El racismo sistémico todavía permea cada nivel de la sociedad en Estados Unidos. Un artículo reciente en el Wall Street Journal echa mano de información sobre las tres últimas décadas para ilustrar las crecientes disparidades en el ingreso medio familiar y la deuda estudiantil entre afroamericanos y blancos. Una de las formas más evidentes en que se reproducen las desigualdades en Estados Unidos es a través de los patrones racializados de segregación urbana que, según sugieren cada vez más investigaciones, son centrales para explicar las divergencias a largo plazo en el acceso a oportunidades. Estos hallazgos plantean la necesidad de que el gobierno implemente medidas más decisivas y de mayor envergadura para integrar las ciudades.

Ilustración: David Peón
Durante siglos, el racismo ha sido el telón de fondo del paisaje urbano de las ciudades de todo Estados Unidos. En su libro The Color of Law, Richard Rothstein lleva a cabo una revisión de las políticas urbanas desde la Guerra Civil hasta el presente para ilustrar de qué manera las iniciativas gubernamentales, a través de diversos mecanismos —incluida la vivienda pública segregada, la zonificación excluyente y las restrictivas leyes federales de préstamos—, resultaron centrales para contribuir a la segregación racial de los principales centros urbanos. De acuerdo con Rothstein:
La segregación residencial actual en el Norte, el Sur, el Medio Oeste y el Oeste no es una consecuencia impensada, fruto de decisiones individuales y de legislaciones o regulaciones por lo demás bienintencionadas, sino de una política pública no disimulada que segregó explícitamente cada zona metropolitana de Estados Unidos. La política fue tan sistemática y contundente que sus efectos perduran hasta el presente.
A lo largo de las últimas décadas, los científicos sociales han tratado de calcular los efectos dañinos a largo plazo de la pobreza urbana concentrada y persistente, dando pie a un concepto inicialmente impulsado por sociólogos urbanos y acuñado en la literatura como “efecto vecindario”. Los recientes trabajos de los sociólogos Patrick Sharkey y Robert Sampson, y del economista Raj Chetty, han brindado hallazgos clave sobre la medida en la que la segregación sigue configurando las oportunidades que los residentes de las ciudades tienen durante sus vidas.
Sabemos que la segregación urbana residencial tiene un profundo impacto en cuanto que moldea caminos divergentes para blancos y afroamericanos, y que sus efectos atraviesan generaciones. En su libro Stuck in Place, Patrick Sharkey analiza la movilidad social intergeneracional recurriendo al Panel Study of Income Dynamics(PSID), una muestra representativa a nivel nacional de 18 000 individuos que viven en 5000 familias de Estados Unidos que desde 1968 ha capturado periódicamente información sobre estas personas y sus descendientes. Sharkey descubre que la raza y la pobreza se superponen, y que los patrones de desigualdad y pobreza en los vecindarios se heredan de una generación a otra:
En las dos generaciones pasadas, 48 % del total de las familias afroamericanas han vivido en el barrio más pobre del vecindario en cada generación. Desde la década de 1970, la experiencia más común para las familias negras ha sido, por mucho, la de vivir en los vecindarios estadunidenses más pobres durante generaciones consecutivas. Sólo el 7 % de las familias blancas han experimentado una pobreza similar en el entorno de sus vecindarios durante generaciones consecutivas. En contraste, las ventajas persistentes que brinda el vecindario son casi inexistentes para las familias negras. Una de cada cien familias negras en Estados Unidos ha vivido en vecindarios acaudalados durante las dos generaciones pasadas, en comparación con una de cada cinco familias blancas.
En uno de los artículos más meticulosos sobre el tema de la raza y la movilidad intergeneracional, publicado en 2018, Raj Chetty utiliza información que abarca a 20 millones de niños entre 1989 y 2015. El autor encuentra que, en el 99 % de las zonas censales, los niños negros tienen en la edad adulta ingresos menores que los niños blancos.1 De manera similar, un estudio reciente cuantifica la relación entre la propagación de la pandemia de covid en Estados Unidos y la segregación urbana, y encuentra que los condados más segregados2 tienen índices de mortalidad mayores en términos generales, así como mayores índices de mortalidad entre negros que entre blancos.
