Los espacios verdes y azules de las ciudades II

Con la expansión urbana y los efectos del cambio climático nos hemos dado cuenta de la importancia de los espacios verdes en las ciudades. Por ello, no es de extrañar que cada día se hable más de ellos. Aunque siempre han estado ahí y desde un principio se generaron conociendo la importancia que tienen en la calidad de vida, su popularización en la ecología urbana es más reciente. Esta es la segunda entrega sobre la descripción de estos espacios. En un artículo anterior hablamos de los espacios azules de la ciudad, que son todos aquellos ríos, lagos o humedales que están dentro de la zona urbana. Ahora hablaremos de los espacios verdes.

A pesar de su importancia, la definición no es clara. La propia Organización Mundial de la Salud indica que su conceptualización es difícil,1 pues un espacio verde puede ser desde un árbol en la banqueta hasta el Bosque de Tlalpan. Las implicaciones de una u otra definición son muy grandes: si se toma como espacio verde a un macetón, la política pública puede llenar de macetas una ciudad, justificando la destrucción de parques. Por ejemplo, la Ley Ambiental del Distrito Federal considera que las áreas verdes son “toda superficie cubierta de vegetación, natural o inducida que se localice en el Distrito Federal” y quizá es momento de revisar esta definición.

Aun cuando no existe un parámetro claro, el concepto de espacio verde debe centrarse en sus funciones ecológicas y biológicas dentro del ecosistema urbano. Lo mínimo que debe de existir en el espacio verde es la interacción de vegetación y fauna con un suelo vivo (con insectos, hongos y bacterias). Esto le permitiría a la naturaleza generar dinámicas donde la infraestructura humana no sea el factor primordial. Desde el punto de vista antropocéntrico, su definición debe enlazarse con los servicios ecosistémicos que obtenemos de ellos, así como su papel para aumentar la resiliencia de las zonas urbanas frente a eventos extremos ocasionados por el cambio climático.

Desde diferentes áreas de la ciencia se están comprendiendo los beneficios sociales, ecológicos y económicos que estos espacios generan para las ciudades. Sin embargo, esta popularización ha propiciado que sean presa de discursos simplistas y enfoques que enarbolan que cualquier infraestructura con una planta puede generar los mismos beneficios que ofrecen los espacios verdes. Estos discursos asumen que la naturaleza –vista como capital natural– y la infraestructura –vista como capital manufacturado– son esencialmente sustituibles en los tipos de bienestar que producen. Bajo este supuesto, el progreso tecnológico generará soluciones a los problemas ambientales causados por el aumento de la producción de bienes y servicios. Así, justifican la creación de parques de bolsillo o columnas verdes como medida de mitigación a la destrucción de un bosque o un humedal que desaparecieron para dar paso al progreso que representa un puente o un condominio. Esta visión en el manejo de los espacios verdes no comprende la dinámica de los sistemas naturales y desconoce los umbrales biofísicos a partir de los cuales su integridad se verá afectada de forma irreversible como, por ejemplo, la extinción de una especie o del espacio verde entero.

En el análisis de los espacios verdes urbanos existen múltiples factores que afectan la vida diaria de los citadinos y a la vez modifican sus interacciones con el ecosistema. En este artículo, sólo hablaremos de algunos que están relacionados con la distribución y la calidad del espacio.

Ilustración: Estelí Meza

Distribución de los espacios verdes urbanos

La forma, tamaño y distancia entre espacios verdes urbanos es muy importante para la biodiversidad e incluso para la evolución. Su conectividad puede ser analizada desde la teoría de la biogeografía de islas; en ella, vemos a estos espacios como islas inmersas en una matriz de asfalto y que pueden ser colonizadas por plantas y animales. Originalmente, esta teoría propone que el tamaño de la isla y la distancia al continente influye en la extinción y el nivel de inmigración de las especies. De igual forma, aplicada al caso de los espacios verdes, el tamaño y la distancia entre estos espacios se refleja en la capacidad de sobrevivencia de las especies que transitan o residen en ellos. Sin embargo, a diferencia de las islas que se encuentran en medio del océano, donde el agua es relativamente constante, el mar de concreto que rodea a los parques impone un ambiente hostil heterogéneo. Los puentes con autos, edificios, los desiguales tamaños de avenidas, así como la contaminación del aire, lumínica y sonora limitan diferencialmente la movilidad de cada tipo de organismo.

