La defensa del Cerro de Tlaltenco y nuestras ciudades monstruo

Cuando hablamos de la defensa del territorio, usualmente aludimos a la naturaleza como sinónimo de algún espacio intocado por procesos de manufactura humano-industrial. Usualmente, al hablar de cerros —y por tanto de naturaleza— pensamos que se encuentran muy alejados de la civilización y que son un alivio frente al caos urbano. Es decir, se conciben como algo ajeno a nuestra realidad, pero ¿realmente somos conscientes de su importancia?

Esto, por supuesto, no es una alabanza a la urbanización. Por el contrario, es un llamado a repensarnos y, sobre todo, a (re)crear las maneras en que habitamos las ciudades no sólo en un sentido individual, sino y principalmente, de forma colectiva. Para ello, es indispensable traer a la mesa un tema urgente: el ecocidio global compuesto por un cúmulo de episodios devastadores a escala local caracterizados por el agotamiento, explotación o privatización de bienes naturales para satisfacer las necesidades depredadoras de las urbes.

En este sentido, la destrucción de los cerros cobra gran relevancia. Para demostrarlo, resulta necesario visibilizar el caso de la devastación socioambiental y cultural del Cerro de Tlaltenco, Tláhuac, que forma parte de la Sierra de Santa Catarina, uno de los espacios de resistencia ecosocial en la Ciudad de México. El caso del Cerro de Tlaltenco es fundamental al hablar de la defensa de la vida y, en medio de un escenario de emergencia climática-ambiental global, nos obliga a emprender acciones urgentes.

En primer lugar, los servicios ecosistémicos que los cerros prestan a la sociedad se centran principalmente en la regulación hídrica que permite evitar inundaciones y sequías. Grosso modo, los cerros pueden verse como gigantes esponjas naturales que absorben el agua de la lluvia, lo que los convierte en reguladores atmosféricos, además de ser el hogar de especies de flora y fauna endémicas. Asimismo, los cerros se relacionan con funciones socioculturales y estéticas relacionadas con prácticas y saberes propios de sus habitantes como la agricultura, la ganadería, la herbolaria y la gastronomía, así como otras actividades de recreación que generan empleos o formas de sociabilidad autosustentables.

Ilustración: Kathia Recio

Debido a estas características, los cerros son relevantes ecológica, social y culturalmente. Sin embargo, bajo la racionalidad ambiental imperante, su valor se reduce a las formas en que pueden explotarse para obtener ganancias. El Cerro de Tlaltenco ha sido dinamitado para obtener grava y arena con el objetivo de alimentar a la industria de la construcción  —recientemente ha sido fuente de materias primas para el aeropuerto de Santa Lucía—, y ha sido objeto de la especulación inmobiliaria.

Esta situación no es reciente. De acuerdo con los habitantes de la región, el Cerro de Tlaltenco comenzó a ser degradado alrededor de 1970 con el pretexto de mejorar la calidad de vida de los habitantes, a pesar de que estos se opusieron. Si bien los gobiernos —en colusión con empresarios— consideraban atrasadas o empobrecidas las actividades agropecuarias y ganaderas, éstas permitían la reproducción socioambiental de quienes trabajaban la milpa y tenían un sistema de intercambio y consumo dentro y fuera de la zona.

La destrucción sistemática del lugar ha generado una fragmentación socioecológica que empeora la mala calidad del aire, el suelo y el agua de la región en particular y de la Ciudad de México en general. Las afectaciones del Cerro de Tlaltenco, junto con los otros cerros que conforman la Sierra de Santa Catarina, pueden observarse en la pérdida de su tamaño, fuente de deslaves y desgajamientos que han desplazado a especies endémicas (principalmente mamíferos y aves), y que han provocado la desaparición gradual de flora local como el pirul. 

Como consecuencia, también se ha mermado la capacidad de absorción de agua, cuya situación ya es difícil. De acuerdo con Conagua, en 2020 se registró una temporada de lluvias entre 30 y 60 días más corta que la observada en años previos. Con ello, el abastecimiento de agua se ve todavía más amenazado y la Ciudad de México se acerca deprisa al día cero.

La percepción de la importancia del Cerro de Tlaltenco de los entes gubernamentales y privados que han privilegiado al capital contrasta con la de quienes han habitado y resistido en los territorios de la Sierra de Santa Catarina, apostando por formas comunes de vivir. Además, la persecución de quienes se han opuesto a estos proyectos ha desembocado en asesinatos y desapariciones, desgarrando el tejido social.1 A la par del asedio del cerro, existen organizaciones que han permitido frenar su dinamitación y han apostado por su defensa. En este proceso, destaca la importante labor que han emprendido mujeres organizadas mediante diferentes colectivas y organizaciones que defienden el territorio y la vida digna. Y es que la dislocación sociocultural causada por la degradación del cerro ha impactado de forma más directa a las mujeres y a quienes dependen de sus cuidados no remunerados, como infancias, vejeces y personas enfermas o con alguna discapacidad, a través de jornadas dobles o triples de trabajo, violencias físicas, sexuales y emocionales. Su lucha no ha estado exenta de conflictos, principalmente relacionados con ideas misóginas que han menospreciado las actividades de cuidado de las mujeres. Debe mencionarse que los usos y costumbres permitían una sociabilidad recíproca con la naturaleza.

