Lo primero ha sido la desestructuración. Es que no ha sido solo cosa de encerrarse un par de semanas y restablecer la vida cotidiana, sino que han sido meses y con la segura perspectiva de que la vuelta será a una llamada nueva normalidad. Los discursos oficiales no tienen más opción que plantear esto como una serie de oportunidades; los escépticos quedan convencidos de que nada tendrá de nueva; los pesimistas queremos acusar un eufemismo en tal expresión. Pero no lo es: el concepto de una nueva normalidad conlleva la suficiente ambigüedad e incertidumbre para ser aterrador en sí mismo. En estos casos, la moda es hablar de resiliencias, pero yo encuentro más complejidad y utilidad al pensar en habitus, aunque suene más mafufo. ¿Qué se está desestructurando? ¿Cómo podrá reestructurarse?
Por supuesto, lo apremiante es lo apremiante. Pero no sobra preguntarse por el impacto no solo de un virus que mata a unas entre seis y ocho personas de cada 100 que lo reciben, ni tampoco solo de las consecuencias en la actividad económica de las medidas que hemos tomado para contenerlo, sino también de la forma en la que lo estamos absorbiendo en la cultura. El rango de esto último puede ser tan amplio que no queda más que abrir un sinfín de temas; vetas para la observación, para la formulación de más preguntas y para enmarcar sus respuestas. Por eso es que conviene echar un vistazo hasta lo más hondo de esta desestructuración.
El habitus, como bien recupera cualquiera que haya leído a Bourdieu, implica un sentido común sobre el tiempo y lugar apropiado para hacer o no hacer. Un confinamiento prolongado necesariamente desestabiliza ese sentido común. Y no solo para quienes consiguen encerrarse, sino también para los que tendrán que lidiar con que los otros con los que algo tenían que ver hayan abandonado los lugares donde deberían estar. De pronto se han producido estrategias infinitas para resolver la extinción del soporte territorial de ese sentido común. Y, sin duda, nuestra capacidad de evaporar la proximidad espacial como requisito para comunicarnos de forma constante y fluida, ha permitido socializar rápidamente esas estrategias e ir estableciendo así un nuevo sentido común, uno temporal, un habitus del confinamiento que caducará pronto. Sin embargo, ya son muchas las voces que hablan de las estrategias que habrán de quedarse para esa nueva normalidad.

Ilustración: Víctor Solís
Evitar el contacto prescindible. Esa parece ser la consigna u ordenamiento para lo que viene. ¿Es necesaria una reunión en la sala de juntas o puede resolverse con un email? ¿Tiene sentido poner un fin de semana a centenas de académicos de todo el mundo en las instalaciones de una sola universidad a que finjan que se prestan atención? ¿Hay alguna utilidad en obligar a cruzar toda la ciudad a alguien para sentarlo en una computadora a hacer lo mismo que podría hacer en casa? A pesar de lo más obvio, la zona gris del contacto prescindible y el imprescindible puede llegar a ser gigantesca y desorientadora en ejemplos y sentidos más densos que éstos. Pero incluso en ellos.
En una reunión en la sala de juntas ocurren más cosas que acuerdos formales de trabajo: al mismo tiempo se refrendan o erosionan las jerarquías, se negocian y disputan afectos que transforman las relaciones laborales. En el congreso académico tal vez la mayoría finge prestar atención a las ponencias, pero en los pasillos, en las fiestas o en las filas del café se crean nuevos grupos, se plantean proyectos y se trazan las carreras de muchos. A lo mejor el trabajo cuya herramienta es una computadora, no necesita más locación que ésta, pero perder el sitio designado para hacerlo puede significar un gran número de cosas: desde la pérdida de la complicidad y mutuo entrenamiento casual que surge entre los pares hasta habilitar peores condiciones de explotación, pasando por el impacto en otras relaciones interpersonales del trabajador por realizar una actividad en espacios donde ésta no correspondía.