La capacidad de transitar de la flora y fauna urbana depende de la distribución de los espacios verdes urbanos y del tipo de infraestructura que genera la barrera entre ellos. Por lo tanto, la fragmentación de los espacios verdes urbanos tiene consecuencias mucho más intensas que las islas en medio del mar. Al momento de diseñar una ciudad, los corredores verdes son fundamentales para fungir como una suerte de conectores que permitan el tránsito de la flora y la fauna en la urbe.

Los espacios verdes también pueden traer beneficios en la salud física y mental de las personas que los visitan.2, 3 Su distribución también afecta la calidad de vida de los citadinos. La ubicación geográfica, el tamaño y la accesibilidad de los espacios verdes están relacionados con su uso y, por lo tanto, con la cantidad de beneficios al ser humano. Este es el caso de la Ciudad de México donde, de acuerdo con la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial (PAOT), contamos con 14.4 m2 per cápita. La cifra es aceptable ante los lineamientos internacionales, que sugieren un mínimo de 9 m2 por habitante. Sin embargo, los datos oficiales contabilizan cualquier espacio con cobertura vegetal como espacio verde. Incluyen sitios como panteones, parques cerrados o camellones en medio de vías rápidas que son de difícil acceso. Si se calcula sólo los espacios verdes a los que los habitantes de la Ciudad de México tenemos acceso, contamos con un promedio de 3.3 m2 por habitante, que es un tercio de los lineamientos internacionales.

Otro problema es que se observan grandes asimetrías entre las alcaldías. Al analizar únicamente los espacios verdes con potencial de ser visitados por los habitantes, el 51.4 % se encuentra concentrado en tres demarcaciones: Coyoacán, Gustavo A. Madero y Miguel Hidalgo. Contabilizando la cantidad de personas en cada alcaldía, se observa que en Miguel Hidalgo existen 15 m2 de espacio verde por habitante, mientras que en Iztapalapa son apenas 0.3m2.4 La heterogeneidad se puede analizar con mayor resolución: dentro de las mismas alcaldías, estos espacios están concentrados en unas pocas colonias. Por ejemplo, el 35 % de las colonias de Coyoacán no cuentan con espacios verdes con potencial de ser visitados.

Considerando la pobre distribución de áreas verdes, es importante repensar la estrategia de invertir todos los recursos en sólo uno, aun cuando sea el más importante, como es el Bosque de Chapultepec. La centralización en el financiamiento para el manejo de los parques también  genera desigualdad en la población que tiene que viajar muchos kilómetros para llegar a uno. Una distribución tan desigual de espacios verdes de calidad en la ciudad reduce el acceso a la justicia ambiental de sus habitantes.

La calidad del espacio verde

Gran parte de la calidad del espacio verde está recargada en algo que no vemos o en lo que no nos fijamos: un suelo vivo con bacterias, insectos y hongos cubierto de hojarasca de donde nace el sotobosque –todas las plantas que están cerca del suelo–, que es el precursor de la vida en los espacios verdes. Los setos, hierbas y helechos ayudan a generar refugios para insectos que no sólo polinizan las flores, sino que son alimento de los pequeños mamíferos y aves. Podemos ejemplificar la importancia del suelo y del sotobosque comparando la segunda y la tercera sección de Chapultepec, que se manejan de formas distintas. La segunda sección está más manipulada, tiene más visitantes y hay más jardineros; ahí casi no hay sotobosque, el suelo está compactado y con pocas hojas. Mientras que en la tercera sección hay menos gente y jardineros, dejando que el sotobosque florezca con sus plantas nativas, como las dalias, en un suelo poco perturbado y con hojarasca. En consecuencia la cantidad de diversidad (como insectos y aves observadas) es mucho mayor que en la segunda. En general, en los parques se pone énfasis en el arbolado y la estética, por eso se barren las hojas. Pero la biodiversidad se fortalece cuando las diferentes capas (estratos) del espacio verde están sanos desde el suelo hasta la punta de los árboles. Si el manejo sólo se basa en el arbolado, se están perdiendo muchos beneficios que los espacios verdes proveen.

