“En un tiempo oscuro el ojo empieza a ver”.
—T. Roethke
Si algo positivo ha traído la pandemia es evidenciar los problemas sistémicos y estructurales que ya existían desde antes de su llegada. Su impacto disruptivo a todas las escalas urge a tomar medidas reales de cambio a todos los niveles, incluidos el urbano y el arquitectónico. La covid-19 nos ha puesto un cronómetro, un reloj de arena que no negocia más plazos para pasar a la acción. No nos queda más margen para ser visionarios de un futuro lejano como el que imaginaba Isaac Asimov: nos toca ser proactivos y estratégicos; unos “visionarios de la próxima semana”.
Indudablemente, la pandemia fue algo que nos pasó, algo que ha cambiado nuestra forma de ver la vida. Pero no nos engañemos, la covid-19 no provocó nada, simplemente fue el detonante que nos mostró lo que ya estaba sucediendo. Por tanto, lejos de seguir alimentando el discurso de las ciudades “pre y poscovid”, propongo centrarnos en lo que vamos a hacer ahora; en afrontar, a través de la reflexión, cómo vamos a replantear nuestras ciudades.

Ilustración: Patricio Betteo
La ciudad como un tema de salud pública
Recordemos que la arquitectura frecuentemente ha estado marcada por las epidemias, tanto como una forma de salud pública como respuesta a los acontecimientos mundiales. Históricamente, el papel de ingenieros, arquitectos y urbanistas ha sido clave para proyectar ciudades seguras mediante criterios higiénicos, epidemiológicos y sanitarios. Y esto no forma parte solo del pasado: son criterios tan vigentes y cruciales como nuestro papel a la hora de imaginar las ciudades del futuro. Para ello es fundamental retomar el verdadero sentido de nuestra profesión: la arquitectura como forma de interpretar el mundo, como medio esencial para un fin común. De nuestra manera de interpretar lo que está ocurriendo dependerán las ciudades del futuro que proyectemos y, en consecuencia, la vida de sus ciudadanos.
En el siglo XX, figuras como Alvar Aalto y Le Corbusier sentaron las bases para combatir a través del diseño arquitectónico la enfermedad de su tiempo: la tuberculosis.1 Y aunque las amenazas del siglo pasado no son las mismas que las contemporáneas, llevamos décadas anclándonos a un pensamiento modernista que en realidad no ha ayudado a afrontar los retos actuales de nuestras ciudades. Ya es hora de buscar y establecer nuevas bases urbanas y arquitectónicas.
El impacto disruptivo de la pandemia en nuestro día a día
Como decía, el verdadero impacto disruptivo de la covid-19 ha sido desenmascarar las vulnerabilidades de nuestros sistemas, lo que ha obligado al mundo a pararse literalmente. Lo asombroso es que ha sido una “parada activa”: repensar la forma en que vivimos, percatarnos de cómo ni nuestras ciudades ni nuestras viviendas responden a las necesidades de nuestro día a día. Nuestras ciudades no funcionan tal y como están diseñadas. Lo que antes denominábamos “normalidad” ha demostrado no ser digna para una gran mayoría.
Definitivamente, la pandemia ha marcado un antes y un después en nuestros estándares de vida y hábitos de consumo. Muchas marcas y grandes corporativos están reduciendo la superficie de sus oficinas y tiendas, al ver que operar de forma física ha dejado de ser una necesidad de primera mano. El grueso de las oficinas se ha visto obligado a reestructurar sus operaciones y mudar el trabajo a la vivienda. Se ha consolidado el uso de las tecnologías virtuales y los sistemas de compra y venta online. Así como han surgido nuevos modelos experimentales de trabajo, de socializar y de enseñar, donde cada vez resulta menos novedoso oír hablar de espacios “coworking”, “coliving” o “colearning”. Realmente, la cuestión es cómo van a afectar estas nuevas dinámicas sociales a nuestras ciudades, en qué transformaciones urbanas se van a traducir. Pero antes de plantear de golpe soluciones concretas a estos cambios, veamos cómo dibujar una línea de horizonte de la que partir para empezar a repensar el presente.
La ciudad que de repente nos sobró
Supongo que más de uno durante estos meses se habrá encontrado ante la paradoja de no poder convertir su casa en espacio de trabajo. Ante el confinamiento, una oficina rentada quedó vacía y pasó a convertirse en un espacio residual, teniendo que improvisar una en la vivienda propia. He aquí una de las secuelas del modernismo: la zonificación. Las circunstancias nos han hecho reflexionar sobre el vacío, los metros cuadrados rentados sin utilizar, sobre cómo se fusionan unos espacios mientras otros quedan vacíos y cómo existen metros cuadrados que realmente no se necesitan. Han salido a la luz esos remanentes urbanos o “residuos de ciudad” que ni siquiera sabíamos que existían o que nos sobraban antes de la pandemia.
En consecuencia, el panorama que nos queda es una amalgama de espacios desocupados, multiplicados o fusionados. Si lo piensan detenidamente, estos “residuos de ciudad” también se han ido generando como resultado de la desarticulación de la infraestructura urbana de transporte con el tejido urbano. Pero de esto y del uso infravalorado de los Cetram (Centros de Transferencia Multimodal) y de nuestro espacio público ya hablaremos más adelante.
