Come gather ‘round people
Wherever you roam
And admit that the waters
Around you have grown gone
Bob Dylan Fran Reynoso
Las transformaciones urbanas nunca han sido sencillas. Cambiar los usos del espacio conforme cambian las sociedades puede ser incluso una experiencia dolorosa cuando nos anclamos en la nostalgia de un tiempo pasado o en el temor de un tiempo futuro. Pienso, por ejemplo, en la transformación que sufrió París cuando se derrumbó el mercado de Les Halles para construir el Centro Pompidou; lo difícil que fue demoler un mercado emblemático, al cual Zola llamó “El vientre de París”, para darle entrada a una arquitectura extravagante, de aspecto industrial, totalmente rodeado de tuberías, conductos de aire y escaleras eléctricas pintadas –según la utilidad de cada elemento– con colores que rompían con la homogeneidad sosa del barrio. Después de casi 40 años, la historia le dio la razón a sus arquitectos y el Centro se convirtió en un lugar emblemático de la ciudad luz.

Mitad recinto cerrado y mitad recinto abierto, el Pompidou le debe su éxito a la plaza con la cual Renzo Piano y Richard Rogers buscaron hacer del edificio público un espacio público. Los arquitectos plantearon un binomio en el que la plaza era la continuación horizontal de la fachada y el edificio era la continuación vertical de la plaza. Esta idea fue lograda principalmente por la escalera y pasarelas eléctricas al exterior, pues, al hacerse visibles mutuamente los visitantes y los transeúntes, la gente sobre la fachada era ambos a la vez. Así, la línea que dividía lo de adentro de lo de afuera se adelgazó consiguiendo su objetivo. Por otro lado, la plaza no sólo relegó la circulación del coche e hizo crecer el área peatonal, sino que, al convertirse en un nodo, permitió a través de su estructura dual una experiencia múltiple del lugar. Esta dualidad edificio-plaza ya existía en otras partes del mundo.
En la Ciudad de México, por ejemplo, la sucursal de Liverpool en Insurgentes Sur y Félix Cuevas, que se inauguró en 1962, jugaba ya con esta idea del edificio-plaza. Mucho más modesta y pequeña que la de Beaubourg, la plaza que esta tienda departamental había “regalado” a la ciudad era un punto de reunión para visitantes, vecinos y trabajadores de la zona mucho más complejo, pues, además de ser un edificio-plaza, era un espacio público-privado. Su fuente central -elemento que el Pompidou relegó a una plaza aledaña- atraía lo mismo a niños para jugar con barcos y submarinos a control remoto; a adolescentes jugadores de fútbol americano que festejaban sus triunfos con un chapuzón; o a indigentes para darse un baño y lavar su ropa. Las bancas a su alrededor, rodeadas de jardineras que alegraban la vista y amortiguaban el ruido de la calle, se llenaban tanto de parejitas de oficinistas que salían a comer, como de vendedores ambulantes fatigados de trotar las calles de la colonia. Además, la plaza tenía el encanto de la fiesta anual, ya que cada temporada navideña se vestía con un árbol de Navidad para la romería, la cual incluía variedad y un trenecito para niños que rodeaba toda la manzana.[1] Un gran pequeño espacio público que Whyte hubiera calificado como exitoso.

La tienda adornó la ciudad con una plaza.
No obstante, en 2010, después de medio siglo de tradición, la tienda decidió ampliar sus metros de venta sobre la plaza, llevándose consigo toda esa vida de calle. El edificio-plaza-público-privado eliminó su parte central y degeneró en un simple edificio-privado que redujo a las personas a meros consumidores.Para ello, la tienda contrató a Michel Rojkind, un arquitecto sin ideología política;[2] por un lado, construyó “un espacio muy democrático […] como el anfiteatro al aire libre” en la Cineteca Nacional y, por el otro, destruye el de Liverpool. Por un lado, cuestiona “el típico modelo de caja cerrada [de una tienda departamental]” y, por el otro, construyó un museo sin ventanas. Construyó una fachada muy dinámica al interior del edificio para los peatones (sic), pero olvidó que la arquitectura es hacer ciudad de la ciudad, y que la ciudad es la calle, porque en la calle están las personas. Pero, tanta culpa tiene el que mata a la vaca como el que le agarra la pata. Si Liverpool tuviera una visión de ciudad; si recordara el impacto positivo que puede lograr en la vida de la gente, ya no sólo como consumidores sino como personas, la intervención fallida de Rojkind le habría devuelto algo a la ciudad.

