A mediodía del domingo 26 de abril de 2009 las puertas de la Catedral Metropolitana estaban cerradas. Aún así, el entonces cardenal, Norberto Rivera, celebró su habitual misa dominical de las 12:00 en el altar mayor, con el cabildo y en compañía de apenas unas 60 personas que habían conseguido entrar unas horas antes. A la hora de la comunión, la nada apreciable figura máxima de la Iglesia Católica mexicana entregó la hostia consagrada en la mano de sus feligreses y no en sus bocas como es la costumbre. La fila de la comunión avanzaba de manera complicada, dejando un espacio de uno o dos metros entre los otros comensales del santo viático. Como en tiempos previos al Concilio Vaticano II, para consumir la oblea era preciso retirarse momentáneamente un velo del rostro, solo que esta vez no era una prenda que ocuparan solo las mujeres sino todos los asistentes, y esta vez no sería de encaje, sino de algunas cintas elásticas; y cubría solo la boca. Portarlo fue un requisito para permanecer en la misa. El resto de la feligresía podría ver la misa por televisión de paga o escucharla en el radio.
Más tarde ese mismo día, las medidas que tomó la Catedral fueron aún más drásticas. Uno de los sacerdotes de una vicaría episcopal ingresó a la segunda de las capillas de lo que los muy exquisitos llaman el “lado del Evangelio”, es decir, a la izquierda del templo mirando hacia el altar. Este espacio guarda en su retablo principal una escultura sencilla de un Cristo crucificado que, dicen, es capaz de aplacar epidemias. Y en medio de la crisis de influenza que vivimos en esa primavera de 2009, la Ciudad de México requirió de sus servicios.
Dijeron que ese botón de pánico no se había apretado desde 1850. El algún momento alguien más dijo que no, que el Señor de la Salud sí había sido invocado una vez más después, en los tiempos de la gripe española al término de la Primera Guerra Mundial. De hecho, ni siquiera es claro que en el pasado esa imagen realmente hubiera salido en procesión. Sin embargo, la Catedral afirma que es una talla del siglo XVII y que su emplazamiento original no fue ese recinto pero que justo por su efectividad milagrosa en temas de salud, fue llevado al máximo templo hace 300 años. No lo sé, aunque no sobrará que alguien haga un buen respaldo documental sobre esta historia, si no es que se ha hecho ya.

Ilustración: Adrián Pérez
Por lo pronto, en 2009, el vicario Cuauhtémoc Islas tomó al Señor de la Salud y salió en procesión por el atrio de la Catedral, pues no quiso meterse en problemas con el gobierno de la Ciudad de México que había prohibido ya las aglomeraciones en las plazas públicas. Al terminar, la efigie no fue devuelta a su capilla, sino que se exhibió en el Altar del Perdón, ese que sirve como vestíbulo catedralicio y recibe a los visitantes en su nave central tan pronto entran al templo y cuya celebridad convencional es el Señor del Veneno. La contingencia exigía darle a un arrumbado y olvidado Cristo de la salud un puesto operativo más relevante y propinarle antídoto por un momento a su gemelo tóxico. Desde ahí, el Señor de la Salud maquinó lo que tenía que maquinar. La Ciudad de México sobrevivió un nuevo Apocalipsis. Los que queden devotos podrán agradecer la intercesión.
Tan solo tres días antes de que la Catedral hiciera lo suyo, a las 23:00 del jueves 23 de abril, tras una larga reunión en Presidencia, el entonces secretario de Salud, José Ángel Córdova, salió a dar un anuncio en cadena nacional. Algunos cuentan que en esa cita previa vacunaron de emergencia al presidente Felipe Calderón. Estábamos bajo una amenaza biológica. En su mensaje, a menos de 12 horas que iniciara la siguiente jornada, Córdova anunció que se suspenderían las clases en todos los planteles del valle de México para evitar los contagios de influenza que la prensa apenas había comenzado a reportar al inicio de esa misma semana. Antes que eso, el brote había sido un chisme, casi un secreto a voces, una de estas manías alarmistas que se corren de boca en boca como el mito de la aleatoria lata de Coca Cola letalmente contaminada. Pero esos días ya había señales mucho más palpables de preocupación: no solo los casos de influenza aumentaban en una temporada atípica, sino que estaban afectando especialmente a jóvenes. Para esa noche de jueves, el mensaje de Córdova aún no confirmaba ni utilizaba el adjetivo que inmediatamente fue mantra en los siguientes días: porcina, influenza porcina. Es decir, no es la misma de siempre, la que llaman estacional, sino otra, una que solo por asociación taxonómica nos refiere a la recurrente gripe aviar que tal vez veíamos tan lejana, como de películas apocalípticas. Pánico.