Espacios residuales como recursos renovables
Y es en este punto en el que podemos preguntarnos:¿qué vamos hacer con lo que nos sobra? ¿Y qué vamos a hacer con lo que nos falta? A pesar de la expansión imparable de la mancha urbana de la Zona Metropolitana del Valle de México, nos sigue faltando vivienda; y en el caso afortunado de tenerla, no suele responder a nuestras necesidades actuales. A lo que añadimos una carencia de normas que fomenten el desarrollo de vivienda social asequible en la ciudad. Además, nos topamos con la incongruencia de ver cómo se multiplican los edificios corporativos y de comercio que ya demostraron ser parte de lo que nos sobraba. Y he aquí el gran absurdo:
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muchos edificios monofuncionales vacíos |
+ |
mucha gente sin vivienda /viviendo en el vacío urbano |
+ |
mucha gente con vivienda sin las funciones necesarias y propias de edificios monofuncionales vacíos |
= |
muchos espacios arquitectónicos y urbanos residuales y/o mal diseñados |
De este modo, encontramos un sinnúmero de espacios residuales con el potencial de convertirse en una suerte de recursos renovables. Veamos algunas de las cifras más llamativas con las que México cerrará el 2020: un 18-20 % de superficie desocupada destinada originalmente a oficinas; el cierre de 1500-2500 tiendas que se traduce en 1 millón de metros cuadrados desocupados; un desplome del 70 % de visitas a centros comerciales, teniendo México alrededor de 600 edificios para este uso. Hablamos entonces de aproximadamente 1 208 233 m2 de oficinas desocupadas que bien podrían ser utilizados para suplir el 10 % de los 12 000 000 m2 de vivienda que nos faltan.
Al hilo del discurso de la sostenibilidad, sería razonable considerar estos edificios de oficinas y centros comerciales que nos sobran, como recursos renovables en sí mismos dada su gran versatilidad, lo que directamente nos conduce al concepto de “sobreciclaje” como proceso: “una forma de reutilización, donde se toma algo que, aparentemente, ya no tiene un uso y se renueva, asignándole un uso distinto para el que fue creado”.
Fortaleciendo la densidad, la intensidad y la compacidad: mixtura de usos y sobreciclaje
Ahora les propongo pensar en el impacto global que podría tener en nuestras ciudades la aplicación generalizada y a nivel local de estrategias como la mixtura de usos y el sobreciclaje. Estos procesos lo que generan es fuerza de densidad, precisamente lo que demandan tramas urbanas dispersas como la de CDMX. Lo que estaríamos haciendo sería revitalizar la ciudad existente, extrapolando en términos urbanos la lógica de Deleuze-Guattari: concebir la ciudad como un sistema complejo cuya fuerza radica en cómo se unen y trabajan solidariamente sus unidades mínimas, generando así esa densidad que fortalecería globalmente al sistema, nuestra ciudad.2
Como ya sabemos, la densidad es clave tanto para reducir la huella urbana como la huella ecológica. Pero además, incorporarla al trinomio “densidad-intensidad-compacidad” sería crucial para gestionar la complejidad urbana contemporánea. Sobre la importancia de este trinomio ya se empieza a hablar en diversas agendas urbanas europeas como la recientemente aprobada Agenda Urbana Española (2019), basada en la Nueva Agenda Urbana de Naciones Unidas: “un modelo urbano sustentado en la compacidad en su morfología, la complejidad entendida como mixtura de usos y biodiversidad, la eficiencia metabólica en su funcionamiento y la cohesión social. La planificación u ordenación del suelo debe perseguir estructuras urbanas compactas y polifuncionales, que prioricen los procesos de reciclaje de los tejidos urbanos existentes, la recuperación de suelos en desuso ubicados en el interior de los ámbitos urbanos y la redensificación de los suelos urbanizables dispersos”.3
Pero para llegar a todo esto necesitamos primero cambiar nuestra propia estructura de pensamiento, dejar de pensar que los edificios de oficinas y los centros comerciales que nos sobran deben seguir perpetuando este uso de forma exclusiva. Por tanto, una de las claves para reestructurar y fortalecer nuestras ciudades actuales es pensar en términos de flexibilidad: propiciar escenarios urbanos resilientes a partir de usos mixtos que permitan transformar estos “residuos de ciudad” en unidades reutilizables. Sin duda, el punto de partida para repensar nuestras ciudades es convertir los errores evidenciados por la pandemia en aciertos. La capacidad que tengamos ahora para analizar y transformar estos problemas determinará el modo en que, a su vez, se transformen nuestras ciudades y, por extensión, nuestras posibilidades para trazar un mejor futuro.
Eduardo Gorozpe
A-001 Taller de Arquitectura.
1 Colomina, B. (2019). X-Ray Architecture. Zurich, Suiza: Lars Müller Publishers.
2 Johnson, S. (2002). Emergence systems: the connected lives of ants, brains, cities, and software. New Jersey, United States: Scribner Book Company.
3 Ezquiaga, J.M. (2020). “Hay que defender la ciudad: de la distopía del confinamiento a la ciudad abierta”. ACE Architecture, City and Environment, no. 43.