Lance Wyman: 50 años después.
Crónica sobre el ícono de los íconos

Ese martes 24 de mayo me reuní para desayunar con Lance, Neila —su esposa—, y Felipe —cercano colaborador suyo— en el Camino Real de Polanco, una elección de hospedaje nada aleatoria que traía a su lúcida memoria una plétora de anécdotas de sus primeras obras, cuando entoncestenía en su trayectoria no más de una quincena de proyectos. Entre mi sutil demora y su apetito matutino, se encontraban ya en el postre y bebiendo su café americano, o black coffee para los de por sí estadunidenses.

Lance Wyman. Fotografía: Edgar Lópeznavarrete y EME Laboratorio de Arte. Reproducción con su autorización.
Lance Wyman. Fotografía: Edgar Lópeznavarrete y EME Laboratorio de Arte. Reproducción con su autorización.

Me apresuré a servirme una frugal colación para acompañarlos, consciente de que aquel día nos deparaba una serie de eventos predispuestos para nuestros invitados, quienes no salían de su usual Manhattan desde que comenzó el aislamiento. Ahora, con la noticia de que Lance estaba de vuelta para discutir nuevos proyectos de señalética, tanto servidores públicos como entusiastas del diseño se apresuraron a llenar su agenda entre recorridos, almuerzos y coloquios. Como parte de ambas facciones me ofrecí para fungir como anfitrión, dada nuestra modesta familiaridad tras haber coincidido durante la concepción del Manual de Integración Gráfica y Visual para el Sistema Integrado de Transporte, impulsado por la Secretaría de Movilidad capitalina. Siendo así, mi habitual metichería de ilustrador aficionado —disfrazada de curiosidad meramente profesional— me llevó a preparar una serie de preguntas encaminadas a desentrañar cómo un diseñador apenas llegado a sus treinta años se hace del encargo de darle cara al Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro, el servicio de transporte público más importante de la metrópolis más extensa del subcontinente.

Entusiasmada como si no conociera de memoria el recinto, Neila aprovechó para mostrarnos la foto que recién había tomado de la escultura metálica con el logotipo del hotel, que a la luz de las 10:23 am desplegaba una sombra admirable. Por su parte, Lance recitaba cual guía de turistas las particularidades del lugar: el cuadro monumental y la celosía de Goeritz, la fuente danzante del Noguchi y, por supuesto, la obra arquitectónica de Legorreta. De seguir con este natural ímpetu anecdótico, pensé, quizás ni sería necesario recurrir a mi cuestionario, siempre y cuando el itinerario nos lo permitiera.

No obstante los tiempos habían cambiado, y prueba de ello era el personal del hospedaje, quienes ya no vestían los uniformes originales decorados sutilmente con el monograma del establecimiento. Pasaron ya más de cincuenta años desde que aquel relativamente desconocido diseñador nacido en Newark, Nueva Jersey, se encargara de darle una identidad a la célebre cadena hotelera. De camino a nuestra siguiente parada, Lance iba hilando los acontecimientos cronológicamente, revelando que fue el mismo Legorreta quien lo “conectó” directamente con Bernardo Quintana, capo de lngenieros Civiles Asociados (ICA) quienes lideraban el ambicioso proyecto del tren subterráneo. Descubrí entonces que fue Wyman quien solicitó dicho encuentro al haber conocido en persona los pininos de la obra, cayendo en cuenta de lo útil que resultaría incluir sencillos dibujos para representar cada estación.

Una vez suscitada la tertulia con el Inge Quintana —según relataba el diseñador—, éste le expuso la imperante necesidad de contar con un recurso alterno para referirse a las estaciones de transporte. Acercándose los Juegos Olímpicos del 68 y la Copa Mundial del 72, la plétora de nacionalidades convocada exigía que los nombres provenientes del náhuatl, con vocablos tl y huac de rebuscada pronunciación, fueran complementados con algún elemento no verbal, universalmente reconocible a pesar de la variedad de condiciones culturales y simbólicas. Igualmente relevante, aun a finales de los años sesenta una porción significativa de la población mexicana era iletrada, por lo que basar el uso del servicio exclusivamente a través de textos suponía un reto. Por último, haciendo uso de su sensibilidad paternal argumentó en pro de los infantes, quienes aún analfabetas se veían en desventaja al buscar referirse a tal o cual parada por su nombre. Tan perspicaz triada de argumentos no pudo ser menospreciada, y fue así que nació la labor de darle un ícono a cada estación.

Entre el característico tráfico capitalino de camino a instalaciones de Cablebús, la primera de tres paradas, Lance rememoraba algunas otras de las prolíficas figuras con quienes colaboró, mencionando al arquitecto norteamericano George Nelson como uno de sus primeros encuentros profesionales y en más de una ocasión al diseñador italiano Massimo Vignelli, enfatizando sobre la marcada influencia mutua, tanto en sus características vestimentas completamente en negro como en sus respectivos proyectos de identidad gráfica para el transporte masivo. Si bien el currículum de Wyman abarcaba desde zoológicos hasta televisoras, sería precisamente el rubro del wayfinding el que lo consolidaría como especialista indiscutible en la técnica de guiar visualmente a los usuarios a través de un espacio físico.

