La economía colaborativa llega a la Ciudad de México

A las 10 de la mañana del viernes 4 de noviembre llegué a mi entrevista para ingresar a Apli; la dirección, Campeche 233, el lugar, una casona de la hípergentrificada colonia Condesa. Un agente de seguridad privada abrió la puerta, tras él una joven rubia me hizo firmar un libro de visitantes. “Empresa que visita: Apli”, la mayoría de los registros anteriores decían lo mismo. “Al subir las escaleras, da vuelta a la izquierda, es la puerta que está abierta”. Las indicaciones eran necesarias porque muchas otras pequeñas empresas estaban instaladas en el edificio renovado. Allí era numa Start-Up Mansion, el primero de muchos espacios de coworking que han surgido en los últimos años en la Ciudad de México, contribuyendo al alza de precios en barrios antiguamente deteriorados, al repartir rentas y costos excesivos entre empresas que de otra forma serían incapaces de costear.

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Tras entrar a la pequeña oficina, una joven me entregó varias hojas mientras me decía una frase memorizada, que repetía mecánicamente a todos quienes esperaban su turno: “este es tu contrato; básicamente aquí dice que ni tu eres nuestro empleado ni nosotros tus empleadores. No tenemos ninguna obligación contigo”. En Apli todas las obligaciones son del “prestador de servicios independiente” y resultan con la empresa que decida contratarlo de manera eventual.

Mientras leía el contrato, intitulado “términos de uso”, pude platicar con otros buscadores de empleo. Contrario a la publicidad de Apli en redes sociales, no eran estudiantes con barba hipster que deseaban ganar dinero en sus “fines”, sino adultos empleados en trabajos de oficina, algunos estudiantes a distancia, muchos habitantes de barrios periféricos y sobrepoblados de la capital. El usuario potencial de Apli es aquel afectado por las crecientes desigualdad y precarización laboral que necesita complementar los salarios raquíticos de sus empleos cotidianos o trabajar para costear el encarecimiento de la educación universitaria.

Después de firmar tu contrato —del cual no accedieron darme copia por “estar en la página de internet”, donde nunca pude descargarlo— te graban explicando por qué decidirte unirte a Apli. Las palabras más repetidas fueron “flexibilidad” y “libertad”. El discurso de Apli hace eco de la narrativa dominante en el actual sistema económico: “Tú estás a cargo, tú eres tu propio jefe y escoges donde y cuando trabajar”. Sin embargo, estos supuestos beneficios se evaporaban al leer el contrato: Apli puede dar de baja tu perfil si decides rechazar tres ofertas de trabajo.

Apli va más allá del esquema de outsourcing. Su modelo de negocios es bastante sencillo. Primero, los buscadores de empleo se registran en sus oficinas. Posteriormente, una empresa, principalmente restaurantes en barrios gentrificados y call-centers, que desea reducir sus costos y minimizar sus obligaciones sociolaborales le solicita un trabajador temporal. Finalmente, la start-up ofrece el turno a uno de sus usuarios quien, al aceptar, inicia un “Contrato de Prestación de Servicios” que no conlleva derechos laborales ni prestaciones de seguridad social, únicamente el pago de honorarios por parte del negocio que lo ha solicitado. Apli transfiere a los usuarios todos los riesgos y costos que las empresas no están dispuestas a aceptar. Si accedes ocupar un trabajo eventual, tú debes presentarte con el material necesario para el trabajo; tú debes pagar tus gastos de transporte y alimentación; tú debes pagar los impuestos que resulten del pago.

Del otro lado de la pantalla, por proveer una coordinación digital con costos cada vez más pequeños y otorgar prestigio a la informalidad laboral mediante la imposición de una marca, Apli obtiene 100 pesos por cada turno cubierto. Los inversionistas detrás de Apli no ganan dinero por proveer una tecnología —ni siquiera ofrecen una app o plataforma virtual, las ofertas laborales te llegan por Whatsapp y se anuncian en un grupo privado de Facebook— sino que lucran de relaciones económicas entre privados, generando ingresos del trabajo ajeno.

