La política de una cultura arquitectónica.
Conversación con Miquel Adrià a propósito de los 25 años de Arquine

“Sacan casi diez libros por año, ¿no?”, le pregunté a Miquel Adrià en su oficina en la calle de Ámsterdam, mientras me mostraba el diseño editorial de su siguiente proyecto que él mismo está haciendo a mano, página por página, como si fuera un dibujo arquitectónico. Mi estimación respondía a que, en 25 años, Arquine ha publicado ya 220 libros. “Bueno, ahora estamos en 20 por año. O sea, es que en el primer año pues apenas fue uno, luego fueron tres… y así”.

Transcurrido el primer cuarto de siglo desde su fundación en 1997, Arquine es una revista puntualmente trimestral, un festival metropolitano con un concurso anual y una vitalísima editorial. Por si fuera poco, también participan en programas académicos y tienen una activa presencia en plataformas digitales donde distribuyen entrevistas, charlas y otras piezas de crítica, análisis y diálogo sobre arquitectura, diseño y urbanismo. El peso simbólico de su aniversario lo marca la publicación de su revista número 100.

Su capacidad de trabajo, le digo a Adrià, fundador y director general de Arquine, es avasalladora. Sobre todo considerando que es un equipo relativamente pequeño. Adrià concluyó que no habría una manera de hacer más o de hacer menos para lograr exactamente ese ritmo.

“Nos pasa un poco como a las cubiertas de [Félix] Candela. Su virtud es que se podían hacer con muy pocos recursos y eso permitía darles un grosor delgado. Si las hicieras para que cumplieran con la normativa de Estados Unidos —él nunca pudo construir un cascarón en Estados Unidos—, te pedían un grosor tal que esas estructuras no soportan eso. Entonces, si nosotros lo hiciéramos como “se debe”, no sería sostenible. No hay manera de hacer un festival con los pocos recursos económicos que nosotros tenemos, con un equipo mayor. Nosotros no es que seamos mejores, simplemente es que tenemos pocos recursos y hay que hacerlo entre pocos.”

El objeto explícito de Arquine, desde su fundación, ha sido el promover la que llaman una cultura arquitectónica. Y hacerlo, además, desde la perspectiva que brinda estar en México, en un primer nivel, en América Latina, en el segundo, y desde ahí mirar el mundo. Le pedí a Adrià que elaboráramos sobre los elementos que conforman esta cultura arquitectónica.

“No es nada simple lo que preguntas, porque esas aparentes obviedades que encierran mucho contenido, de repente son difíciles de definir. La arquitectura tiene sentido en la medida que sea un fenómeno cultural y eso es lo que tratamos de construir desde Arquine: entender la arquitectura en todos los aspectos. Es decir, no sólo un conocimiento técnico, sino también toda una serie de implicaciones que tienen que ver con la creación de ciudad. No es lo mismo hacer un edificio más o menos bonito, interesante o propositivo en términos estructurales en medio de una montaña en la periferia de Monterrey, que un edificio que está entroncando con distintos barrios, que está construyendo, de algún modo, una narrativa urbana. Ahí es donde a nosotros nos interesa más.

Es decir, no es que haya necesariamente un desprecio por el objeto arquitectónico o por la construcción o la tecnología vinculada a la construcción —todo nos interesa, todo aporta—, pero sobre todo nos interesa en la medida que sea capaz de construir algo más allá de lo físico. Ahí es donde podemos entender esa idea de la cultura arquitectónica”.

Es claro para mí, entonces, que su noción de cultura arquitectónica es abiertamente política. Es decir, no disfraza una idea de neutralidad con valores de divulgación y difusión del quehacer del gremio, sino que explícitamente busca insertar un tipo de reflexión e incidencia en varios frentes: la visión y el papel del arquitecto sobre su propia actividad, su interrelación con las distintas fuerzas de producción de espacio urbano, el derrotero de una arquitectura mexicana contemporánea y el propio compromiso de una plataforma como Arquine para impulsar estas pautas y transformar formas de hacer y de pensar en la sociedad mexicana.