El problema de expulsar el espacio del habitus es todo menos nuevo. Los dilemas se llevan discutiendo y analizando desde que las herramientas de comunicación y las lógicas de acumulación así lo permitieron. Quien haya leído, por ejemplo, a David Harvey sabrá de lo que hablo. Pero esta circunstancia parece que ha venido a acelerar las cosas. Si, debido a los réditos que esto deja a quien acumula capital, la tendencia era mantener una inestabilidad constante del sentido común sobre el tiempo y lugar apropiado para hacer o no hacer, esto no ha venido más que a fortalecerlo y a muchas escalas –desde la reorganización de cadenas de suministro de algún sector productivo a la educación en línea.
La erradicación del contacto físico prescindible limita la capacidad de comunicarnos a través de todo aquello que no va con las palabras. Y esto último suele ser una herramienta fundamental para quien a través de ella desarrolla estrategias para enfrentar, precisamente, esa inestabilidad. Quiero decir: cuando hablamos de una desestructuración, no estamos pensando en la feliz posibilidad del fin del sistema, como algunos osados optimistas han querido aventurar, sino más bien solo de aquello que lo hacía transitable.
La nueva normalidad trae mandatos para la vida cotidiana que volverán loco al habitus por un buen tiempo. Tal vez los escépticos tengan razón y, al final, no sean más que nimiedades. Tal vez el concepto apropiado sí era la resiliencia: todo volverá a su mismo horrible o beneficioso cauce sin mayor sobresalto. Pero, por lo pronto, para los próximos meses, si no es que años, se avizoran confusiones. Habrá un ampliado catálogo de cosas triviales que ahora serán consideradas “imprudencias”. Estaremos sopesando los riesgos de haber tocado a un desconocido en la vía pública . Estaremos incomodándonos con la posibilidad de que la fila en la que estamos se rompa fácilmente ante la distancia que dejamos entre los lugares. Estaremos evaluando si estuvo bien o mal asistir a tal reunión. Estaremos juzgando si el de a lado está demasiado próximo o no, si se ve infectante o no. Estaremos particularmente ansiosos porque no se nos acerque una persona extraña en la calle.
El manto del higienismo invadirá nuestra presentación en público. La nueva normalidad incluso trae consigo un dispositivo insignia de esto: el tapabocas. El cuerpo próximo infectante, ¿trae o no trae tapabocas? ¿lo trae bien puesto o no? ¿Cómo es su tapabocas? ¿Se ve gastado, sucio o es de uso médico? ¿Expresa algo más de su persona o no? Y, por supuesto, algunos cuerpos en el espacio público serán leídos como potencialmente más infectantes que otros. Tampoco es nuevo: en la prolongada pandemia de VIH-SIDA, por ejemplo, mucho se ha estudiado sobre cómo son leídas —y estigmatizadas— como insignias de una persona portadora, elementos corporales y aspectos de la presentación que nada tienen que ver con la posibilidad de portar o no el virus. Lo distinto ahora es, quizás, la magnitud. Si en los ámbitos doméstico y laboral estamos vueltos locos, lo es por que la calle, lo público estará desquiciado.
En suma, lo que está desestructurado es el sentido común del tiempo y el lugar para todo. El espacio privado está en crisis. El espacio público está en crisis. Pero el sistema en su conjunto no lo está. Dentro del marco del riesgo de lo infeccioso se disputará un siguiente sentido común y esa será la nueva normalidad. Este nuevo habitus se nutrirá de los vicios y desigualdades que ya estructuraban al sistema, por lo que es difícil verlo con señales de optimismo. Si acaso en el proceso de negociaciones para redefinir la estructuración de lo apropiado en los espacios públicos y privados, en el camino a forjar ese nuevo sentido común, pudieran existir márgenes para que algunas de sus reglas e intuiciones sean liberadoras, menos injustas, más equilibradas. Pero es imposible no imaginar que estamos ante un gran quiebre en la definición de lo público y lo privado en la(s) cultura(s). Es tiempo de mantenerse observantes para registrar, comprender y, con suerte, orientar también esta transformación.
José Ignacio Lanzagorta
Editor de este espacio.