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Desde su inicio en la Ciudad de México en julio de 2016, Apli ha resultado muy exitosa. Según sus fundadores, Vera Makarov y José María Pertusa, ya ha registrado a más de 4,000 candidatos y cubierto más de 500 turnos para más de 50 clientes empresariales. También ha atraído la atención de importantes fondos de inversión dedicados a la especulación en startups y negocios por Internet como ALLVP, Sonar y BlueBox de quienes ha recibido un financiamiento de 450,000 dólares. Los fundadores de Apli y medios de comunicación han celebrado a esta startup por adoptar el exitoso modelo de la “economía colaborativa” norteamericana, que ha convertido en millonarios a los fundadores de Uber, AirBnB y, con mayor parecido a Apli, TaskRabbit. Sin embargo, visto desde la perspectiva del bienestar de los trabajadores y los derechos laborales en México, importar la economía colaborativa debe ser causa de preocupación por la aceptación y normalización de uno de los rasgos más perniciosos del neoliberalismo actual.

La nueva manera de “compartir”

El término economía colaborativa sirve para legitimar nuevas formas de desigualdad laboral y la apropiación por parte de grandes corporativos de la plusvalía generada por los trabajadores, mediante una narrativa de progreso tecnológico inevitable y altruismo comunitario. Su premisa básica es que las plataformas digitales sirven como un foro para ofrecer activos económicos subutilizados y encontrar demandantes que los requieran urgentemente. Aunque se le promueve como una alternativa para intercambiar bienes o servicios al margen del capitalismo, el esquema de negocios de Silicon Valley y otros polos de desarrollo tecnológico —orientados hacia el crecimiento especulativo y los retornos a corto plazo— le ha convertido en un esquema de actores atomizados cooptados por instancias corporativas que se enriquecen a costa de las transacciones sin atender preocupaciones laborales o de sostenibilidad. Así, si Uber surgió como una opción para obtener ingresos de los viajes a casa, se ha convertido en una flotilla informal de taxis que deben tomar turnos excesivos para compensar las decisiones de los inversionistas; si AirBnB permitía rentar cuartos vacíos terminó dando cabida a grandes consorcios inmobiliarios que promueven la gentrificación; si Apli facilita usar las horas libres para ganar recursos extras terminará convirtiéndose en un ejército de subempleados listos para tomar empleos precarios, eventuales y sin protección alguna.

No resulta extraño que este tipo de esquemas de negocios resulten exitosos en un mundo en constante recesión económica, dominado por una ideología que pregona las bondades del mercado mientras estigmatiza cualquier esfuerzo de organización política comunitaria. La economía colaborativa se basa sobre las construcciones intelectuales que han dado forma al neoliberalismo: la posibilidad de crear situaciones de mercado en todas las esferas del universo social y la producción del individuo como sujeto empresarial. Mientras el momento neoliberal es incapaz de cumplir sus expectativas, esta economía ofrece paliativos menores y temporales que evitan la crítica sistémica al modelo en su conjunto. Los dueños de estas apps han convertido a la inestabilidad económica post 2008 en una oportunidad de mercado.

El turno es de México

Nuestro país ofrece un terreno fértil para la expansión y normalización de la precarización laboral mediante el discurso de la economía colaborativa. En México los trabajadores han sufrido un deterioro de su salario real a partir de las crisis económicas de la década de 1980 y la subsecuente reorganización neoliberal; el desempleo es la prospectiva más probable para los jóvenes de entre 20 y 29 años, mientras que quienes logran trabajar obtienen en promedio salarios por debajo de seis mil pesos mensuales; y la economía informal aporta alrededor de una cuarta parte del PIB nacional. En particular, la Ciudad de México fue fuertemente golpeada por los ajustes del nuevo sistema económico. La desindustrialización de fin del siglo pasado costó más de 100,000 empleos y elevaron el desempleo hasta el 12%. Ahora, a causa de una serie de políticas para atraer flujos de capitales, su economía se basa en la provisión de servicios y el desarrollo inmobiliario. Esta nueva ciudad global ha producido mayor desigualdad: los gerentes  y altos burócratas cada vez ganan más, mientras que abajo crece la informalidad para sostener los estilos de consumo y vivienda del 1%.