“Nos interesa que el arquitecto o el urbanista —dice Adrià— sea en el mejor de los casos un coordinador o un provocador en el que sea capaz de juntar las distintas fuerzas que van desde las administraciones públicas, los recursos privados —los desarrolladores y demás— y sobre todo a la ciudadanía. Y para centrarlo en América Latina, que es un territorio no sé si difuso pero no necesariamente uniforme y que hoy por hoy es también un territorio fundamentalmente urbano. Son ciudades con muchísimos déficits. Y en buena medida el arquitecto, el urbanista, puede tener un papel clave siendo el dinamizador de acciones que permitan estas transformaciones. Además, en unos modelos de economías públicas muy frágiles, con poca iniciativa, esos procesos pueden venir de equipos interdisciplinares en los que los arquitectos y los urbanistas tienen mucho que decir. Yo creo que ahí hay un área de oportunidad clara”.

De forma pedagógica, pero también como de proclama política, desde 1998 Arquine celebra un concurso anual. En sus primeras ediciones se limitaba a convocar y premiar ideas urbanísticas y, en años recientes, ya en el marco del festival Mextrópoli, que organiza el propio Arquine, ahora el concurso es sobre arquitectura efímera, es decir, de pabellones. En la charla con Adrià, yo le planteaba que en esos años en los que arrancaba Arquine habría una gran efervescencia por los concursos. Tenía en mente, sobre todo, aquél que organizó el gobierno capitalino de Cuauhtémoc Cárdenas sobre la renovación del Zócalo. Sin embargo, ese promisorio panorama se desmoronó muy rápidamente. ¿Cómo ha sido la experiencia de Arquine de crear, acompañar e intentar instalar la práctica del concurso como parte de una cultura arquitectónica en todo este tiempo?

“Acuérdate que ese era el principio de lo que pudiéramos llamar la transición democrática, con bastante conciencia de que sí se podía migrar a otro modelo menos autárquico. Y se hicieron esos concursos. Nosotros desde el principio pensamos que se tenía que romper ese modelo tan en vertical, del dedazo, del encargo directo y del que se puede hacer toda una genealogía interesantísima a lo largo de todo el siglo XX de cómo cada presidente tenía siempre a su barón Haussmann de turno. Aunque con mayor o menor fortuna el modelo ha seguido siendo ese, ¿no? No se ha cambiado, no ha habido una política de democratización del acceso a los proyectos de obra pública. Y es muy frustrante porque a lo largo de todos estos años hemos asistido a muchos intentos de concursos que decimos: ‘No, no, éste sí viene bien, éste va a salir’ y no pasa. Afortunadamente también hemos tenido oportunidad de cuidar algunos procesos en concursos privados para hacerlo bien: que se den condiciones de calidad y que se legitimen todos los pasos, tener buen jurado y pues que quien esté detrás de eso esté comprometido de hacerlo en tiempo y forma y tenga los recursos.”

Por tanto, los concursos de Arquine son prácticamente, digo yo, un acto de resistencia.

“¡Claro! El concurso es un tema claramente de cultura arquitectónica. Es decir, tú puedes decir que no hay que contaminar, pero si vienes cada día en coche, pues, no sé, como que la cosa no está muy clara. Pero si dices eso y vienes en bicicleta, pues ya empieza a ver una cierta coherencia. Si decimos que nos importa la cultura arquitectónica, nos importa la igualdad de oportunidades y que sean las mejores propuestas las que salgan, hay que crear condiciones y modelos para que esto suceda. Si hubiera continuado una transición democrática en México y ya fuera un ejercicio común que hubiera una política clara de acceso a concursos, probablemente ya lo hubiéramos dejado de hacer”.

¿Y en estos 25 años han tenido experiencias de una incidencia real en la esfera política a partir de estos concursos?, le pregunté.

“Creo que en algunos casos sí y en otros menos. Por ejemplo, cuando hicimos el de Tijuana y la puerta con Estados Unidos, ahí no sólo hubo un impacto político sino que además tuvimos la oportunidad de juntarnos con los distintos actores políticos ahí en Tijuana y del estado de Baja California. Y hasta se vio la posibilidad de llevarlo a cabo”.

