El odio a los franeleros es un sentimiento obligado en la ciudad cuando es dogma tenerlos por delincuentes, pues hay casos que lo respaldan. Hemos utilizado el argumento –de la privatización– del “espacio público” como un arma política para odiarlos justificadamente; para disfrazar el odio de responsabilidad ciudadana y así enmascarar un sentimiento autodestructivo con uno constructivo. Sin embargo, como cualquier dogmatismo, éste se basa en una creencia: la calle es para estacionarse. Decía Sigmund Freud[1] que el odio es un estado del yo que desea destruir la fuente de su infelicidad: un franelero que nos prohíbe estacionarnos gratis. Que tire la primera piedra el automovilista que no haya tenido una experiencia un sentimiento desagradable porque quería estacionarse sin pagar pero un franelero se lo evitó.
En mí caso no me rayaron el coche ni me poncharon las llantas ni me rompieron un vidrio. Me tocó que la grúa se llevara mi Chevy 96 el día de mi cumpleaños por no pagarle al franelero que fingí no ver. No puedo asegurar que él haya señalado mi coche cuando los policías pasaron buscando qué levantar para cubrir su cuota; pero me sigue pareciendo asombroso que, de 10 autos estacionados en un lugar prohibido, se llevaran el mío y no el de hasta adelante, que era más fácil enganchar. Un par de años después, para mi sorpresa, acabaría trabajando con franeleros; una oportunidad que me permitió superar mis prejuicios y aprender, a través de ellos, sobre la realidad de las ciudades y del país.

Fotografía: Ricardo Castro
El fenómeno de los franeleros nos enseña principalmente tres cosas. Primero, lo macro: que en este país no hay trabajo, de ese que se supone que deberían estar generando las políticas del gobierno: formal, es decir, con todas las prestaciones de la ley… las mínimas: protección social, seguro de desempleo y plan de jubilación; que sea bien pagado, ya es un plus. De acuerdo a un informe de la Organización Internacional del Trabajo de las Naciones Unidas, el 60% de los trabajadores en México se desempeña en un empleo informal;[2] y del 40% restante, según INEGI, dos de cada tres trabajadores formales perciben entre uno y tres salarios mínimos, o sea, entre $1,594.8 y $5,047.2 pesos al mes.[3]
Segundo, lo micro; que en las ciudades de este país sobran los coches estacionados en la vía pública, pues existe una sobresaturación de automóviles en la calle buscando un cajón de estacionamiento. Por poner un ejemplo, ITDP calculó que en horas de mayor demanda en la Ciudad de México, uno de cada tres autos está estacionado en un lugar prohibido: banquetas, rampas, pasos de cebra y dobles filas.[4] Son más de 6.8 millones de automóviles (a 2013) buscando un cajón de estacionamiento[5]; y éstos apenas realizan el 29% de los 22 millones de viajes que se realizan en la Zona Metropolitana del Valle de México.[6]
Esta coyuntura entre la falta de empleo y el exceso de coches generó un mercado de trabajo para todas aquellas personas que no lo tenían; un trabajo que les permitió vivir por muchos años de las propinas que la gente les daba por echarle un ojo a sus coches. No obstante, en algún momento esas propinas se convirtieron en cuotas fijas y establecidas por los franeleros, lo cual enojó muchísimo a los automovilistas que creen que la calle debe ser un espacio gratuito para guardar sus coches. El cambio de propina a cuota en la Ciudad de México posiblemente tiene su origen en la visita de Giuliani en 2003 para diseñar y ajustar el programa Cero tolerancia a la capital, pues en su Reporte se hablaba, por un lado, de la recuperación de espacios públicos y, por el otro, de las “medidas efectivas de control para evitar la proliferación de franeleros” pues “se ha[n] multiplicado exponencialmente” y “constituyen un problema para los habitantes de la ciudad”.[7]

Fuente: Antena San Luis
Como consecuencia, Andrés Manuel López Obrados creó el bando de Cultura Cívica y promulgó en 2004 la Ley de Cultura Cívica que prohíbe y criminaliza a estos y otros actores urbanos informales porque realizan actividades en la vía pública que van en contra de “la tranquilidad de las personas” (Artículo, 24) o contra “la seguridad ciudadana” (Articulo 25).[8] Así, una vez criminalizados, los cuerpos policiales pudieron tejer una cadena de extorsión en torno a ellos que llegó hasta los automovilistas. Por eso tuvieron que establecer cuotas: porque ahora, para ganar los recursos que le permiten mantener a su familia, hay que pagar algo semejante al derecho de piso. El costo a la sociedad se estima en más de 2,500 millones de pesos. De esta manera, los franeleros nos enseñan que la corrupción es estructural y no natural de ellos. Esa es la tercera lección que nos dan cuando ponemos atención a las reglas del juego con las que les tocó jugar.