Fotografía: Edgar Lópeznavarrete y EME Laboratorio de Arte. Reproducción con su autorización.
Fotografía: Edgar Lópeznavarrete y EME Laboratorio de Arte. Reproducción con su autorización.

Una vez llegados al funicular urbano, destacable por su reciente creación bajo los preceptos de identidad gráfica desarrollados por Lance y Felipe a través del mencionado manual, se suscitó el ansiado encuentro entre el creador con su criatura, evidenciando la trascendencia del legado instaurado medio siglo atrás. Todo estaba en su lugar, la cromática en cian, la distintiva composición fondo-figura de los íconos de estación y, como joya de la corona, la tipografía de Movilidad Integrada (MI), legítima heredera de los regordetes caracteres concebidos para el STC Metro; un sutil guiño sólo reconocible para los verdaderos adeptos de “La Limusina Naranja”.

Neila y Lance fueron recibidos cual realeza por el cuerpo directivo del organismo, quienes se apresuran a invitarles a hacer uso del servicio. Ya dentro las góndolas, la misma elevación nos permitió notar algunos hitos urbanos del norte capitalino, entre los cuales destaca la Basílica de Guadalupe. Con la natural templanza de un hombre de experiencia, Lance se acercó para relatarme con parsimonia algunas “diferencias” que en su momento causaron revuelo entre él y un afamado arquitecto defeño a quien elegantemente se remite como PRV. El tiempo había pasado, mas su lúcida memoria no podía evitar regresar a aquellos sitios y personas que lo formaron como lo que hoy es, muchos a quienes mencionaba añadiendo “who passed away”.

De vuelta a nivel de piso, tras una extensa sesión de firmas sobre tarjetas MI y demás parafernalia movilística, la segunda etapa de la verbena ofreció un ambiente más íntimo frente al aire hogareño de las tlayudas oaxaqueñas con el tequila Siete Leguas, elección predilecta de nuestros invitados. Restablecidos los ánimos, nos encaminamos a la última parada de nuestro derrotero, un conversatorio universitario destinado a explorar el papel del diseño gráfico en la unificación operativa del transporte público capitalino. Como pez en el agua, Lance tomó el micrófono y comenzó su exhibición, sospechosamente bien montada para alguien que durante el desayuno decía no saber de qué hablaría.

Aparecieron anécdotas dignas de mención, ejemplos claros de qué hace a un buen logotipo, y en el caso de su capolavoro, qué hace a un buen ícono de estación. Rememoró su experiencia en el diseño de Candelaria, Línea 1, donde buscando referentes locales para representar a manera de sus características siluetas monocromáticas le expresó a uno de sus colaboradores el no saber qué hacer con este caso en particular. Sin mucho contexto de lo solicitado, Lance recibió otra pregunta como respuesta: “¿Candelaria de los patos?”. Sucede que dicha zona de la capital era conocida no por sus simpáticas aves acuáticas, sino por unos malandros —conocidos como patos— que solían atracar a transeúntes en las inmediaciones del mercado. Este curioso término resonó en la mente del joven diseñador, quien cautivado por la sencillez de la referencia optó por adoptar al inofensivo animal como figura representativa de la estación.

Después de varias menciones a las sopitas La Moderna y al Papalote Museo del Niño, la conversación confluyó con toda naturalidad en una retrospectiva involuntaria de su obra, donde evidentemente sus aportaciones en el ámbito de la movilidad salieron a relucir. Insistió sobre el mantener la simplicidad de los trazos, en la importancia tanto de las proporciones como de los contrastes; en suma, del imperante carácter comunicativo del diseño gráfico. “Don’t overlook the obvious” apareció entonces como la orgánica conclusión de su antología. Vimos entonces en el estrado a un hombre satisfecho con su trabajo, aún capaz y dispuesto, convencido ahora más que nunca del impacto de su legado en las ciudades y en su gente.

Aquel día ya no hubo necesidad de disponer de mi minucioso formulario para conocer al hombre detrás de la emblemática figura, quien con el entusiasmo de un recién egresado nos compartió un poco de su vida y obra, sugiriendo entre líneas que su éxito era un mero efecto de saber reconocer las oportunidades y, por qué no, de ser suficientemente obstinado como para vender una idea, por más atrevida que parezca. Neila y Lance siguen hoy en día repartiendo su tiempo entre su morada neoyorkina y Ciudad de México, apoyados siempre por Felipe, quien a su vez se ocupa también de iniciativas propias. Una vez retomado el usual ritmo ajetreado de trabajo, sus proyectos en puerta presentan una ambiciosa tarea a la que profesionalmente nunca se han enfrentado, aun al creer haberlo visto todo. Después de cincuenta años de trayectoria Lance sigue aprendiendo, sigue aportando, y sigue vistiendo de negro.

 

Arturo Sánchez Navarro
Urbanista. Twitter: @art_san_nav.

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Publicado en: Movilidad