“¡El aeropuerto!”, exclamó Andrea Griborio, directora ejecutiva de Arquine y quien en medio del ajetreo del trabajo diario, escuchaba por partes nuestra conversación. Se refiere a la edición 17 del concurso en el que, tras el anuncio del proyecto de aeropuerto de Texcoco en la administración de Enrique Peña Nieto, la revista quiso explorar las posibilidades de cómo ocupar el terreno eventualmente vacío del actual Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Según me cuenta Adrià, el gobierno, desconociendo las características de un predio de esas dimensiones y sin pensarlo mucho, quería inicialmente ocuparlo para levantar una universidad. “El tema del aeropuerto a nosotros también nos sirvió para poner en la mesa un potencial de ideas que los políticos no tenían ni dimensionado. ¿Cómo ayudamos a dimensionar y a ver el potencial que tendría algo así para la ciudad como motor de cambio? Sobre todo en una de las ciudades más importantes del continente, la más poblada, que no tiene un proyecto de ciudad. Entonces, cuando te encuentras con posibles propuestas ante grandes oportunidades como ésta, te das cuenta que ahí podría estar la raíz de un proyecto de ciudad. Y ahí sí pensamos que tiene una vocación de transformación política real”. Como resultado de este ejercicio, la administración solicitó a Arquine una publicación con el potencial de ideas que se habían vertido en este concurso.

Finalmente y, considerando que un cuarto de siglo cubre el tiempo de una generación completa, me interesaba explorar con el arquitecto de origen catalán la forma en la que la revista ha concebido, acompañado e incluso contribuido a dar un carácter a esta generación. Si bien ha escrito y hablado mucho sobre su visión de la arquitectura mexicana contemporánea —y parte de ello se puede encontrar en el editorial del número 100 de su revista—, me interesaba una reflexión suya de corte sintético que pudiera brindarnos un panorama, unas pautas de interpretación, para enmarcar la historia del tiempo presente de este campo. Nuevamente, me interesaba explorar el carácter político de la revista en participar en este proceso a través de su propio discurso.

“Al inicio yo decía que básicamente el fin de siglo se repartía en tres corrientes. Primero la posbarraganiana, liderada por Legorreta, que replicaban esa tradición más de la arquitectura colonial, de la idea del patio, del arco y del uso del color, etc., y reivindicando de un modo más o menos esquemático unos ciertos valores de la mexicanidad. Había otra corriente, que era la de Teodoro González de León, y esa fusión entre lo prehispánico y lo moderno, entre Le Corbusier y la arquitectura mesoamericana en general: el uso de los taludes, un único material que pasa del pétreo a ser solo concreto. Y una tercera corriente que sería una especie como de nueva generación en ese momento, a finales del siglo pasado, más vinculada a una nueva tecnología, al uso del acero a la ausencia prácticamente de todo color, que serían en ese momento Enrique Norten, Alberto Kalach e Isaac Broid. Ese era el escenario, y en el que claramente nos alineábamos con esta última, sin dejar de reconocer los valores de las cabezas de esos otros. Siempre tratamos de privilegiar más esta última generación.

Lo que pasa es que ya en la primera década de este siglo empezamos a asistir a otras arquitecturas. Por un lado, un Kalach mucho más maduro y mucho más interesante, que de algún modo toma mucho de esas otras corrientes y que me parece que sería casi la fusión perfecta de todos los tiempos de entre la mexicanidad y lo moderno. Y después de eso asistimos a una ampliación notable de autores a partir de 2010 en el que florece una arquitectura mexicana muy nutrida y muy de fusión, porque fíjate que no hay un rompimiento”.

Arquine ha conseguido ser uno de los actores más importantes en esta etapa de la historia urbana y de la arquitectura mexicana, como lo habría sido en su momento la revista de Mario Pani y Vladimir Kaspé, Arquitectura México. Ha acompañado y contribuido a dar forma a una generación completa de arquitectos y arquitectas mexicanas que se piensan, pues, como provocadores de equipos interdisciplinarios. El objetivo de consolidar esa cultura arquitectónica en México se antoja aún lejano pero como dice Adrià: “Bueno, se va construyendo. Todo en ese tiempo indefinido en el que se manejan los verbos en México, en el que todo es una especie de pasado-presente-futuro suspendido”.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano y editor de este blog