En los últimos años muchos ecólogos nos hemos enfocado en las ciudades. Nos hemos dado cuenta de lo interesantes e importantes que son las dinámicas socio-ecosistémicas urbanas, sobre todo para diseñar ciudades resilientes y en camino a la sostenibilidad. Dentro de los elementos más importantes en la ecología urbana, los espacios destinados para que la naturaleza pueda mantener una dinámica están en la primera línea. Estos pueden ser clasificados en espacios azules (cuerpos de agua dentro de las zonas urbanas) y espacios verdes (lugares donde el suelo no está todo cubierto de asfalto o concreto y que cuenta con árboles, setos o cualquier tipo de planta).

Ilustración: Izak Peón
Por sus dinámicas tan contrastantes, no es posible hablar de ambos espacios en un solo artículo. Esta primera entrega se abocará a los espacios azules, y una segunda a los espacios verdes. Los espacios azules son fundamentales en la solución de uno de los problemas más grandes que afronta la humanidad: el agua. A pesar de su gran importancia para la sobrevivencia de los seres humanos, la mayoría está muy amenazada frente a la voracidad urbana. Los espacios azules urbanos son todos aquellos ríos, lagos, arroyos, pantanos o humedales que se encuentran en las ciudades (Hasse, 2015). No es de extrañar que existan en muchas ciudades, pues la mayoría de las civilizaciones se establecieron cerca de un espacio azul para resolver sus necesidades de agua. Capitales como Londres, Seúl, Berlín, Moscú, París, El Cairo, Buenos Aires o Washington se fundaron y crecieron alrededor de un río que servía de provisión de agua, a la vez que de drenaje.
La accidentada orografía de México ha hecho que los grandes ríos sólo se encuentren cerca de las costas del golfo, donde hay planicies para que los ríos se ensanchen. Por ello, estos grandes ríos se reservan a ciudades costeras como Tampico, Villahermosa o Veracruz. Sin embargo, las grandes ciudades que atraen la economía y población del país como Monterrey, Guadalajara y la propia Ciudad de México, se establecieron en sitios que, aun sin contar con ríos permanentes de gran calado, sí contaron con agua suficiente para que se fueran desarrollando las zonas urbanas.
Por las áreas metropolitanas de Monterrey y Guadalajara cruzan ríos y arroyos de bajo caudal, muchos de ellos actualmente contaminados, desecados o entubados. Tales son los casos de los ríos San Juan de Dios y Santiago, y los arroyos Atemajac y Las Fresas en Guadalajara, así como los ríos y arroyos Santa Catarina, El Sabinal y Topo Chico en Monterrey. Para reducir el efecto de falta de agua a partir de la contaminación y la sobreexplotación, estas ciudades cuentan con represas, construidas tanto al interior como en sus periferias.
Es bien conocido que la Ciudad de México se estableció en un sistema de cinco lagos y que, en los últimos 300 años, los capitalinos hemos declarado una guerra contra esos cuerpos de agua. Desde el Tajo de Nochistongo hasta el Túnel Emisor Oriente hemos querido desecar, entubar o fragmentar todos los cuerpos de agua. Esta continua destrucción de siglos ha repercutido en la falta de agua en esta ciudad. Se nos ha olvidado que gracias a los lagos hubo alimento y agua necesaria para fundar la gran civilización azteca (Izazola, 2001).
Ahora bien, ¿qué son estas áreas azules? La definición y delimitación de un río es relativamente sencilla, pues es un cuerpo de agua corriente que transita desde su origen —por lo general en una montaña— hasta su destino —un humedal, un lago o el mar; Cervantes, 2007—. La guerra de los capitalinos contra los cuerpos de agua no ha podido ser más cruenta que con los ríos, pues los hemos enterrado y entubado para darles paso a los automóviles, como el Río Churubusco y Río de la Piedad (ahora llamado Viaducto Miguel Alemán). Pero la afectación sigue y en este siglo les tocó a aquellas corrientes que estaban, en su momento, más alejadas de la ciudad; así, la Supervía requirió destruir los ríos Puerta Grande y Puente Colorado en Tarango.
Los lagos también son fáciles de definir. Son espacios que reciben y mantienen agua por largos periodos de tiempo. Como con los ríos, sus fronteras son sencillas y delimitadas por el agua. Es por lo tanto relativamente fácil saber dónde comienzan y dónde terminan (Cervantes, 2007). También ellos han sufrido del desprecio de los capitalinos que han ido drenando poco a poco todo el gran espacio azul que existía en épocas precolombinas.
