A lo largo de la historia, la autoridad se ha proyectado y se ha ejercido desde las alturas. Líderes políticos, religiosos y militares se han hecho escuchar desde estrados, púlpitos y tribunas, y más recientemente también desde balcones. Hacer que la ciudadanía, la feligresía o los ejércitos tuvieran que alzar la vista para observar a quien les interpelaba constituía un acto de poder. Sin embargo, la crisis del coronavirus ha cambiado el sentir y el sentido de la mirada. Ahora los de arriba son quienes muestran admiración y respeto hacia los de abajo.
Los balcones, como solución arquitectónica, han existido desde tiempos muy remotos. Su origen se asocia a la apertura de espacios para airear e iluminar las plantas superiores de las ciudades más densamente pobladas ya en la antigüedad en Oriente Medio. En la edad contemporánea, los balcones sirvieron para solaz y ostentación de la nueva burguesía urbana. Desde aquellos espacios de herrería, decorados con vitrales laboriosos y abiertos a los grandes bulevares, las nuevas clases pudientes podían significarse en dos sentidos. Por un lado, haciendo gala de riquezas frente a sus iguales. Por otro, manteniendo una distancia profiláctica sobre el pueblo llano, al cual observaba sin que fuera observada.
Después, las expansión urbanística reconfiguró el paisaje citadino. La condensación poblacional exigió la elevación de las edificaciones desde Berlín a New York, desde El Cairo a Tokio, desde Ciudad de México a Seúl. Así mismo, la gravitación migratoria hacia los centros neurálgicos obligó a construir viviendas que mirasen hacia el interior. Cuando existieron, los balcones constituyeron más que nunca un marcador de clase en función de su amplitud, intimidad y vistas del paisaje. Sin embargo, la crisis del coronavirus ha revalorizado, aunque solo sea temporal y parcialmente, los balcones como espacios sociales y políticos en algunas ciudades europeas.

Ilustración: Raquel Moreno
Las revoluciones del último siglo se caracterizaron por llenar de nuevos sentidos a objetos cotidianos que pasaron así a simbolizar, a condensar, una pluralidad de voces en lucha. Esta torsión entre significado y significante arraiga parcialmente en los métodos pacíficos de la desobediencia civil. Por ejemplo, la rueca durante la independencia de la India, y más claramente los pañuelos blancos de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina o la revolución de los claveles en Portugal. Ruecas, pañuelos y claveles definieron colectividades y condensaron el clamor de las protestas.
Más recientemente, las movilizaciones de Hong Kong tomaron los paraguas amarillos frente a la represión, las feministas latinoamericanas adoptaron pañuelos verdes para exigir derecho al aborto, y los trabajadores franceses utilizaron los chalecos amarillos para exigir garantías laborales. Paraguas, lazos y chalecos definieron así un nuevo orden simbólico de lo político en el que se alentaba al reformismo sobre el conformismo, a la displicencia sobre la complacencia, y que hermanaba a desconocidos conocedores de una misma indignación.
En tanto pandemia global, el coronavirus ha alterado la vida de millones de personas. La carencia de tests, mascarillas y vacunas ha obligado a exigir progresivamente el confinamiento de la ciudadanía para reducir la propagación del virus. Este retorno a lo privado ha proporcionado sosiego a algunos, estrés y desazón a otros. En cualquier caso, esta crisis ha politizado elementos cotidianos como los balcones (y las ventanas, pues la mayoría no los tienen), que a primera vista parecían solamente constituir una cápsula despresurizadora de las tensiones fruto del encierro. Los balcones no han sido asumidos como símbolo de ningún colectivo o sujeto político. Sin embargo, los usos y las prácticas que acogen sus alféizares y barandas en estos días los han convertido en espacios para la reivindicación en ciudades como Londres, Milán, Madrid y Florencia.