Frente a esta preocupante situación, la solución de las élites no ha sido aceptar aumentos al salario mínimo que reflejen la creciente productividad, ni aprobar leyes que fortalezcan los derechos laborales, ni emprender políticas de gasto que permitan acercarse a la meta del pleno empleo. La respuesta ha sido flexibilizar el trabajo mediante reformas laborales como la calderonista del 2012 que legalizó el outsourcing, redujo la capacidad negociadora de los sindicatos e introdujo esquemas de contratación para permitir a las empresas reducir costos, todo en nombre de la flexibilidad. Ahora, se celebran iniciativas que lucran con la necesidad de la clase trabajadora por hacer malabares entre múltiples empleos mal pagados. Durante años, el oligarca Carlos Slim ha propuesto reducir la semana de trabajo a tres días y posponer la edad de retiro. Este plan, que Slim vende como cruzada filantrópica, normalizaría la vergonzosa situación de muchos trabajadores, quienes deben contar con dos empleos y trabajar hasta la edad adulta para alimentar a su familia.

Apli, por su parte, contribuye a esta precarización del trabajo al traspasarlas responsabilidades de los empresarios al nivel individual. No sólo perjudica a sus usuarios sino que también puede producir importantes externalidades negativas para el resto de la clase trabajadora. La introducción de fuerza subempleada a actividades de prestación de servicios implica el aumento de la competencia laboral, la consecuente reducción de los salarios, el empoderamiento de patrones abusivos y el crecimiento de la inseguridad para los empleados del sector. Además, de aumentar la popularidad de estos esquemas, el grueso de los contribuyentes tendría que financiar los retiros de trabajadores que nunca generaron ahorros para sus pensiones. Apli no es ninguna solución a los actuales defectos de la organización económica, sino una empresa que bajo el velo de la economía colaborativa, convierte al subempleo en una condición deseable.

Lustrar la explotación

En México, se ha promocionado a estos esquemas de negocios mediante un discurso filantrópico. Antes de Apli, ya existía Aliada, una empresa que permite a profesionistas de clase media y alta contratar trabajadores de limpieza eventuales a través del internet. Mediante una narrativa de impacto social, los fundadores de Aliada tratan de matizar sus tonos altamente racistas y sexistas: en su propia publicidad las aliadas son, todas, mujeres de piel oscura y ascendencia indígena. Según su página de internet, los beneficios más importantes de usar Aliada son: la seguridad —la empresa inspecciona los antecedentes de todas sus afiliadas, valida su identidad y domicilio e, incluso, las somete a entrevistas psicológicas, todo para calmar los miedos clasistas de sus usuarios—; la facilidad de pagos —como usuario no firmas ningún contrato, no tienes obligaciones laborales y ni siquiera debes pagar directamente a tu aliada—; flexibilidad —a cualquier hora y en cualquier día, siempre habrá una aliada que necesite el turno—; y, finalmente, puedes ayudar a quien más lo necesita ofreciendo un trabajo, sin estabilidad y sometido a las evaluaciones de los usuarios, a una mujer empobrecida.

Su fundador, Rodolfo Corcuera —quien recibió 800,000 dólares como capital semilla— amplifica esta narrativa, presentándose como un filántropo: “En la Ciudad de México, el transporte público es una completa mierda y estas mujeres viven en las afueras de la ciudad, tendrían que viajar cuatro horas y media diarias para trabajar. Ahora, pueden decidir dónde y cuándo trabajar. Antes sólo podrían ganar 3,500 pesos al mes, ahora hasta 16,000 pesos”. En realidad, las aliadas sólo pueden decidir entre una reducida lista que comprende delegaciones centrales con alta calidad de vida, donde reside la mayoría de sus clientes. Mientras los ingresos que obtengas no sean suficientes para cambiar tu residencia; como Aliada seguirás dependiendo del transporte público. Además, la empresa toma el 20% del pago de los usuarios; dado que cada hora de limpieza cuesta 80 pesos, una aliada debería trabajar 250 horas al mes, ocho horas diarias incluyendo fines de semana sin contar tiempos de desplazamiento, para obtener esos ficticios 16,000 pesos.