La cuota que comenzaron a cobrar los franeleros, por hacer uso de algo que es de todos, fue la gota que desbordó la ira de los automovilistas para acusarlos de privatizar el espacio público. Fue tal la miopía que al momento de instruirse para teorizar la calle y hablar en términos cultos sobre una ésta práctica, que no les permitió darse cuenta que también el automóvil privatizaba el espacio. Por eso muchos “pidieron a gritos” los parquímetros en las colonias Polanco, Condesa, Roma y Florida; porque en algún momento los convencieron que, mientras una porción del dinero recolectado ingresara a las arcas, una empresa privada llevándose el resto no era privatización. Antes, un franelero controlaba una calle para mantener una familia. Hoy, ¿cuántas colonias controla una empresa de estacionamiento y cuántas familias viven de ella? Si la calle antes era sustento de miles, ahora es dividendo de unos.

Publicidad pro parquímetros en la Roma-Condesa.
El parquímetro también es elocuente: ante nuestra falta de inteligencia urbana para acordar y hacer pactos con los otros que están en la calle –para quienes el coche es material de trabajo y no para el trabajo– preferimos una máquina importada desde Francia, que mano de obra mexicana. –¿Es esto un malinchismo disimulado o un clasismo descarado?– Así que de manera indirecta, a través del parquímetro, el franelero también nos enseña que –parte de– los defeños no sabemos interactuar en el espacio público y que, ante las verdaderas extorsiones, lo mejor es evitarlas con una máquina controlada por un empresario: ¡Qué el mercado venga a solucionar nuestros problemas porque el Estado no existe! Qué idea más irracional para alguien que defiende lo público, pero qué propio de nuestro neoliberalismo urbano.

Fotografía: Ricardo Castro
No me malinterpreten: yo defiendo el cobro por uso de la vía pública como estacionamiento. Lo que no defiendo son las formas y, “en política, la forma es fondo”. ¿Por qué un sistema de parquímetros privados y no uno público, como el de San Luis Potosí? ¿Por qué una máquina y no una persona que cobre, como en Santiago de Chile? ¿Por qué los franeleros aquí son delincuentes y en Ecuador son aliados de la policía? ¿Por qué eliminarlos del espacio público cuando en Uruguay se les regula? ¿Por qué no convertirlos en empleados formales y resolver su problema laboral? ¿Por qué sólo ver lo malo que hacen algunos y no lo bueno que hacen entre todos?

Parquímetro humano en la Comuna de Providencia en Santiago de Chile
Fuente: Emol.com Foto: Manuel Herrera, El Mercurio / Archivo
El franelero es, ante todo, una figura pública; es decir, una persona que está en la calle y que por ello conoce a quienes habitan ese espacio. Quien viva en una colonia con franeleros no podrá negar que realicen pequeños favores como una ida a la tienda porque la señora es mayor y no puede cargar las compras; o una cargada de refrigerador porque el vecino se quiso ahorrar el flete. Jane Jacobs[9] asociaba estas figuras a la provisión de seguridad, porque eran ojos que veían y controlaban de manera informal todo lo que sucedía a su alrededor. Sé, por ejemplo, de mujeres trabajadoras que se sienten más seguras en la calle en cuanto ven al franelero que trabaja afuera de su oficina. Por eso ellos y ellas –aunque son muy pocas–, que están todo el día en la calle, son más proclives a reconocer alguna anomalía y a desconocer caras sospechosas, a dar alarma si algo no está bien o a tomar las placas del coche que le golpeó al tuyo. La gran cantidad de horas en la calle le han regalado una buena cantidad de amigos, como los vecinos que les cuidan sus cubetas por las noches o los comerciantes que les prestan el baño durante el día, y es capaz de responder por ellos si alguien quiere hacerles daño o robarles. Un franelero, no nada más te echa aguas para estacionarte ni le echa solamente el ojo al coche, su principal fuente de ingresos son las lavadas, por eso la franela. Este es un gran servicio para las personas que dejan sus coches estacionados gran parte del día, pues les ahorra el inconveniente de tener que ir y regresar del autolavado. El franelero regala tiempo, nuestro recurso más valioso. Ese viaje menos también significa mitigación de emisiones, por lo que, sin quererlo, contribuyen al cuidado del ambiente. Igualmente regalan horas-hombre a todos aquellos que llegan tarde al trabajo o a la escuela y que no tienen tiempo para ponerse a buscar un cajón de estacionamiento, porque ellos lo pueden estacionar.[10] ¿No es increíble que en una ciudad de 20 millones de habitantes una persona le pueda dejar a otra las llaves de su propiedad privada? Dos personas que, cuando mucho, sólo conocen sus nombres, ni siquiera sus apellidos. ¿No son esos vínculos de confianza deseables para nuestra sociedad? ¿O de veras es mejor la maquinita? Al eliminar a los franeleros perdemos interacciones sociales que enriquecen la vida de calle, personas que hacen más compleja la lectura de la ciudad; por lo que ahora, sin ellos, la experiencia urbana es mucho menos interesante.