Si hace una década la indignación del 15-M, Occupy Wall Street y las primaveras árabes llenó de nuevos significados a las plazas, la esperanza está haciendo lo propio con los balcones para resistir frente al coronavirus. Aquellas plazas dieron espacio a las pancartas; estos balcones, a los aplausos, pero también a las caceroladas. Estos días, miles de balcones en Europa han dejado de ser ese lugar de autoridad, ostentación o esparcimiento, para convertirse en espacio de diálogo, emoción y gratitud. Los aplausos anónimos no van dirigidos a monarcas, políticos, himnos o banderas. El estruendo de manos que se escucha crepitar todas las tardes va dirigido a nuestros iguales, al personal médico que monitoriza nuestra salud, a quienes transportan los alimentos y nos los suministran, a quienes nos proporcionan luz y agua, a quienes velan por la seguridad de todas las personas. Unos aplausos que, como un eco entre montañas de hormigón, regresa para reconocer también a quienes nos cuidamos mutuamente al interior de nuestros domicilios. Sus paredes son testigo de esfuerzos extraordinarios realizados por familias monoparentales, con miembros con autismo o de personas incapacitadas para realizar por sí solas la compra. La revolución de los balcones es la sociedad civil aplaudiéndose a sí misma.
En los últimos años, el culto al productivismo ha liquidado la inmanencia de lo duradero, ha cercenado valor a la cotidianidad, ha dificultado la emergencia de la reflexión. Sin embargo, el coronavirus ha impuesto un aplazamiento obligatorio de todo lo extrínseco y superficial. Si la felicidad es básicamente la ausencia de dolor, entonces la enfermedad es su principal antagonista. Por eso, el miedo al virus ha obligado a retornar al cuerpo, el primer territorio y el primer hogar que habitamos y debemos defender. A su vez, este repliegue a la primera frontera ha sanado parte de los lazos comunitarios dañados por el individualismo, el materialismo y el imperio de lo digital que generan individualidades conectadas pero solitarias.
En esta cápsula del confinamiento, seguimos conversando con las personas distantes, pero hemos redescubierto a las cercanas. En Madrid, por ejemplo, las vecindades, las corralas, las urbanizaciones están dando lugar a interacciones que hace poco se reducían a las tediosas reuniones vecinales. La cultura altruista ha tejido emociones y confraternidad donde antes dominaban el silencio y el desinterés. Ahora más que nunca, la emoción y el apoyo como nexo cultural florecen sin liderazgo y sin consumidores. Los balcones son espacio para orquestas sin batuta y deportes sin entrenadores, pero también son lugar para poesías, marionetas y juegos de la infancia. Todo ello sin cobrar entradas, sin ánimo de lucro, sin buscar un beneficio más allá de generar emociones positivas en la vecindad. Las carencias y los miedos compartidos han ayudado a redefinir temporalmente las formas de proyectarnos, de relacionarnos, de valorizarnos, de conocernos más allá de las cartelas que nos vacían de significados en los buzones de correo.
A pesar de que la crisis iniciada en 2008 produjo profundos recortes en políticas sociales e infringió un dolor incuantificable en la mayoría de personas, una parte de la población europea jamás vio peligrar su bienestar. Sin embargo, la inminencia de las amenazas del coronavirus ha sustraído de su impavidez, ha generado inseguridad y ha inoculado vulnerabilidad en quienes vivían ajenos a las tragedias ordinariamente padecidas por millones de personas fuera (y al interior) de sus países.
Cuando superemos la crisis del coronavirus en Europa, sería deseable que nosotros, los de entonces, ya no fuéramos los mismos. Seguir irreflexivamente hacia adelante como si nada hubiera pasado en estos días sería irrespetuoso hacia quienes se marcharon, hacia quienes se enfermaron, hacia quienes lucharon por evitar que los demás sufriésemos. Los aplausos deberán seguir resonando para quienes ahora suenan, pero también para quienes, entre bambalinas, hacen posible nuestro bienestar y nuestra felicidad cuidándonos y apoyándonos diariamente. Las cacerolas tendrán que retumbar contra la corrupción y los privilegios, pero también contra toda medida encaminada a recortar el presupuesto en ciencia, salud, educación y políticas sociales. Y esta crisis deberá servir también como experiencia vital que nos recuerde la obligación de mostrarnos más empáticos y hospitalarios hacia quienes huyen de sus propias epidemias víricas y militares. Si existió alguna revolución de los balcones en Europa, intentemos no olvidar las lecciones que nos enseñó.
Manuel Ramírez Chicharro
Historiador e investigador postdoctoral en la Universidad Nacional Autónoma de México.