundamento legal ni ético que pueda justificar la venta de un espacio que la misma Ley de Propiedad en Condominio de Inmuebles para el Distrito Federal reconoce en su Artículo 23 como un objeto de propiedad común.[5]  Si un edificio cualquiera fuera construido por sus propios habitantes en esfuerzos semejantes, ¿usted cree que esta gente estaría dispuesta a dejarle la azotea al departamento del último piso sólo porque existe la ilusión de que es su techo y no el de todos? Lo que hace falta entonces es reconocer el derecho de medianería en la verticalidad de nuestros edificios para darnos cuenta que, a diferencia de lo que sucedía en Çatalhöyük, lo que compartimos por defecto en los edificios de las urbes contemporáneas son siempre los techos y no necesariamente las paredes. De esta manera, si nos damos cuenta que el techo de uno es el piso de otro, podemos establecer entonces el derecho de copropiedad sobre un elemento común del inmueble: la azotea. Elemento común que, según el Artículo 7 de la misma ley, “es accesorio e indivisible del derecho de propiedad privativo sobre la unidad de propiedad exclusiva, por lo que no podrá ser enajenable, gravable o embargable separadamente de la misma unidad”. En resumen, las azoteas no se venden, se aman y se defienden.

Francisco Reynoso maestro en estudios urbanos por el Colegio de México y  labora actualmente en el Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.


[1] World Heritage List. Neolithic Site of Çatalhöyük.
[2]Me doy cuenta de la semejanza fonética entre las palabras ropa y robar. Hago una rápida busca en Google y encuentro que tienen la misma raíz etimológica.
[3]Harvey, D. (2012), Rebel Cities. From the Right to the City to the Urban Revolution
[4] Brow, J. (1990), Notes on Community, Hegemony, and Uses of the Past. Anthropological Quarterly 63(1):1-6
[5]El mismo artículo reconoce como propiedades de uso común al terreno, los cimientos, las estructuras, muros de carga, fachadas y techos, por mencionar algunos.


18 comentarios en “La azotea, un bien común

  1. Artículo sobre un tema bastante desconocido para varios, especialmente los que no tenemos la convivencia de un edificio con departamentos, uno pensaría que como era costumbre en México las azoteas seguirían funcionando para el chisme, por otro lados siento que el autor debió argumentar más en algunos de los puntos que menciona sobre las azoteas, que sólo nos da una pequeña explicación de cada asunto negativo que está ocurriendo en las azoteas de los edificios habitables

    1. Hola, Silvio. Efectivamente, hay muchas más razones para exigir que las azoteas sigan siendo comunes y no espacios mercantilizados y privatizados. En este post, me interesé por hablar de su función social y la relevancia que tienen en la construcción del sentimiento de comunidad, lo cual me parece es relevante en las megaurbes como la Ciudad de México. No obstante, como bien dices, hay otros argumentos; por ejemplo, las razones ambientales y económicas, pero esas las plasmaré en otra entrada. Saludos

  2. Me quedo con la idea de la azotea como un bien que no es un activo… y es que las azoteas verdes me parecen una idea genial, hasta que llega el capital y todo lo vuelve una amenidad… como en los hoteles y como en los omnipresentes coches. Si quieres habitación con jacuzzi, coche con quema cocos o que tu depa tenga acceso privado a la azotea, te cuesta el doble. Todo lo disfrutable, cuesta más, y mientras más exclusivo sea, mejor.
    Buenísimo texto… generador de nostalgias al recordar la azotea del edificio de mi prima cuando éramos chicas y cómo desde ahí le gritábamos a la gente, aventábamos globos y teníamos una selva de ropa que explorar :’)

    1. Querida Rocío. Muchas gracias por tu comentario y por regalarme tu anécdota: no hallo mejor metáfora para la azotea que una selva de ropa que explorar. Como bien te diste cuenta, la nostalgia de perder estos espacios que nos van construyendo como persona desde que somos pequeños es lo que me impulsó a dedicarle unas palabras a este espacio que, en mi caso, contiene muchos recuerdos; pero lo más importante: recuerdos compartidos con seres queridos

  3. Muy interesante texto sobre el valor y las transformaciones de un espacio muchas veces olvidado. Me recordó a la “Teoría del Candingas”, el relato breve de Salvador Elizondo que habla de un habitante fantasmal de las azoteas del DF usado para asustar a los niños de la primera mitad del siglo XX.