Sin embargo, los espacios azules que generan más problemas de entendimiento son los humedales. La mayoría de ellos son cuerpos de agua temporales, lo que en parte genera confusión. En la temporada de secas, muchas personas los ven como lotes baldíos, pues presentan abundante vegetación que se encuentra café. Pero es parte de su ciclo natural, puesto que aún siguen siendo refugio de los animales que están esperando las lluvias para reproducirse y volver a llenar el humedal de vida, que sin la época de estiaje no sería posible.
También existe la idea errónea de que los humedales no ayudan a infiltrar agua al acuífero porque su fondo es impermeable. Sin embargo, los acuíferos, aun sin ser parte de las áreas azules, son capaces de interconectar por debajo de la tierra a muchos de los cuerpos de agua. Cuando la capa impermeable de los humedales se rompe, surgen manantiales y el humedal se vuelve receptor del agua que brota del acuífero; pero en ocasiones, los manantiales pueden volverse entradas por donde el acuífero recibe agua del humedal. Es así como la relación entre un humedal y un acuífero es más compleja que el simple aislamiento entre ambos.
Otra mala concepción del humedal es su presunta condición de artificialidad. Al ser muy someros, los humedales pueden ser fácilmente perturbados. Los Everglades de la Florida, por ejemplo, se rodearon de bordos para canalizar el agua de lluvia a un solo lugar. Esto hizo que se secara la mayoría de la región, que se utilizó para la agricultura, dejando una sola sección como reservorio de agua permanente. Proyectos de restauración han promovido restablecer sus flujos de agua, lo que permitió que el humedal regenerara sus dinámicas. Esto no quiere decir que el humedal actual sea artificial, sino más bien restaurado (De Angelis, 1998).
Eso mismo ha pasado durante siglos en el humedal que es Xochimilco, donde se han construido bordos para encauzar el flujo de agua. Pero cuando se quitan las barreras artificiales, la topografía y dinámica natural hídrica de la cuenca propician que el humedal vuelva a ser el mismo. Por eso es falso cuando los promotores de un puente que está partiendo en dos el Área Natural Protegida de Xochimilco afirman que un humedal era un espacio artificial y que, por lo tanto, puede desaparecer para darle paso a los automóviles.
Todos los espacios azules urbanos (ríos, lagos y humedales) proporcionan servicios ecosistémicos: regulan la temperatura a nivel local, ayudan a disminuir las inundaciones y filtran el agua retirándole contaminantes. Las personas los disfrutan por su valor paisajístico donde se pueden observar aves, anfibios, reptiles y peces (Molina-prieto y Rubio Fernández, 2016).
En términos de conservación, los espacios azules constituyen corredores biológicos que contribuyen a mantener la conectividad de los ecosistemas, paisajes o hábitats que han sido fragmentados con el establecimiento y crecimiento de las ciudades y por la construcción de carreteras y represas (World Wide Fund for Nature, 2020). A través de los ríos y los sistemas lagunares de las ciudades, los individuos de las diferentes especies pueden trasladarse de un lugar a otro en busca de las condiciones adecuadas para su sobrevivencia, ayudando a conservar la diversidad de especies en los fragmentos.
Incluso con lo mal que tratamos a los cuerpos de agua en la Ciudad de México todavía hay tres especies de axolotes: una sobreviviendo en las partes altas de la ciudad, en los ríos cercanos al Desierto de los Leones; y otras dos en las partes bajas de los resquicios de humedales que les hemos dejado. En otras partes del país, como en la laguna de San Baltazar, en la ciudad de Puebla, se han registrado 46 especies de aves, de las cuales catorce son migratorias. Estas aves encuentran en estos sistemas sitios de descanso y alimento para continuar hacia su destino final (Almazán-Núñez y Hinterholzer-Rodríguez, 2010). Poblaciones del cocodrilo mexicano se encuentran en ríos y sistemas lagunares urbanos de Villahermosa y Tampico (Rueda-Cordero y cols., 2017). El manatí se ha registrado en Veracruz en el sistema lagunar de Alvarado, así como en los ríos Pánuco, Nautla, Tecolutla, Papaloapan, Calzadas, Coatzacoalcos y Tonalá. Algunas especies urbanas están apenas sobreviviendo por culpa de nuestros desatinos en el manejo de los ecosistemas. Por ejemplo, la población de manatíes que habita en La Laguna de las Ilusiones en Villahermosa está confinada sin poder migrar o reproducirse con manatíes de otras partes, debido a la presencia de una esclusa artificial en la laguna (Pablo-Rodríguez y Olivera-Gómez, 2012).
