La mañana del pasado sábado 22 de agosto sonaron las campanas de la parroquia de la Santa Veracruz, frente a la Alameda Central de la Ciudad de México. Siendo uno de los doce templos de la ciudad que, afectados desde el sismo de 2017, habían sido declarados como “no habitables”, bien pudo haber sido el inicio de un cuento de fantasmas o la señal divina de que, ¡al fin!, la epidemia terminaría. Pero, escépticas, las autoridades eclesiásticas y capitalinas mejor fueron a echar un vistazo. Encontraron que el viejo templo tenía habitantes.
Según informó a prensa la propia Arquidiócesis de México, las personas fueron expulsadas ese mismo día por personal de Protección Civil quienes señalaron que los ocupantes presentaban diferentes grados de intoxicación y habían hecho algunos destrozos —al parecer, ninguno de importancia—. Dormían en las bancas del templo, se guarecían de la lluvia veraniega, jugaban y pasaban el tiempo. La Santa Veracruz, abandonada, desde hace casi tres años, se había convertido en uno de esos intersticios de la ciudad que son idóneos para los habitantes más precarizados y, en consecuencia, los más abyectos para la mirada pública de la sociedad urbana: los indigentes.
La geografía urbana de la indigencia es así. Los anclajes de las personas que, sin hogar, deambulan por las calles de la ciudad, tienen una ambigua marginalidad y deben reunir ciertos requisitos para ser idóneos. Estos espacios, en general, suelen ubicarse en umbrales de algún tipo de centralidad o nodo urbano que les permita recuperar los residuos de una activa vida citadina o vecinal ya sea por vía del desperdicio, el descuido o la caridad. Pero esto supone una complicación para encontrar lugares —digamos con licencia— apropiados de dormitorio pues, participando del dinamismo de los puntos neurálgicos de la ciudad, los indigentes representan presencias que desagradan al público. El mundo con hogar buscará siempre desplazar de las calles a los que no lo tienen.

Ilustración: Estelí Meza
Es así que, con estas restricciones, surge un sorprendente y curioso catálogo de sitios posibles para habitar el espacio público de la ciudad. Los bajos de los puentes vehiculares son recurrentes: ofrecen protección del sol y la lluvia y son de poco interés como espacio público… hasta que no y, precisamente para expulsar a la indigencia, son intervenidos como centros comerciales. Los parques que no cuentan con mucha vigilancia. Los techitos de calles con una intensa vida comercial o burocrática, pero que están desiertas por las noches. Camellones arbolados o glorietas en vialidades transitadas. Construcciones abandonadas. Espacios residuales entre edificios. O, por qué no, un bello templo construido en el XVIII.
Los espacios que habita la indigencia son liminares. Es decir, reúnen una serie de características que los colocan en una ambigüedad o cruce de categorías: son públicos, pero son inadvertidos o indeseados; son el residuo espacial no contemplado que dejó alguna infraestructura planeada; son el resultado de un conflicto patrimonial o testamentario no resuelto; son desiertos nocturnos tras una intensa jornada diurna; son cápsulas de marginalidad en espacios centrales. Son, en suma, muestras de abyección que rompen con la armonía del ideal de lo público. El paradigma que regula lo que puede aparecer y lo que no bajo la mirada pública, necesita su presencia para reiterarse a sí mismo. ¿Cómo fue que la parroquia de la Santa Veracruz devino en un espacio liminar?
Tras la expulsión de los indigentes del templo el sábado 22, la Arquidiócesis informó que retornaron al día siguiente. Y así fueron tres jornadas seguidas. Según las notas de prensa, no hay claridad de cómo es que ingresaban al templo. Probablemente fue a partir de una ventana a la que llegaron a través del predio colindante y abandonado con el Museo de la Estampa que sufrió un derrumbe recientemente. Por esto mismo, es muy posible que el templo hubiera sido ocupado ya hace varios meses. Esto podría explicar su resistencia a dejarlo: luego de varios años de periódicas expulsiones que han sufrido los habitantes de la plaza de la Santa Veracruz, el templo se convirtió, pues, en un hogar, un refugio legítimamente reclamado tras su evidente e indiscutible abandono.
La noticia que finalmente trascendió a la mirada pública ocurrió hasta el domingo 30 de agosto, que el campanario del templo amaneció en llamas. Los polines de madera que se colocaron para apuntalar la torre tras los daños que sufrió en septiembre de 2017 ardían espectacularmente. Allá fueron los bomberos e incluso, según informes, por la inestabilidad del templo, uno de ellos resultó lesionado en la operación. Ese mismo día, por la tarde, reapareció el fuego, nuevamente en el techo de la parroquia, pero esta vez más extendido.
No he encontrado una nota de prensa que explique satisfactoriamente cómo un fuego que fue apagado a las 7:00 horas, pudo haberse reavivado con tal magnitud tantas horas después. Esto cuando, además, explican que se hicieron las primeras inspecciones sobre el monumento inmediatamente después del primer conato. A falta de mayor información, pueden hacerse varias especulaciones y, por mi parte, no descartaría que tanto el primero como el segundo fuego fueron acción deliberada de los habitantes del templo. Siguiendo esa línea imaginativa, podríamos decir que se trató de una suerte de batalla. Y nos dejarían también una fuerte declaratoria: si no dejan habitar un templo que más bien parece a nadie importar, que arda mejor.