Al día siguiente del anuncio del secretario, viernes, esa y otro par fueron las únicas notas que trajo el diario Reforma sobre el brote de influenza. Nada más. Pero para el sábado el buscador arroja exactamente 40 notas distintas con las palabras “influenza porcina”. Una sobre la preocupación de la Organización Mundial de la Salud por los 800 casos registrados en México y sus 57 muertos hasta entonces; otra de las autoridades de la ciudad hablando de un nuevo virus; una con preguntas frecuentes sobre cómo se contagia, cuánto tiempo tarda en manifestarse, cómo identificar sus síntomas; reportes de alertas internacionales como que Colombia restringía el paso de mercancías mexicanas, pero aún no de pasajeros. Y, sobre todo, avisos de cancelaciones: no habría justas deportivas, no habría conciertos, no habría eventos masivos. La enfermedad viral se volvió viral.
Como es habitual en nuestros Apocalipsis chilangos —y aunque jamás será suficiente para los más alarmados—, resulta asombrosa la relativa facilidad con la que nos vamos adaptando a las actualizaciones de la gravedad de la situación como si bajáramos a ciegas por una escalera de la que no tenemos ni siquiera una idea de cuántos peldaños hay. De pronto podemos pasar de tranquilizarnos por imaginar que con el primer escalón el descenso ha concluido a horrorizarnos al pensar que el siguiente paso será al vacío. Así vivimos el riesgo.
Los primeros días incorporamos las nociones más importantes del contagio. Debíamos lavarnos siempre las manos y, sobre todo, no debíamos tocarnos; mejor de lejos. Ésa se sentía como la restricción más extraña, la más alienante, la más frustrante y la más patologizante en una ciudad de besucones y abrazones. No debíamos estar muy juntos… y se lo decían a millones que a diario comparten el metro cuadrado con otros diez o quince en el transporte público. Y si no había de otra, tal vez convenía usar el tapabocas que el gobierno de la ciudad comenzó a distribuir en las estaciones podría ayudar. Por supuesto, las conversación citadina giró de la siempre puntual polémica sobre si el consumo de café contribuye o no a sobrellevar las olas de calor primaveral a si el tapabocas realmente servía para algo o no. No importa: para la semana siguiente, el Metro estimaba haber perdido el 60 por ciento de su afluencia y los microbuseros reportaron perder a la mitad de sus usuarios. Salieron medidas extrañas como la de alejar la distancia entre las mesas de los restaurantes. Llegó para quedarse como un hábito de la ciudad la disposición de alcohol en gel para desinfectar las manos.
Tan pronto anunciaban estas medidas, eran rápidamente actualizadas con una versión más drástica: mejor no separar las mesas, sino que los restaurantes de plano deberían cerrar sus puertas y solo podrían ofrecer servicio para llevar. Se ordenó cerrar los cines, los teatros, las plazas comerciales. La crisis estaba en la Ciudad de México, pero había otros focos más en el territorio nacional. El INAH mandó cerrar todos los museos del país. Cuba y Argentina suspendieron vuelos a México y en Estados Unidos se debatían si cerrar o no la frontera. Pronto algunos centros de trabajo comenzaron también a suspender actividades. Estábamos en cuarentena, con los calores de abril, sin una idea de a dónde ir para no pensar en nuestra muerte inminente por fiebres y bajo un insoportable dolor en las articulaciones. La vida en la ciudad era todavía más deprimente y depresiva que la de un 1 de enero en el que toda la euforia dionisíaca de la noche anterior se había ahogado en alcohol.
El cuerpo del desconocido era un seguro agente tóxico, el del vecino era el potencialmente infeccioso y el de los seres queridos tendrían que ser vigilados por si presentaban síntomas. Si la proxemia construida en afectos y marcas de clase siempre nos había servido para medir el riesgo que nos representamos a nosotros mismos y para levantarnos fronteras entre unos y otros, esta vez lo único que importaba era la mera proximidad de los cuerpos… Un virus venía de burlarse de la permanente ficción con la que simbolizamos y jerarquizamos nuestras relaciones. Un virus desmontó a la Ciudad de México y la mostró tal y como es: una mera aglomeración de órganos humanos; ni siquiera un hormiguero.