    1. Estimado César. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido: cuando uno pasa de un edificio con azotea compartida donde, al menos, colgaba la ropa a otro edificio con roof garden privados y sin la opción de colgar la ropa en tu propio balcón (“es que se ve feo”), es cuando te das cuenta del valor de este espacio y sirve como detonante para darse cuenta lo presente que puede estar la azotea en la vida de las personas. Hoy mismo me busco el relato de Salvador Elizondo. Gracias

  4. Hola Francisco, aun no decido si hacer estudios de posgrado relacionado con lo biológico (forestal) o lo urbanístico, pero me acabas de general un dolor de cabeza, de esos que representan un reto!, y te lo agradezco. He hecho pequeñas acciones en pro de una terraza verde, y no en el plano de apropiación de una azotea común puesto que el techo de mi casa es solo de mi familia, y un techo árido como el paisaje de Sonora, Ciudad Obregón para ser preciso donde está este bien. Ahora que he vivido en DF y Morelos mas quiero ir a vivir de nuevo en esa propiedad (no tiene que ser así, a donde quiera que voy fundo, las hortalizas son la manera), la única que tenemos, y para recomenzar con estas posibilidades de contagiar a mis coterráneas de lo que he visto y lo que no he visto en materia de terrazas (por ejemplo seria todo una aventura, a diferencia del contexto que planteas, unir varios techos de vecino para generar en colectivo un corredor vecinal, no se). Ya hice con mis manos una casa de barro (casa de mis papas) me puedo plantear seguir construyendo para el propósito verde encima de la casita infonavitera un jardín, principalmente productivo de legumbres y frutos. Un saludo, y espero seguir leyéndote.

    1. Estimado Emmanuel: lo urbanístico y lo biológico están más unidos de lo que parece; simplemente piensa en las grandes bondades y beneficios ambientales y sociales que los “parques urbanos” le brindan a la ciudad. Estoy seguro que tus dos intereses los puedes compaginar en un proyecto interesante.
      Tu idea del corredor vecinal es muy buena. He visto algo parecido aunque no muy grande en algunas azoteas del centro histórico de Puebla, pero con sus puertas delimitadoras. Hacer un corredor de azoteas significaría, además, acercarnos a esa ciudad igualitaria como la de Catalhöyük, porque eso implicaría que nadie podría construir un edificio más alto que el de su vecino. Y así, compartiríamos el sol y el cielo de manera equitativa.

      Gracias por leerme.

  5. Me gustó mucho el artículo, pues, como bien se apunta, se ha desvirtuado el origen de la azotea de un edificio. Yo soy partidario de los roof garden compartidos, espacios comunitarios donde se pueda, precisamente, convivir y hacer comunidad entre los habitantes del mismo inmueble. En particular, prefiero un espacio que tenga asador y/o una pequeña área verde a una azotea llena de jaulas, bodegas o espacios infrahumanos destinados al “personal de servicio”.

    La tendencia en las grandes urbes del mundo es aprovechar los espacios al máximo, incluso los de los edificios. No importa si son hoteles, oficinas, restaurantes o departamentos. Me gustaría conocer un poco más acerca de que sucede en otras ciudades con este tipo de espacios y si existe alguna regulación que sea un modelo a seguir para nuestra metrópoli.

    1. Coincido contigo en varios puntos: si la tecnificación del lavado de ropa no tiene vuelta atrás, al menos no perdamos ese espacio común. Y es cierto que las rejas en las azoteas no son un espacio estético. Yo particularmente creo que las mismas rejas significan un mensaje velado de desconfianza. Por eso insisto en que no podemos permitir la pérdida de estos espacios: porque si perdemos la socialización, ganamos la desconfianza. Yo tuve la oportunidad de vivir en un edificio con azotea compartida, y en algún par de ocasiones dejé la ropa olvidada en días lluviosos y mis vecinos la guardaron Y DOBLARON por mí; algo que las rejas hubieran impedido.

      Gracias por leerme y buscaré qué otros temas y contextos podemos sacar de este espacio que ha inspirado arquitectos y filósofos.

  6. Excelente artículo, creo que en efecto cada día hay menos espacios de esparcimiento y para socializar con nuestra comunidad. En algunos edificios verdes se ha logrado promover las azoteas verdes como área común desgraciadamente los menores en nuestra ciudad. Coincido con que algunos de los mejores recuerdos de mi infancia fueron en la azotea del edificio donde crecí. Felicidades.

    1. Irma: Muchas gracias por leerme y por tu comentario. Creo que lo que nos hace falta hacer es impulsar la idea de las azoteas comunes para que no sean únicamente fuente de recuerdos de infancia sino generadores de experiencias sin importar nuestra edad y la época. Hay que luchar por conservar los espacios comunes.

