La Puebla y sus demonios

En las ásperas y nevadas faldas de La Malinche, Juan Bautista de Jesús combate contra los demonios. Es 1639, para entonces lleva casi dos décadas como ermitaño en distintos parajes silvestres en torno de la Puebla y casi se ha acostumbrado a sus chocarrerías. Estos malignos espíritus gustan de interrumpirlo durante maitines, apagándole su fogata o distrayéndolo con danzas y lamentos, pero la intensidad de sus ataques aumenta conforme lo hace su virtud. Un día se echaron a montones sobre él e intentaron sofocarlo; en otra ocasión lo jalaron de los cabellos e hicieron que cayera por las escarpadas laderas del volcán. Fue por lo mismo que la Providencia lo asistió, otorgándole la gracia de poder ver y oír a su ángel de la guarda. Éste lo defendía de peligros y agresiones y además lo instruía con su discurso:

Hablaba muchas veces con el combatido anacoreta, y le refería los infortunios y sucesos que acontecían en el mundo, advirtiéndole que rogase a Dios por todas aquellas necesidades […] [y] revelábale algunos trabajos, que en los tiempos futuros amenazaban a este reino, y parte de ellos vio cumplidos antes de morir […]. Tres veces le mandó el santo ángel que hiciese oración por la Ciudad de los Ángeles, porque estaba en grande peligro. Manifestábale también los muchos pecados que en ella se cometían, y le decía: “Está siempre cuidadoso con tus oraciones, que te ha señalado Dios por guarda de esta ciudad”. Muchas veces lo subía en la cima de la sierra, y desde allí la miraba y le echaba la bendición, derramando muchas lágrimas, porque veía volar sobre ella los malignos espíritus.1

Esto se lee en la primera parte de la Breve noticia de la devotísima imagen de Nuestra Señora de la Defensa (1683) del licenciado Pedro Salgado de Somoza, cura de la parroquia del Santo Ángel Custodio del barrio de Analco. El autor nos dice que Juan Bautista de Jesús inició tres veces sus memorias porque así se lo rogaban distintos confesores, pero las destruyó siempre por “el temor que le embarazaba […], pareciéndole vanidad el haber de ser él mismo pregonero de sus virtudes”. Un día, mientras rezaba, un ángel le dio autorización de proseguirlas “porque Dios se agradaba de que lo hiciese” y Salgado de Somoza pudo consultar esta cuarta versión para componer su libro.2 Pero su escueto relato no atina a proporcionar los datos clave: ¿por qué la ciudad estaba en “grande peligro”? ¿Cuáles eran los “muchos pecados” que aquí se cometían? Alguien, ya fuera el anacoreta o su biógrafo, omitió pudorosamente —torpemente— esta información.

Ilustración: Gonzalo Tassier

No tengo pruebas que argumenten mi hipótesis, pero aquí va: siempre he pensado que los demonios que Juan Bautista de Jesús mira sobrevolando la Puebla son empresarios textiles locales. Hay una historia particular que persiguió a las buenas conciencias angelopolitanas durante buena parte del virreinato y que Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, más de un siglo y medio después de acontecida, resume así:

Duran todavía los vestigios y la memoria de uno [un obraje] que estuvo en el sitio que hoy ocupan las trojas del maestro carrocero Juan de Dios Toledo hacia el Convento del Carmen en la huerta que hace esquina con la calle derecha de la puerta principal del Convento de San Agustín, donde dicen que hubo un sótano o subterráneo en que el dueño de él, que asientan era un portugués de apellido Acuña, encerraba muchos hombres y muchachos que de noche cogía en las calles por fuerza, haciéndolos trabajar allí, sin más estipendio que la comida y en una prisión perpetua, sin que nadie supiese [de] ellos, hasta que lo descubrió un sacerdote a quien cogieron y después dejaron libre, el cual hizo la denuncia a la justicia que sacó de aquel calabozo una multitud de gente que se había desaparecido de la ciudad.3

Este episodio, que bien podría conformar la materia prima de una buena historical murder mystery novel —tiene su villano, sus víctimas y su detective sacerdote, al más puro estilo Umberto Eco—, no fue una excepción. Aunque don Mariano quiera detectar la semilla del mal en un extranjero sacrificable, sabemos que Sebastián de Acuña, como se llamaba, no era el único en recurrir a estas estratagemas. El franciscano José Manuel Rodríguez, en la Vida que le dedica a fray Sebastián de Aparicio, relata un caso análogo. Dice que “una señora rica” que vivía en Cholula “contaba con un obrage de paños […] como con el primer capital de sus commodidades”, pero que el beato la obligó a venderlo porque de lo contrario, le dijo, “corre mucho riesgo vuestra salvación”. Rodríguez señala que “uno de los inconvenientes que viciaban el trato era el de tener indios encerrados”, por lo mismo, antes de ponerlo en venta, Aparicio se aseguró darles “puerta franca para que no los hallasse allí el posseedor que le sucediesse”.4 Y por si fuera poco, Antonio Vásquez de Espinosa, en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales, asegura que esta práctica era común en la Puebla, entre cristianos que en realidad deberían ser considerados como “gentiles” debido a este modus operandi:

[…] tienen personas dedicadas y pagadas para engañar pobres inocentes, que en viendo algún indio forastero, con engaños o algún achaque de que le lleue alguna cosa como vn esportillero, pagándoselo, lo llevan al obrage, y entrando dentro le echan la trampa y nunca sale más el miserable de aquella cárcel hasta que muere para enterrarle; y de esta suerte an cogido y engañando muchos indios casados con hijos que se an oluidado 20 años, más, y toda la vida, sin que la muger ni hijos sepan del, porque aunque quisieran salir no pueden, por el gran cuidado que tienen con la clausura los porteros.5

¿Acaso eran estos los “muchos pecados” que aquí se cometían? Imposible saberlo, pero bien podrían haberlo sido. Estas atrocidades, que tal vez salieron a la luz con la denuncia del anónimo sacerdote en contra de Acuña —pero que seguro eran conocidas y toleradas por las autoridades civiles—, son parte de los innumerables desencuentros entre la “república de españoles” que era la Puebla de los Ángeles y las “repúblicas de indios” que la circundaban.

 

Guillermo Espinosa Estrada
Ensayista y profesor de literatura en la Universidad de las Américas-Puebla y la Universidad Iberoamericana Puebla

Este texto forma parte de un ensayo que será publicado en Puebla por la editorial Cabezaprusia.


1 Salgado de Somoza, P. Breve noticia de la devotísima imagen de Nuestra Señora de la Defensa, México, Imprenta de Luis Abadiano y Valdés, 1845, I, vi, p. 20.

2 Ibid., I, xi, p. 32.

3Fernández de Echeverría y Veytia, M. Historia de la fundación de la ciudad de la Puebla de los Ángeles, México, Talleres Labor, 1931, xxix, p. 314.

4 Rodríguez, J. M. Vida prodigiosa del venerable siervo de Dios fray Sebastián de Aparicio, II, v, México, Imprenta de Zúñiga y Ontiveros, 1769, p. 100.

5 Vásquez de Espinosa, A. Compendio y descripción de las Indias Occidentales, III, 8, 376,Washington, Smithsonian Institute, 1948, p. 125. 

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Publicado en: Espacio público