A la derecha se alcanza a ver la entrada del metro
La insensible visión que Liverpool tiene de la ciudad es evidente cuando uno visita Galerías Insurgentes, que es de su propiedad. Dos manzanas de cinco pisos de estacionamiento para alegrarle la vista a los vecinos; un puente que los comunica por el cielo para darle sombra a los transeúntes; dos retornos y una bahía para automóviles sobre la banqueta para agradar el paseo de los peatones; y dos puentes peatonales y dos túneles por debajo de las calle de Parroquia y Oso para evitar que sus clientes tengan que salir a ver, escuchar, leer, sentir y vivir los inconvenientes de la ciudad. Toda esta infraestructura urbana hecha para la comodidad de sus clientes que viajan en coche dificulta la experiencia urbana del resto de las personas que viajamos a pie.

Pasear entre las calles que se encuentran en medio de Galerías Insurgentes siempre ha sido una experiencia particular; basta con mirar al piso para reconocer inmediatamente el lugar por las placas incrustadas en el cemento que dicen “Límite de propiedad privada”; pero también por el ejército de macetones color caqui que defienden el territorio de una posible invasión de ambulantes. Así, la insensibilidad liverpooliana juega un doble papel: negarle la ciudad a sus clientes y negarle la ciudad a sus competidores.

Con la construcción de la línea 12 del Metro y la estación al pie de la fachada de Rokjind, Liverpool pidió refuerzos para evitar la inminente llegada de ambulantes. La diferencia esta vez es que las jardineras ya no están en su propiedad privada sino en el espacio jurídicamente público, específicamente afuera de una estación de metro que, en caso de algún siniestro, puede poner en peligro la vida de las personas pues los pasillos que quedaron miden menos de 1.20m que establece la ley. Así, la transformación de este pequeño espacio simboliza la transformación de nuestra política: antes, lo público estaba en lo privado: la gente en la plaza. Hoy, lo privado está en lo público: la tienda en la calle. Ya no son las grandes empresas quienes tienen la responsabilidad pública; ahora son los gobiernos quienes tienen una responsabilidad con lo privado. Se han invertido los papeles: si antes Liverpool cedía espacio para una plaza, ahora nosotros le regalamos #MiCalle. The times they are a-changin’.