Por eso, ahora, yo amo a los franeleros. Porque me he dado cuenta que le dan más a la ciudad de lo que la ciudad les da a ellos. Porque, ponen en claro que si apartar la calle no es un derecho, tampoco lo es estacionarse. Porque evidencian la irracionalidad urbanística de la modernidad que presupone la supremacía del coche para gozar de la calle. Los amo porque quienes los acusan de sentirse dueños de la calle no se dan cuenta de que hablan desde su reflejo en el otro: la fuente de su infelicidad, el coche.
Francisco Reynoso es maestro en estudios urbanos por el Colegio de México y labora actualmente en el Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.
[1] Freud, S. (1915). The instincts and their vicissitudes.
[2] Organización Internacional del Trabajo. Oficina Regional para América Latina y el Caribe. El empleo informal en México: situación actual, políticas y desafíos.
[3] Salarios de $66.45 y $70.10 pesos al día, según el área geográfica, y establecidos por la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos mediante resolución publicada en el Diario Oficial de la Federación del 29 de diciembre de 2014. Vigentes a partir del 1 de enero de 2015.
[4] ITDP. Implementación de parquímetros en Polanco. Estudio de línea base.
[5] INEGI. Vehículos de motor registrados en circulación. Excluye a vehículos de otras entidades no registrados en la ZMVM.
[6] INEGI. Encuesta Origen Destino 2007.
[7] SSP (2003). Reporte Giuliani.
[8] GDF (2004). Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal
[9] Jane Jacobs (1961). The Death and Life of Great American Cities.
[10] Si el IMCO, así como otros, va a estudiar el tema de los franeleros y de los parquímetros, debería profundizar y analizar las horas-hombre que la ciudad gana con ellos.

Yo también prefiero dejarme mi coche a un viene-viene que ponerlo en el estacionamiento o afligirme porque se gasta el tiempo del parquímetro, pero es una decisión difícil, porque los franeleros no impiden que un coche se quede estacionado semanas en el mismo lugar de una calle. Como sucede frente a mi casa en la San Miguel Chapultepec, muchas veces. Coches
Y sigo: Me pregunto ¿por qué los parquímetros disminuyen el número de coches estacionados en la calle? Siempre he preferido dejarle el coche a un franelero. En la calle de Río de la Plata, que suelo frecuentar, hay uno hmbre al que le decíamos “G¨ero” y con el que era fácil dejar el coche. Ha pasado tanto tiempo que ya tiene la cabeza llena de canas. Y es una institución, Ahora uno le deja el coche y el dinero para el parquímetro, más su propina.
Justificar de esta manera a los franeleros no puede ser aceptado, por mucho que el gobierno se aprovcehe de nosotros, ni parquimetros ni franeleros deben existir, eso de “gratis” es distorsionar la realidad, quienpaga esas calles? los ciudadanos? las pagan lo peatones y ellos no tienen coche? si, pero ellos usan las baquetas, las escaleras etc etc y los coches no. dar una propina es una cosa, pero que alguien a fuerza te lo pida no puee ser aceptado, en México los que estan “regulados” o trabajan con permiso son igual o peores que los otros, entonces uds. decidan si de verdad esta justificado que existan los franeleros por mas desempleo que exista, cobran sin hacer nada, y ganan mucho mas (su despues de pagar las tajadas a policias que los encubren) que una persona que se fleta todo el dia a trabajar.