Para romper con los patrones existentes de segregación urbana y de pobreza heredada, Estados Unidos debe implementar acciones de gran envergadura que permitan integrar las ciudades. Esto requiere de un enfoque múltiple que incluya estrategias destinadas a estimular las inversiones en comunidades de bajos ingresos, al tiempo que garanticen una amplia utilización de la capacidad reguladora del gobierno para impulsar la integración de las ciudades y minimizar el riesgo de desplazamiento en la revitalización de los vecindarios.
Entre las estrategias de mercado para contribuir a la integración de las ciudades se cuentan: suavizar las restricciones de zonificación para estimular la inversión; facilitar el emprendimiento y posibilitar la creación de empleos y negocios en vecindarios de bajos ingresos; relajar las restricciones de altura para incrementar la oferta de edificios y así ayudar a aplanar la curva del precio de la vivienda urbana; alentar la construcción de unidades multifamiliares de vivienda; y facilitar la expansión de los programas de aprendizaje para conectar a los residentes de bajos recursos con los negocios de toda la ciudad.
No obstante, a contracorriente de las políticas racialmente neutras que a menudo propugna cierta investigación clave de corte libertario, y dado el grado al que la raza está afianzada en el paisaje de las ciudades estadunidenses, cualquier planeación del futuro urbano debe tener un componente de acción afirmativa en su núcleo. Esto incluye mitigar el peligro de desplazamiento de minorías étnicas vinculado a la gentrificación mediante el fomento de una zonificación incluyente, y también ofrecer subsidios a la renta para unidades familiares de bajos ingresos como parte de la revitalización de los vecindarios.
Lo anterior también significa que los gobiernos deben implementar acciones más decisivas y con mayor conciencia racial para integrar las ciudades —por ejemplo: promover vivienda asequible en vecindarios adinerados— e impulsar programas de reubicación de vivienda para facilitar que las familias afroamericanas se muden a zonas con mayores recursos y oportunidades de empleo. En una evaluación fundamental sobre tales programas de reubicación, un estudio de 2015 encontró efectos relevantes y positivos en niños de bajos recursos menores de 13 años: de adultos, estos niños tuvieron un mayor ingreso anual y menores índices de familias monoparentales.
Además, los gobiernos locales también deberían impulsar una mayor conectividad para las ciudades enteras, lo cual incluye desarrollar una infraestructura de transporte asequible y prestar mayor atención a la pesada carga que impone la expansión urbana y la congestión vial sobre los pobres. Para ello, se requiere alentar una mayor densidad urbana y construir vivienda accesible más cercana a los centros urbanos.
Asimismo, como mencioné en mi artículo anterior, si consideramos que hay muchos puntos ciegos inherentes a toda disciplina académica, el trabajo sobre la política urbana debe ser siempre de naturaleza interdisciplinaria. Esto significa que debe acoger contribuciones de investigación cualitativa y cuantitativa por parte de científicos sociales dedicados a lo urbano, así como aportaciones de otras disciplinas, entre ellas el periodismo, la historia, la teoría crítica y la geografía urbana.
Finalmente, como sostiene Robert Sampson, dada la creciente literatura sobre la importancia de los vecindarios en el condicionamiento de las oportunidades que las personas tiene a lo largo de la vida, es necesario que las ciencias sociales se expandan más allá de su dependencia desmedida de modelos económicos tradicionales, que plantean al individuo como un agente racional y como fuente última en la toma de decisiones. Para ello, han de explorar marcos teóricos que busquen crear modelos sobre la forma en que la toma de decisiones en el nivel individual se ve influenciada por el entorno social.
Los patrones racializados de segregación urbana, que se han cimentado en la vida urbana estadunidense durante siglos, son aún hoy una clave para explicar las divergencias a largo pazo en el acceso a oportunidades entre los afroamericanos y los blancos. Para contribuir a reducir la disparidad racial intergeneracional en el acceso a las oportunidades, el gobierno de Estados Unidos debe implementar acciones más decisivas y de mayor alcance que permitan integrar las ciudades.
Jonathan Grabinsky
Muchas gracias a Marianela Santovena por la ayuda en la traducción del texto.
1 De acuerdo con el Censo de los Estados Unidos, las zonas censales son subdivisiones estadísticas pequeñas, relativamente permanentes, de un condado o una entidad equivalente. Las zonas censales tienen, por lo general, un volumen de población de entre 1200 y 1800 personas, con un volumen óptimo de 4000 personas.
2 Según el Censo de los Estados Unidos, un condado es la división legal básica en la mayoría de los estados.