La ciudad adornó la tienda con #MiCalle
Francisco Reynoso maestro en estudios urbanos por el Colegio de México y labora actualmente en el Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.
[1] Relatos obtenidos de entrevistas con trabajadores que llevan laborando en la zona al menos 45 años.
[2] Por favor, remontarse al origen de la palabra política.
¡Qué gran artículo! Muestra la falta de acción por parte del GDF, y de otras ciudades de México, para proteger al peatón que a su vez es reflejo que estamos décadas atrás en materia de urbanidad. Las políticas públicas y privadas siguen teniendo como primer prioridad al automovilista y como última al peatón y al usuario de transporte público cuando en realidad debe ser al revés. Y cuando se premia al peatón y se ceden espacios, es para favorecer los intereses del sector privado y no al bienestar colectivo.
Bravo, que buena reflexión y uso de ejemplo.
Considero que la decisión de eliminar la plaza se debió a que las autoridades fueron incapaces de garantizar que los espacios fueran invadidos por el comercio ambulante. La lucha por esos espacios, junto a los accesos al Metro y a los centros comerciales, es permanente.
Buen punto. Honestamente es mejor la ampliación de la tienda que la proliferación de ambulantes que solo generan más ruido, más basura y más desorden. Como ejemplo tenemos el mercado cuasi fijo de la Central Camionera del Sur, en donde antes, hace años, era un espacio con jardineras. Ahora es intransitable y es un foco de porquerías. Y por supuesto se roban la luz.
Muy interesante, especialmente la parte histórica de una zona de la ciudad de México, pero parece ser que por alguna razón los países desarrollados “siempre le atinan” o “terminan teniendo la razón”, sería muy interesante si en alguna investigación/reflexión futura pudieras comparar resultados de espacios públicos entre países en vía de desarrollo a través de los años.
Coincido contigo. ¡muchas felicidades por esta reflexión!
Desafortunadamente, creo que las ciudades, de un tiempo acá, se han venido planeando (en el mejor de los casos) y expandido sin orden (en la mayoría de las veces), pensando en los automóviles.
No obstante, hay varias aristas que hay que tener en cuenta. El gobierno de la capital de nuestro país ha defendido, sin regular la mayoría de las veces, a los vendedores ambulantes, quienes, sin más, un día llegan y se apropian de los espacios públicos destinados a peatones. Hay que sumar que, de origen, gran parte de la ciudad, y sus espacios públicos, están pensados para los coches y no para los peatones. La conjunción de estos factores: vehículos+ambulantes (muchos de ellos ya más bien puestos semi-fijos), le ha ido robando espacio, y con ello, la vista y, porque no, la vida, al trajín del peatón y del paseante.
Ojalá que con el tiempo sigan iniciativas (hoy implementadas en algunas partes de la metrópoli) para revertir esta tendencia y priorizar los espacios para hacer de la ciudad un espacio no solo bello, sino seguro, ordenado y agradable a la vista de todos.
Al autor se le olvidó mencionar, tal vez porque no viaja en metro, que la estación de la línea 12 del metro cuenta con un acceso directo a la tienda sin salir a la superficie, es decir, se ingresa directamente al sótano del almacén. Sí, estoy de acuerdo, con la remodelación se cometió un urbanicidio. La placita tenía su encanto, era demasiado para que perdurara. La cineteca es una obra de relumbrón.
El mercado de Les Halles no se derribó para construir el Pompidou están cerca pero no en el mismo lugar. Hay que documentarse mejor!
Antes que nada un abrazo bro
Muy interesante tu artículo, pero no sé si este bien la comparación del Pompidou a Liverpool, ya que aunque empiezas por relacionar lugares emblemáticos quizá como esa plazuela, el estadio de béisbol ahora parque delta o el mismo cuatro caminos ahora nada.
Al igual que a ti me preocupa mucho la perdida de los espacios públicos o emblemáticos para pasar a ser cualquier otra cosa. Creo que el pompidou no puede ser comparado con Liverpool ya que en una es un museo que tiene unos intereses muy diferentes al vender ropa. Es un icono de la arquitectura moderna y en propias palabras de Renzo Piano fue una provocación a los vecinos que no querían otra fábrica más. Y todo el diseño es una mera provocación muy bien lograda.
Por otra parte me duele mucho el despotismo urbano tanto de privados como el de gobernantes. El no tener la menor consideración por el entorno en el que viven y el ver en lugares emblemáticos para el capitalino nuevas plazas comerciales para el consumo es muy triste. Pero si tendría que haber una reglamentación no nada más para lo público sino también para lo privado. Es decir el que se derrumben lugares como los que ya comente solo por el dinero es una barbarie. O como el caso de casino de la selva. Un lugar privado pero que tiene una fuerte carga cultural y ahora hay una bonita comercial mexicana.
Pero es difícil que le puedas pedir a una empresa que tenga conciencia del espacio o el entorno, la empresa solo le importa su bienestar creo que tiene que ser una propuesta gubernamental que pueda seducir a los empresarios para poder conservar ciertas cosas. Ya sea áreas verdes, lugares de juego, espacios escultóricos etc.
La empresa por si misma le importa poco destruir vestigios arqueológicos como Walt Mart en Teotihuacán, la Comercial en el Casino de la Selva o la amenaza que tiene el propio poliforum.
Los empresarios siempre pondrán por encima de todo su bienestar por lo tanto lo único que se puede hacer es convencerlos con deducibles de impuestos o alguna bonificación para que mantengan ese compromiso social y hasta estético.
Creo hasta cierto punto que por lo menos no es horrendo el cambio el problemas es que nadie puede decir nada y nada de esto está legislado.
Definitivamente soy una de las nostálgicas que extraña ese árbol de Navidad y la plaza. Desgraciadamente en esta ciudad algunos espacios públicos son saturados de ambulantes en desorden que no pagan impuestos ni tienen revisión constante de lo que venden. Creo que en muchos casos la expansión de las grandes empresas se justifica. Creo que el problema es de las personas que disfrutamos del aire libre, deberíamos exigir más espacios públicos y control de las autoridades para evitar que sean invadidos por ambulantes. En fin, en mis recuerdos de infancia quedará ese hermoso árbol.