La vida en las calles era extraña. Existía la opción de salir a disfrutar de su soledad, de sus árboles, de su clima primaveral, pero tan pronto uno se encontraba con otro paseante, la probabilidad de que éste portara un tapabocas era elevada. La insignia de nuestra cuarentena era inescapable; era imposible fingir normalidad ante tan poderosa estampa de infección. No había olor a muerte, pero sí constantes visos de un triste temor a ella. En los espacios cerrados, la cosa no era mejor: estábamos fastidiados de las noticias pero tampoco podíamos dejar de consumirlas. Hay que decirlo: ésta fue la primer amenaza de Apocalipsis en la ciudad en la que contábamos de una manera un poco más generalizada el acceso a algunas redes sociales virtuales. Algunos acabábamos de abrir nuestras cuentas de Twitter un par de meses atrás y otros incluso la adquirieron a raíz de la emergencia. Sin embargo, buena parte de la acción estaba en Facebook. Lo recuerdo como algo igualmente tóxico que los tapabocas: los amigos y conocidos que no estaban en la ciudad, desesperados por saber qué estaba pasando, se angustiaban de más, se alarmaban de más, nos compartían los mitos y rumores que se decían en los países en los que estaban. Que si el gobierno miente, que si los científicos mienten, que si la prensa miente, que si todos nos vamos a morir. Faltaban todavía varios años para que se desarrollara el vocabulario propio de nuestro tiempo presente en cuanto a la forma en la que nos relacionamos con la híper información ahora sí híper conectada. No hablábamos fake news y de verdades alternativas, sino que era la novedad de los pánicos colectivos de antes pero en el muro virtual de tu tío el conspiranóico.
De tanta ciudad que era, se sentía muy poco ciudad. Era intolerable estar y no estar.
La historia es conocida: tan pronto se tomaron las medidas más drásticas, también pronto se vio que el ritmo de los contagios se estabilizó. Además, las muertes se detuvieron. Había una buena reserva de antivirales para enfrentar la enfermedad. Las cosas podían ir volviendo a la normalidad. Casi al cumplir un mes de iniciada la emergencia, el jefe de gobierno del entonces llamado Distrito Federal, Marcelo Ebrard, quien tuvo un papel sumamente activo en la crisis y a quien la dureza de sus medidas le valieron acusaciones de exagerado y de haber causado grandes daños económicos a la ciudad, declaró terminada la contingencia. En contraste, el entonces gobernador del Estado de México y posteriormente presidente nacional de triste recuerdo, Enrique Peña Nieto, pareció más bien esperar a la intercesión del Señor de la Salud. Fue Peña quien parece haber ganado la apuesta: poco invirtió y poco perdió. Nadie podría señalarlo como responsable ni de pérdidas humanas, ni económicas. Pero el día que levantó la contingencia en el Distrito Federal, Ebrard también nos dijo que la Ciudad de México nunca volvería a ser la misma tras esta crisis, que tendríamos que afrontar una “nueva normalidad”. Él ganó la apuesta: las generaciones que habitan hoy la Ciudad de México aprendimos a tomarnos menos en serio ese falso cliché de que nos reímos de la muerte y a tomarnos un poquito más en serio a los bichos.
Tal vez teníamos más de un siglo que la Ciudad de México no sufriera tal amenaza biológica como las de antaño, como el cococliztli y otras que diezmaron a su población colonizada e infectada en el siglo XVI; como las que se apoderaban de los empobrecidos barrios indígenas y de los conventos en el siglo XVII, llevándose, por ejemplo a Sor Juana entre sus víctimas; como el matlalzáhuatl que nos azotaba en el siglo XVIII; como el cólera que a mediados del XIX mató a decenas miles, cambiando la política funeraria de la ciudad al fundar panteones suburbanos y cobrando entre sus infectados a la cantante alemana Henriette Sontag que entonces nos visitaba. Los antibióticos y la suerte llevaron al Señor de la Salud a empolvarse en la Catedral. Su salida en el siglo XXI encontró una Ciudad de México tal vez más escéptica, pero igualmente vulnerable. Que si el virus hubiera tenido la letalidad que se temía, que si hubiera mutado, que si fuera algo como el ébola. La grandeza de la ciudad se convierte en una simple apestosa aglomeración si le inoculas el peor de los virus. Eso somos: la fantasía zombie a punto de ocurrir.
José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo y politólogo. Editor de este blog.
es especial el espacio que detallas al paso de una cotidianeidad rota por o a pesar de estos pinches eventos que queramos o no, nos hace menospreciarnos y afloran nuestros prestigiados presagios del fin del mundo por medio de nuestras superficiales frustraciones, pero si, gracias por recordárnoslo