De la misma manera, la sola presencia de un espacio verde tampoco beneficia automáticamente al ser humano. La calidad de estos espacios también afecta su capacidad de ser visitados y ésta es valorada por quien los usa: si su calidad es mínima, los beneficios que proveen por su uso se desvanecen, e incluso pueden generar malestar en la comunidad. Sabemos que los espacios que cuentan con poco mantenimiento, basura o con vegetación enferma o seca, pueden generar percepción de inseguridad. La falta de otro tipo de infraestructura que permita la accesibilidad universal (como luminarias, botes de basura o asientos) también tiene un efecto en su uso.5 Los espacios verdes pequeños juegan un papel importante dentro de las colonias, ya que pueden ayudar en el fortalecimiento del tejido social. Al ser espacios públicos, propicia la convivencia de grupos de diferentes edades, como las llamadas tribus urbanas, e incluso comunidades de otros tipos.6, 7 (Kuo y Sullivan, 2001; Bogar y otros, 2015)

En esta entrega no hablamos de los servicios ecosistémicos que proveen los espacios verdes urbanos como infiltración de agua, amortiguamiento de temperatura o la polinización que mantiene la vida incluso en zonas urbanas. Cada uno de estos temas daría para varios artículos. Los espacios verdes urbanos son tan complejos como las mismas ciudades. Se requiere considerar muchos factores para entender su creación, manejo o restauración. De lo contrario son el mejor blanco para el greenwashing8 tan socorrido por autoridades locales y consultores.

 

Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM

Cristina Ayala
Investigación e Innovación Educativa en la Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad, UNAM


1 Urban green spaces and health, WHO Regional Office for Europe, 2016, p. 92.

2 Dietz, T.; Rosa, E., y York, R. “Environmentally Efficient Well-Being: Rethinking Sustainability as the Relationship between Human Well-being and Environmental Impacts”, Hum. Ecol. Rev. 16, Estados Unidos, 2009, pp. 114–123.

3 Van den Berg, A. E.; Maas, J., Verheij, R. A., y Groenewegen, P. P. “Green space as a buffer between stressful life events and health”, Soc. Sci. Med. 70, Estaods Unidos, 2010, pp. 1203–1210.

4 Ayala-Azcarraga C. “¿Somos tan verdes como decimos? Análisis de las áreas verdes de la Ciudad de México” Oikos, Instituto de Ecología de la UNAM, México, 2018.

5 Grahn, P., y Stigsdotter, U. K. “The relation between perceived sensory dimensions of urban green space and stress restoration”, Landsc. Urban Plan 94, Holanda, 2010, pp. 264–275.

6 Kuo, F. E., y Sullivan, W. C. “Aggression and Violence in The Inner city: Effects of Environment via”, Environ. Behav 33, Estados Unidos, 2001, pp. 543–571.

7 Bogar, S., y Beyer, K. M. “Green space, violence, and crime: A systematic review”, Trauma, Violence, Abus. 1–12, Estados Unidos, 2015. doi:10.1177/1524838015576412

8 Práctica engañosa para “pintar de verde” alguna acción, producto o proyecto exagerando sus cualidades ambientales sin disminuir su impacto en el ambiente.

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Publicado en: Sustentabilidad