Gracias al autor por poner sobre la mesa de debate el tema de los franeleros. Me sorprende que el gobierno de la Ciudad de México, que presume de ser progresista y de trabajar en favor de los sectores más marginados, no haya hecho en más de tres lustros algo significativo por atacar el problema de los franeleros y el uso de espacios públicos para estacionar vehículos. Estoy de acuerdo con el autor en lo fundamental, pues “público” no necesariamente significa “gratuito”, y creo que los ciudadanos que nos beneficiamos de contar con un auto tenemos que contribuir a mitigar los costos sociales y ambientales que implican tenerlos. Comparto con el autor la idea de que las calles no pueden ser monopolizadas ni por los franeleros ni por los empresarios, pero tampoco por los propietarios de autos. Analizar las experiencias de otras ciudades en las que se ha logrado regular el trabajo de los franeleros nos podría ayudar a encontrar alternativas para la Ciudad de México. Y enfáticamente expreso mi oposición a que alguna empresa se beneficie de algo que podría estar administrando el gobierno local. Sin embargo, creo que el autor ignora o decide ignorar otros aspectos que son motivo de molestia y reclamo entre los ciudadanos. Me parece que Francisco Reyes hace referencia a los franeleros que trabajan de manera permanente en colonias que combinan el uso habitacional con el comercial, en donde los franeleros pueden ser personajes habituales, emblemáticos y hasta fraternales para muchos vecinos. Sin embargo, no se dice nada acerca de la actitud de los franeleros hacia los visitante o en otro tipo de contextos. En mi experiencia, la intimidación es uno de los principales mecanismos utilizados por los franeleros para conseguir el pago por el “servicio”. Sí, molesta además que impongan una tarifa cuando de ese dinero nada llega a las arcas del gobierno. Y tampoco se dice nada acerca de los franeleros oportunistas, de esos que se aparecen en los alrededores de foros que ofrecen grandes espectáculos y que muchas veces desaparecen del lugar una vez que lograron su cometido (cobrar el uso del espacio público). Por otro lado, para muchas personas es resulta muy costoso tener que pagar 20, 30, 40 o 50 pesos por estacionarse en espacios públicos. Me parece injusto, por ejemplo, que alguien se embolse cientos de pesos en unas horas por estar dando vueltas en la calle cuando hay profesores que ganan 100-200 pesos por una hora de clases (sin contar el tiempo que implica preparar la clase y calificar trabajos). En otros lugares del país, los franeleros cobran sólo cuando lavan el coche, y es raro que alguien llegue a pedir dinero sólo por “cuidar”. Otro problema es la imposibilidad de fincar responsabilidades en los franeleros cuando uno ha sido objeto de robo o daño del vehículo: cobran por cuidar, pero no ofrecen (y no pueden ofrecer) garantías. En lo personal, dos veces me han abierto el coche en presencia de franeleros y al interrogarlos ellos “no vieron nada”. Evidentemente no puedo acusarlos de complicidad, ¿pero cómo puedo estar seguro que ellos no tuvieron nada que ver? En fin, es un tema que amerita un debate mayor, pero sobre todo ACCIONES por parte del gobierno. Para no prolongarme más en esto, yo estaría a favor de la regularización de la actividad de los franeleros, lo que implicaría: 1) empleo para mucha gente; 2) ingresos al gobierno; 3) costos para los propietarios de vehículos, que contribuimos a generar caos y contaminación; 4) beneficios para los propietarios de vehículos, al saber lo que tenemos que pagar y al contar con un padrón de franeleros que nos proporcione mayor certeza y seguridad acerca de las personas que cuidan nuestros bienes.
Disfruté mucho el tono provocador del texto. A veces el no estar de acuerdo del todo con el autor hace que uno reflexione mucho más que cuando uno coincide al 100 por ciento. En lo personal, me hizo reconocer lo fácil que validamos una práctica empresarial (como los parquímetros) y condenamos otra (los franeleros), sin ver lo que ganamos y perdemos en cada caso. También pensaba en el mito de que no necesitamos a los franeleros y que éstos sólo ‘secuestran’ el espacio. La realidad es que responden a una necesidad no resuelta de maneras de evitar que la gente vaya y se estacione en la vía pública (mejor transporte y sistemas eficientes de estacionamiento). Tan son necesarios los franeleros que ahora se les deja el dinero para “completar” la cuota del parquímetro, o las llaves por si llega la grúa. Y sí, sería genial que nos pudiéramos “reconciliar” con los franeleros y regularlos. Al menos, en lo que dejamos de usar el coche para cada viaje. No sólo borrarlos del mapa porque, como ocurre con todos los intentos de ‘regularización’, si se les quita la posibilidad de ser franeleros, ya los veremos en unos meses incorporados a otro rubro de la informalidad, en otra zona menos ‘cool’ de la ciudad, donde sí quepa lo informal.
Tu texto es uno más en la larga, larguísima serie de jeremiadas que dicen: “yo automovilista tengo derecho a dejar mi coche donde se me pegue la gana, a la hora que se me pegue la gana, por el tiempo que se me pegue la gana. Si tengo que mocharme con un pobre para que me ayude a corromper el sistema, magnífico”. ¿Maestría en urbanismo? Ya vas.