Ante el horror de las llamas, los mensajes en las redes sociales bailaron con ellas. Aquello que amenaza con esfumarse es inmediatamente valuado: “arden 261 años de historia”, puso uno de los tuits más difundidos. Porque la Santa Veracruz no se valora en el costo de sus materiales y el trabajo de albañilería y diseño, sino por aquello que llamamos patrimonio. Pronto vinieron los recuentos de su importancia en este discurso: que se fundó como una ermita por la cofradía de caballeros que creó el propio Hernán Cortés; que fue la primera parroquia de la ciudad tras la del Sagrario; que servía de asiento para las procesiones de la virgen de los Remedios, bajada desde Naucalpan para traer lluvias retrasadas; que ahí está enterrado Manuel Tolsá e Ignacio López Rayón; que está ahí el curioso Señor de los Siete Velos; que guarda un improbable retablo del inundado pueblo de Necaxa; que su construcción actual es, decimos, una joya del tezontle y la cantera… un objeto invaluable de nuestra ciudad.
Solo que ninguno de estos datos y discursos la previno de convertirse en algo distinto a un bajo puente vehicular. Y no es, por supuesto y ni mucho menos, la indigencia la que degradó el supuesto valor que se ha querido dotarle, sino que más bien el público le retiró la mirada y la puso en una caja de recuerdos. Las personas de la calle solo encontraron en ella otro de sus volátiles intersticios. Quien tenga una caja de recuerdos sabe que su función es precisamente servir como una suerte de archivo de objetos inútiles pero de valor simbólico y personal. Se tiene una noción de más o menos lo qué está ahí guardado, pues fue uno mismo quien clasificó un objeto como valioso y lo guardó. Sin embargo, no es sino hasta un esporádico ritual de abrirla y revisarla que emerge la sorpresa, nostalgia o rara vez desagrado por lo que en su momento fue considerado patrimonio sentimental.
La parroquia de la Santa Veracruz tiene las glorias —o, asegún, las atrocidades— mencionadas y más. Personalmente lo valoro mucho. Pero si no es como objeto paisajístico, hoy se circunscribe a esa caja de recuerdos que solo esporádicamente toca abrir… como cuando se quema. Como templo católico funciona, sin duda, pero ya no en el marco de las cofradías y corporaciones de la sociedad virreinal, sino que sus usos apenas se pueden distinguir de su vecina capilla frente a ella, la de San Juan de Dios. A diferencia de otros, en décadas recientes no me ha parecido un templo particularmente concurrido salvo para la misa dominical. Tal vez no hemos sabido reconfigurar el uso que la haga algo más que un viejo ticket en la caja de recuerdos.
La Santa Veracruz es uno de los de alrededor de 100 000 inmuebles que conforman el catálogo de sitios y monumentos históricos. La categoría de patrimonio homologa: un objeto llega por algunas razones y otro por otras, o a veces solo por el hecho de compartir un siglo; pero el haber sufrido ese proceso clasificatorio los uniforma. Ante la tarea inconmensurable de dar, asimilar y refrendar cotidianamente el valor singular de cada cosa, la única inteligibilidad total y posible del catálogo es la noción compartida de que son patrimonio, junto con algunas insignias básicas que señalen lo que podría ser o no parte del catálogo —por ejemplo, un inmueble, de preferencia una iglesia, aparentemente muy vieja—.
Existe un aparato normativo e institucional que busca custodiar estos objetos y evitar que se imponga sobre ellos una dinámica del presente que, sin compartir el sentido de su valor patrimonial o precisamente sobreexplotándolo, haga con ellos algo distinto que su conservación. Este aparato constantemente da muestras de sus limitaciones, pues también su encomienda es gigantesca. Y la tan mentada liminaridad también presenta cruces en este ámbito: ¿quién paga las restauraciones? En el caso de los templos religiosos, la Ley General de Bienes Nacional (arts. 81, 83 y 105), señala que pueden ser ambos —Estado, Iglesia o privados—. La Ley Federal Sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos incluso dice, en su artículo 10, que cuando el propietario de un monumento histórico o artístico no realice las obras de restauración que le sean requeridas, lo harán el INAH o el INBAL, con cargo a la tesorería. En el ámbito de los inmuebles dedicados al culto, esto abre una perversa serie de estiras y aflojes, dependiendo de cada caso.
Por su parte, tras el terremoto, fue complicado y tardado conseguir la coordinación burocrática para la reconstrucción y restauración de los bienes patrimoniales. Se habilitaron recursos del Fondo Nacional de Desastres y de aseguradoras y con ello se integró un Programa Nacional de Reconstrucción. Pero tanto el INAH, como el INBAL y la Dirección General de Sitios y Monumentos de la Secretaría de Cultura enfrentaron un laberinto normativo sobre quién estaba facultado para operar qué y quién tenía la estructura burocrática para hacerlo. Apenas el año pasado se terminaron de definir planes concretos de acciones y financiamientos para cada monumento dañado.
Sin embargo, esto está detenido en un gran número de inmuebles. Los proyectos sobre templos como el Santuario de los Ángeles en la colonia Guerrero, que ofrecían un panorama prioritario de reconstrucción y bien encaminado, se congelaron. La Santa Veracruz, convertida en un refugio espontáneo para habitantes de la calle, solo es uno de los muchos templos cerrados y devenidos en esta suerte de intersticios urbanos.
La toma de la Santa Veracruz nos llevó a recuperarla de su liminaridad. Al menos temporalmente. Las autoridades capitalinas y federales han anunciado su pronta restauración y llovieron recuentos sobre cuán importante es el sitio. Su patrimonialidad fue dotada de sentido, al menos en lo que dure el recuerdo. Y así, por una experiencia bastante particular, la Santa Veracruz consiguió distinguirse de los templos y monumentos que enfrentan situaciones idénticas. La anécdota con los indigentes nos llevó a revalorar algo que habíamos olvidado que atesorábamos… esto es, la parroquia, claro, no la vida de los indigentes.
José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano y editor de este blog.