      Saludos

  7. Me hiciste recordar los globos de agua que lanzábamos desde la azotea de mi casa, y el papel mojado, claro. Me gustaba mi azotea, pero en realidad nunca fue para socializar con los vecinos, jugábamos, no sentábamos en la orilla, sólo por la gracia de Dios nunca nos pasó nada… Hoy amo y defiendo mi azotea, el roof garden, y lástima que no se puede compartir a veces, por la falta de civismo de algunos, no es sólo lo que se ve feo; tengo vecinos a los que no les importa matar una planta en el frente al tirar cloro de su balcón, cada vez somos meos educados o dispuestos a la convivencia, y más amadores de nosotros mismos como para que surja la plática de lavadero que sin duda daría como resultado amistad y solidaridad reales. Excelente artículo!

    1. Estimada Elvira, tu comentario me ha hecho reflexionar. Para poder hablar de civismo, hay que entender que este es una construcción entre ciudadanos, ya que el civismo se refiere a las reglas de convivencia que una sociedad determina para poder vivir en colectividad. Por ello, yo te diría que la falta de convivencia hace que no haya conocimiento de la comunidad y, consecuentemente, hay una imposibilidad para dictar el civismo. No puede haber civismo en una sociedad que no convive. Así que ¡a compartir las azoteas para generar comunidad!

  8. Francisco Reynoso: Esta entrada de su blog me hizo volver la mirada a ese espacio y revalorar mi opinión de las azoteas compartidas. La azotea, con todo y sus tendederos, es un espacio común que promueve la comunicación, de la misma forma que antes la gente se reunía en la plaza o afuera de la tienda de la esquina a platicar.

    1. Estimado Neil: me alegra que ahora veas las azoteas con otros ojos; la intención era precisamente resaltar su función como espacio de reunión y de conocimiento de nuestros vecinos. Te invito a que un día hagas una parrillada en tu azotea

  9. Amigo, me dejaste -como siempre- pensando mucho en el tema. Quizá lo que más me agrada de platicar (y/o leer tus textos) contigo es que abordas temáticas tan interesantes como novedosas; de todos los elementos que componen físicamente eso que mentalmente denominamos “casa” o “depa”, jamás habría pensado en la azotea. Te lo dice alguien, que como Emmanuel Esquer (sí, anduve de stalker en los comments), vive en una zona (Mazatlán, Sin) donde la cantidad de edificios con departamentos no es muy grande y donde la densidad habitacional es ínfima en comparación con el DF.

    En el DF, la azotea es tanto un espacio de convivencia común -en el deber ser de la idea- como un espacio de apropiación; tan es así que bien decías que en el Distrito Federal se acostumbra a hacer la división de la azotea a fin de facilitar el lugar para el lavado, lo cual creo debe de tener cierta relación con la segregación del espacio bajo una fuerte lógica liberal. Lo que te puedo decir, a riesgo de no ser tan preciso y bajo mi propia lógica, es que en zonas no tan densamente pobladas, la azotea es la cara externa de mi techo, donde estas no se encuentran conectadas y por donde podemos observar el uso de mallas y cercas (en algunos casos también las hay electrificadas) por la necesidad de protección.

    Ahora, entiendo que te refieres a la azotea dentro de un edificio, donde justamente se exhiben estas necesidades y donde parece que la necesidad de apropiación resulta tan grande que el mero hecho de pensar en una “azotea comunal” puede ser motivo de discusión. En este sentido, mi rooftop defender, se debe de procurar la socialización hasta en el más recóndito lugar del edificio donde se habita y si bien, la azotea ha ido perdiendo ese valor como espacio de socialización, ha sido por las practicas económicas, en su rapiña, han logrado volverlo un espacio mercantil; lo que se necesita es desmercantilizarlo o deshiperprivatizarlo, como mencionas.

    Para lo anterior, se necesita nuevas formas de construcción tanto a nivel arquitectónico como social. A nivel arquitectonico porque parece que estos nuevos espacios son de “des-socialización”, a nivel social porque nos hemos “des-ciudadanizado”.

    Tarde pero seguro, aquí está mi comment.
    Saludos y espero ya el próximo.

  10. Amigo, creo que diste justo en el clavo: las ciudades que urbanizamos bajo una fuerte lógica neoliberal tenderán, cada vez más, a individualizar los usos del espacio. Me parece que un reflejo de esta perversión son las azoteas privadas y, precisamente, alzar la voz ante esta hiperprivatización del espacio es con la intención de que luchemos por conservar los lugares donde construimos ciudadanía y, en las ciudades densas como el Distrito Federal, qué mejor lugar que las azoteas donde podemos convivir con la otredad más próxima: nuestros vecinos.

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