En el caso particular de una parte del humedal Xochimilco, hace más de 30 años la construcción del Periférico lo partió en dos, pero se dejó un camellón por el cual cruza el agua para reducir los efectos negativos de fragmentación que genera una calle tan transitada. Este camellón ha sido un albergue para las plantas y animales viajeros que cruzan esta avenida por debajo para llegar al norte o al sur. Así, ha servido de puente de dispersión de las especies que, de lo contrario, estarían aisladas por la calle. Aun cuando está en medio de dos vialidades transitadas, el puente permite la funcionalidad ecológica que ha tenido el humedal por miles de años. Pero así como la infraestructura para automóviles se ha ensañado con los ríos, también lo ha hecho con los humedales y qué mejor ejemplo que la fragmentación de Xochimilco.
En términos de restauración y conservación urbana, podemos seguir ejemplos como los de Costa Rica que, dentro de su Programa Nacional de Corredores Biológicos, contempla la categoría de Corredores Biológicos Interurbanos. Este tipo de intervenciones incluyen espacios naturales dentro de las zonas urbanas, como las riberas de los ríos, lagos y pequeños remanentes de bosque, pero también parques urbanos, jardines, avenidas, calles y bulevares arbolados (Biodiver_City San José, 2020). Al momento, Costa Rica cuenta con los corredores biológicos interurbanos (CBI) Río Torres en el Gran Área Metropolitana de Costa Rica, CBI Río María Aguilar, CBI Río Tibás, CBI Garcimuñoz y corredor biológico ribereño interurbano subcuenca Reventado Aguacaliente. Mientras que en Costa Rica las acciones de conservación de sus espacios azules van en aumento, en México sucede todo lo contrario.
Es momento de redoblar esfuerzos para la restauración y conservación de los espacios azules en las ciudades. Los ríos, lagos, lagunas y humedales son de gran importancia para la sobrevivencia de los citadinos y de la diversidad biológica que estos albergan. En conjunto, espacios azules, espacios verdes y diversidad biológica son la base del bienestar humano. Nuestra cultura se ha caracterizado por considerarlos como enemigos, lo cual nos pone en mayor vulnerabilidad. Si no cambiamos esta visión en los próximos años, muchas de las ciudades mexicanas y sus pobladores sufriremos las consecuencias que ya están comenzando a notarse por el cambio climático.
Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.
Ina Falfan
Investigadora posdoctoral en el Instituto de Biología, UNAM.
Fuentes
Almazán-Núñez, R. C. y Hinterholzer-Rodríguez, A. 2010. Dinámica temporal de la avifauna en un parque urbano de la ciudad de Puebla, México. Huitzil 11, 26–34.
Biodiver_city San José. 2020. Corredores Biológicos Interurbanos.
Cervantes, M. 2007. Conceptos fundamentales sobre ecosistemas acuáticos y su estado en México. En Perspectivas sobre conservación de ecosistemas acuáticos en México (eds. Sánchez, O., Herzig, M., Peters, E., Márquez-Huitzil, R., Zambrano, L.) Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales; Instituto Nacional de Ecología; U.S. Fish & Wildlife Service; Unidos para la Conservación, A.C.; Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, pp. 37–67.
DeAngelis, D. L., Gross, L. J., Huston, M. A., Wolff, W.F., Fleming, D.M., Comiskey, E. J. Sylvester, S. M. 1998. Landscape Modeling for Everglades Ecosystem Restoration. Ecosystems, 64–75
Haase, D. 2015. “Reflections about blue ecosystem services in cities”. Sustainability of Water Quality and Ecology 5, 77–83.
Izazola, H. 2001. “Agua y sustentabilidad en la Ciudad de México”. EDU 16, 285.
Molina-Prieto, L. F., Rubio-Fernández, D. 2016. Elementos de urbanismo azul: lagos naturales y artificiales. Revista de Investigación 9, 22–44.
Pablo-Rodríguez, N., Olivera-Gómez, L. D. 2012. “Situación de una población aislada de Manatíes Trichechus manatus (Mammalia: Sirenia: Trichechidae) y conocimiento de la gente, en una laguna urbana, en Tabasco, México”. Universidad y Ciencia 28, 15–26.
Rueda-Cordero, B. A., López-Luna, M. A., Olivera-Gómez, L. D. 2017. “Uso de hábitat del cocodrilo de pantano Crocodylus moreletii en una laguna urbanizada en México”. Quehacer Científico en Chiapas 12, 35–40.
World Wide Fund for Nature. 2020. Glosario ambiental: corredores biológicos, pasadizos de la naturaleza. https://www.wwf.org.co/?uNewsID=328540