La ciudad monstruo y su metabolismo destructor

La Ciudad de México es un monstruo encerrado en una jaula; una que le queda corta, chica, apretada. Como todo monstruo, la ciudad es un animal necrológico, híbrido: parte máquina, parte carne. Es un ser amorfo, reticular, mutable; es un cuerpo gigantesco en un territorio sobrenatural.

Ilustración: Víctor Solís

La ciudad monstruo es un parásito increíblemente grande que necesita agua, alimento, materia y energía para vivir y seguir creciendo a fin de extender sus límites actuales. Así se vincula con otros territorios de los que obtiene lo que necesita mediante brazos reticulares, lenguas pegajosas, raíces subterráneas y tentáculos de acero y hormigón que le ayudan a lograr su cometido: seguir en pie. La ciudad traga, consume, transforma lo que expolia de otras regiones y, como en alguna ley termodinámica, intenta desaparecer lo que su proceso metabólico no consigue digerir arrojando las heces lejos de su jaula para no olerla, no verla, no asquearse de sí. Y como la ciudad ha luchado por dejar de ser el monstruo acuático al que estaba condenada, también expulsa, desde hace ya cinco siglos, el agua que la ahoga, pues perdió sus branquias y sus aletas.

La Ciudad de México se extiende rastreramente a ritmos variables, ora veloz ora lenta, para alcanzar las fuentes que necesita. Una vez que encuentra el lugar ideal, se instala y chupa, extrae, seca los territorios que elige para tales propósitos. Los elige aleatoriamente para recibir sus desechos, condenándolos a ser paulatinamente destruidos por esa mierda que hay que agradecer.

Fuente de recursos y depósito de sus desechos, el Valle del Mezquital, al surponiente del estado de Hidalgo, es uno de los territorios que, a lo largo de casi un siglo, han sido incorporados a este destructor proceso metabólico de dimensiones metropolitanas que va ampliando la necro-ecología de la ciudad. Esta incorporación ha sido paradójica para el Valle: con la llegada del agua residual en la época porfiriana floreció una vida campesina impensada para las condiciones de aridez que caracterizaban a la región y, con el paso de las décadas, se convirtió en uno de los campos agrícolas regados con aguas residuales más grandes del mundo… y también en uno de los más productivos. Así, la ciudad intenta completar su proceso de desecación y, al mismo tiempo, se desentiende de todas las aguas residuales y de lluvia con las que nunca ha sabido bien qué hacer.

En dirección opuesta, la región envía a la Ciudad de México —y a otras más— los materiales necesarios para la construcción de nuevos edificios e infraestructura. En el Valle del Mezquital se ubican cinco cementeras que convierten las abundantes calizas en las montañas en materiales de construcción para que la arquitectura de vanguardia, los edificios altos y las calles encarpetadas doten de realidad las ambiciones de progreso y civilización que la ciudad busca representar.

No sólo eso: con la reubicación de la Refinería de Azcapotzalco en los años setenta comenzó la creación de un núcleo de producción energética. Su estrella es la Refinería Miguel Hidalgo, a cargo de derivados del petróleo, a la que con el tiempo se le sumó un complejo termoeléctrico dedicado a la generación de electricidad. Ambas fuentes de energía son necesarias para satisfacer las necesidades de la amiba urbana del centro del país. Llegan a la ciudad a través de estaciones, cables, ductos o vehículos; la iluminan y la mueven: la mantienen viva.

Debido a estos y otros procesos poblacionales, económicos y políticos, el Valle del Mezquital es un necroterritorio en el que unas personas mueren más rápido que otras. Las vidas del Valle están sometidas a los derroteros de la ciudad: no es sólo la contaminación del aire por exceso de partículas contaminantes, sino también la del agua con la presencia de materia orgánica y metales, y la del suelo con su salinización. A estos males están cotidianamente expuestos los habitantes del Valle, condenados a enfermedades cardiovasculares, respiratorias, intestinales, dermatológicas, dentales, oculares y cerebrales; y también males que destruyen la biodiversidad de la región, envenenan los ríos, desaparecen las montañas, asesinan tlacuaches y cacomixtles, matan aves y peces, derriban los mezquites.

Además de esa lenta necropolítica diaria, hay que agregar momentos excepcionales de muerte y destrucción: momentos gore. La explosión en los ductos de Pemex ocurrida en Tlahuelilpan, un municipio de la región, dejó casi 200 muertos en el año 2019. La escalofriante escena de las llamas ardientes de más de seis metros de altura que consumieron cuerpos en Tlahue es una de las más dramáticas que se recuerden. Fue una señal inequívoca de la grave crisis socioecológica, del infierno ambiental al que la ciudad monstruo ha condenado a la región.

Las otras escenas son las de las recientes inundaciones de septiembre de este año, en las que el Río Tula, desbordado por las aguas residuales y de lluvia que llegan desde la Ciudad de México, sepultó bajo dos metros de caldo hediondo a las colonias más céntricas del municipio y a varias comunidades ribereñas, mató a más de una decena de personas y dejó grandes pérdidas materiales. Estas escenas confirman lo que ya se sabe: el Valle del Mezquital es un territorio residual, la periferia alejada de la ciudad. Ahí se emplazan las formas más dramáticas en las que se expresa el desarrollo urbano de nuestro Sur.

La necro-ecología metropolitana se esfuerza constantemente por hacer sostenible para algunos lo que es insostenible para muchos; los actores locales que doman al monstruo, los políticos federales y las inversiones globales están interesados en que este modelo de ciudad continúe vigente: buscan sostener lo insostenible. La ciudad signo, la ciudad turismo, la ciudad cultura, la ciudad infraestructura, la smart city, el distrito central de negocios, la ciudad monstruo. La ciudad se niega sistemáticamente a mirar lo que está más allá, no le incumbe, lo desconoce; lo ignora aunque lo aproveche o lo provoque. Mientras los barrios centrales geográfica y económicamente estén limpios, secos, dotados de servicios e infraestructura, las periferias pueden seguir ardiendo, hundiéndose, apestando; pueden seguir condenadas a la amenaza y la contundencia de la muerte.

Para que el monstruo se yerga otros se tienen que hundir.

 

Raúl Pérez H.
Estudiante del Programa de Doctorado en Estudios Urbanos y Ambientales de El Colegio de México. Profesor en el Instituto Tecnológico Superior del Occidente del Estado de Hidalgo y la Facultad de Estudios Superiores, Cuautitlán, UNAM