Los franeleros son indefendibles. Son parásitos. Y mafiosos. ¿ Quieren ganar dinero ? Hagan lo que sus clientes hacen: trabajar. Cobrar por “protección” es lo que la mafia hace. Patético es intentar defenderlos, a menos que haya intereses comunes. No recuerdo haber visto franeleros en otras metrópolis, así que no son necesarios. ¿ Queremos regular el uso privado de espacios públicos ? Ahi están los parquímetros. ¿ Queremos estacionarnos ? Paguemos al Estado (via concesionarios) el costo asociado. Pero no mantengamos a una casta de parásitos mafiosos que por generaciones se han enquistado en el paisaje urbano de la Ciudad de México. Ya basta.
Me pareció excelente el artículo creo señala la otra perspectiva de la realidad en el DF. Sin dar una crítica, el sentido del artículo lo percibo en un esquema de un mal necesario, gobierno-franeleros-ciudadanos. En mi opinión, los franeleros son responsables de ésta situación, si ellos nunca hubieran llegado no tendríamos éste problema. Como problema macro, no pienso que el gobierno deba ser el proveedor de empleos sino un regulador. Es verdad nuestro problema de pobreza y falta de oportunidades en México, pero no justifica la existencia de un informal que si no adquieres el bien que venden haya consecuencias económicas inmediatas en las personas. Si a un vendedor ambulante no le compras un CD no tienes repercusiones económicas de una cantidad que es valorada en mayor proporción al precio del bien pagado. En proporciones micro, evidentemente es mas jugoso pensar en las remuneraciones que existen en tiempo-esfuerzo contra las de salario mínimo. Probablemente estas remuneraciones hagan que los empleos de remuneración salarial mínima sean vistos como última opción o incluso despreciados, y esto a su vez hagan que los franeleros salgan a las calles en búsqueda de una calle o su minita de oro. Pienso que si éstos franeleros hubieran echado mas cabeza, hubieran sido ellos los empresarios y no solo una empresa, hubieran sido ellos la mejor opción a la de un parquímetro, pero como mencionas, decidimos no saber convivir y pelear con sangre, daños a la propiedad y pasar un mal rato. Como consumidores de espacios públicos no valoramos el anti nacionalismo que existe a través de empresas extranjeras en los parquímetros, pero es una verdad que tenemos una seguridad de que pagamos lo “justo” o estándar y conocemos perfectamente las consecuencias al no pagar éstos parquímetros. Creo que los parquímetros fueron medidas adecuadas a nuestro salvajismo en la convivencia y tratar de regular a éste mercado, como lo ejemplificas en otros países, tendría consecuencias en los otros mercados informales como una aceptación en el gobierno en lo informal. Pienso que al tener los parquímetros puede ser tomado como un tiempo cero a un tipo de regulación de franeleros, pero antes debemos de recuperar la convivencia y replantear la necesidad del consumidor y dar ésa oferta que demandamos de forma responsable.
Claro, dejaran de hacernos ‘pequeños favores’ como matar al portero que no los deja estacionar en la entrada del estacionamiento http://ciudadanosenred.com.mx/no-te-metas-conmigo-dijo-un-franelero-a-tono-despues-le-quito-la-vida/ ; cómo no sentirnos seguros con esos ojos que ven y controlan todo.
Me encanta el enfoque que le das a los franeleros, esas personas que en muchas ocasiones nos han “hecho el paro” y en otras también nos han perjudicado, recuerdo una vez afuera de la Universidad donde le dejaba mi coche a un franelero por varias razones, una, por no pagar el tarjetón de estacionamiento y otra, porque la mayoría de las veces llegaba rayando a clase de las 7. En una ocasión el “amigo franelero” me robó unas bocinas que tenía en mi cajuela! Eso fue sorprendente y tremenda decepción, pero más sorprendente fue que después de aceptar que su amigo las había robado, me las pagó! en efectivo! Estoy de acuerdo en el enfoque de que somos nosotros los que apoyamos el sustento familiar del franelero pero definitivamente no es nuestra obligación y tampoco lo es la de pagar lo que el franelero decida que es un monto justo por un cajón de estacionamiento durante 1 o 8 hrs, ¿quién regula esa tarifa? el franelero. En todo caso es México quién debe mejorar las condiciones laborales de los empleados, por eso tanto freelance porque con los sueldos establecidos y las condiciones de trabajo es muy difícil mantenerse a uno mísmo, mucho menos a una familia. México tiene mucho por hacer pero este tipo de diálogos ayudan a darle la vuelta y ver las cosas desde otro ángulo! Excelente texto, felicidades!