Ante ello, no sólo es importante reconocer las actividades que realizan la Cooperativa Itzpapalotl y Mujeres de la Tierra, una colectiva hermana de Milpa Alta defensora de la soberanía alimentaria, sino que es urgente amplificar su voz y las lecciones que sus actividades nos dejan. Entre ellas, destacan caminatas ecológicas al Cerro de Tlaltenco, cursos y talleres artísticos, culturales y de instalación de huertas comunitarias, jornadas de siembra masivas, y conversatorios relacionados con la defensa frente a lógicas de explotación y dominación de la naturaleza y las mujeres, así como la venta y distribución de productos sembrados desde la milpa.

Todas estas actividades tampoco han estado desligadas de asedio, principalmente acoso paraestatal relacionado con lógicas patriarcales, por lo que desde su propia voz nos convocan a sumarnos a la acción colectiva, al reconectar con la tierra y comprendernos como seres interdependientes y vulnerables con necesidad de afectos, que conviven en ecosistemas complejos. Nuestros cerros nos necesitan tanto como necesitamos de ellos.

Ciudades monstruo y ecocidio: algunas reflexiones

En términos simples, el ecocidio alude a aquellas acciones o procesos que se realizan sabiendo que sus consecuencias traerán daños graves, extensos, duraderos o permanentes al medio ambiente. Estas acciones son realizadas mayoritariamente de manera legal a través de los gobiernos internacionales, regionales, nacionales y locales en turno, en colusión con las grandes corporaciones, acelerando el colapso de los ecosistemas existentes.

Como explica Marta Tafalla, el ecocidio también se refiere a un suicidio colectivo. Por una parte, los grandes actores que ejecutan las decisiones se fundamentan en una racionalidad económica-ambiental; por otra, hemos sido muchas las personas que de una u otra manera lo hemos permitido al no exigir que ello se detenga.

Lo que sucede con el Cerro de Tlaltenco sin duda constituye un ecocidio. De no detenerse  —y de no implementar acciones que permitan su regeneración en el corto, mediano y largo plazo—, se pone en riesgo el equilibrio climático-ambiental de toda la Ciudad de México. Como señala el informe más reciente del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, ya no estamos hablando de cómo evitar los daños sino de cómo evitar que sean todavía más cruentos.

Para ello necesitamos un cambio radical de paradigma, el cual no encontraremos solamente en los textos, sino que nos obliga a volcarnos a la tierra, a reconocernos como seres que habitamos una casa común llamada Tierra, en la que cohabitamos con sistemas complejos como los cerros. Las colectivas encabezadas por mujeres, pueblos originarios, pueblos campesinos y pueblos afrodescendientes nos muestran las rutas que podemos sembrar en nuestras propias realidades.

Debemos repensar de dónde y de quiénes se alimentan nuestras urbes, a costa de qué vidas y por qué lo seguimos permitiendo; debemos recrear nuestras formas de sociabilidad apostando por la defensa de la tierra en medio y alrededor de nuestros territorios. No tenemos que olvidar que mientras haya tierra, habrá vida. Y la vida se abraza y se defiende.

 

Andrea Cortés Islas
Ecofeminista de la CDMX. Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México.Creadora de contenido digital ecofeminista en Alimentacción y delegada de México en la Consulta Phoenix por los derechos de las infancias a un medio ambiente sano. Sus textos pueden ser consultados en Academia y Malvestida.


1 En una caminata ecológica por el Cerro de Tlaltenco, personas de la comunidad me han señalado que el hostigamiento al que han sido sometidas por parte del gobierno y de entes privados han llevado a desapariciones de personas y un asesinato, así como otro tipo de amenazas físicas y morales. En todos los casos, nada se ha documentado.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sustentabilidad

Un comentario en “La defensa del Cerro de Tlaltenco y nuestras ciudades monstruo

  1. Desgraciadamente nada se ha documentado y también ningún grupo ecologista se ha encargado de defender este cerro, el día 10 de julio del presente año el grupo Chachultepec originario de Tlaltenco junto con Corena llevó a cabo una reforestación y se hizo una invitación general a ciudadanos y grupos en general a participar en dicha reforestación, más sin embargo nos encontramos con un grupo de personas que están realizando construcciónes de casas y hubo conflictos con estás gentes, más sin embargo se han realizado denuncias ante la fiscalía de Tláhuac y está se hecha la bolita con la Sedema para llevar a cabo la detención de este tipo de construcciones que ponen en peligro los alimentos, la flora y la fauna del lugar y también la recarga de los mantos acuíferos, por eso la importancia de que se defiende esta parte importante de la sierra de santa catarina, más sin embargo las dependencias encargadas de vigilar estos cerros parece que no existen porque no solo son los cerros de la sierra de santa catarina, sino también los de la alcaldía Xochimilco, Milpa Alta y yo creo que también Tlalpan y Magdalena ,Contreras.

Comentarios cerrados