Mientras las aliadas logran superar sus obstáculos económicos gracias a tu contribución, tú puedes “¡Vivir!: dedicar tu tiempo a lo realmente importante”. Los fundadores de Apli también decidieron iniciar su startup para “hacer algo bueno por el mundo”. Con el objetivo de competir los bajos salarios y ofrecer mejores oportunidades a la multitud de trabajadores subempleados, ofrecen turnos a empresas que necesitan mayor fuerza laboral eventualmente. En el mundo de la economía colaborativa, la sociedad se divide entre aquellos que tienen dinero, pero les faltan ciertos recursos, y quienes necesitan ese dinero, pero les sobra desde su fuerza de trabajo hasta su tiempo libre. En Estados Unidos, en los últimos años han surgido empresas que actúan como intermediarias entre farmacéuticas e individuos de bajos ingresos que donan plasma sanguíneo como última estrategia de supervivencia. Así luce nuestra utopía tecnológica. 

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Durante mi mes en Apli, la única oferta laboral me llegó vía Whatsapp: el jueves por la tarde me ofrecían un turno en El Desván, un restaurante bar de Insurgentes Sur, para el viernes. El pago para trabajar como mesero era de 400 pesos, más un bono por puntualidad. Aunque los honorarios ofrecidos eran muy superiores al salario mínimo, el horario laboral también sobrepasaba al permitido legalmente en el Capítulo II de la Ley Federal del Trabajo. El turno comenzaría al mediodía y terminaría a las 2 de la mañana del sábado. Además, yo debía llevar todos mis utensilios, desde el chaleco y el mandil, hasta el encendedor y el sacacorchos que el restaurante era incapaz de ofrecer a sus empleados. Respetuosamente rechacé su oferta.

Post Scriptum

Una versión anterior de este artículo apareció en el sitio de internet de la revista Jacobin el 29 de enero.

Ese mismo día me contactó José María Pertusa, fundador de Apli, para reconocer mis conclusiones aunque no las compartiera. Para adaptar ese ensayo al español pedí a Pertusa sus opiniones más detalladas, las cuales copio a continuación:

  1. Estamos de acuerdo en que el problema de la desigualdad en México es muy grave. Probablemente las principales palancas para arreglar el problema sean políticas. No me siento capacitado para ayudar por esa parte y ni siquiera para entenderla bien. No soy experto en política y además soy extranjero. Sí pienso que los emprendimientos podemos poner nuestro grano de arena para la resolución del problema – o para empeorarlo si no lo hacemos bien.
  2. La tendencia mundial de la que participa Apli es la economía bajo demanda (la sharing economy tiene más que ver con compartir activos físicos, como en Airbnb). Las personas se han acostumbrado ya a poder pedir transporte, comida, productos de consumo y entretenimiento en cualquier momento y en cualquier lugar. Es un concepto tan increíblemente potente que tengo certeza de que la economía bajo demanda se va a expandir a casi todos los sectores – y probablemente también el laboral.
  3. La economía bajo demanda no es intrínsicamente buena o mala. Primero de todo, es inevitable. Segundo, el que el impacto en las personas sea positivo o negativo dependerá de cómo construyamos la economía bajo demanda entre emprendedores, legisladores y el resto de la población
  4. Sobre Apli: en México, el salario mínimo diario está alrededor de los 80 pesos – pero nosotros estamos exigiendo un mínimo de 250 pesos. En promedio, la compensación diaria en Apli es de 400 pesos. Varios usuarios de Apli han pasado de trabajar 6 dias por semana en cadenas de restaurantes a trabajar viernes y sábado con mayor compensación semanal – y gracias a eso han podido retomar los estudios entre semana. En diciembre introducimos voluntariamente un seguro para los usuarios de Apli sin esperar a que fuera obligatorio.
  5. El 41% de nuestros usuarios son estudiantes. El 23% desempleados. El 19% trabajadores de medio tiempo. El 7% cuidan su casa. La edad promedio es de 27 años. Un 7% de los candidatos tienen 40 años o más
  6. A pesar de nuestra mejor intención, a muchos emprendedores nos ha dado mucho que pensar el papel involuntario de los gigantes de tecnología en la elección de Donald Trump (ej. con la distribución de noticias falsas en Facebook). El emprendimiento exige cada gramo de energía y sin duda los fundadores sufrimos de visión túnel igual o más que una persona normal. Agradezco el papel de los medios para abrirnos los ojos a los riesgos y exigirnos que nuestra contribución a la sociedad sea positiva.

Josemaría Becerril estudió política y administración pública en El Colegio de México.