Los biólogos tenemos un dilema: buscamos proteger la naturaleza (nuestro objeto de estudio) a la vez que tenemos que ser empáticos con las fuerzas económicas que rigen nuestras vidas. Pues el valor ético intrínseco en la conservación de las especies no ha sido suficiente. Así, surgió la idea de proveer de un valor económico a la naturaleza. En los argumentos para proteger una especie siempre existe alguna propiedad curativa o la capacidad de secretar sustancias útiles a la industria. Por ello, no sorprende la pregunta ¿para qué sirve la especie que pretendes conservar?
La búsqueda en la utilidad económica de cada especie se ha extrapolado al ecosistema completo. A mediados de los setenta surgió la idea de que las funciones de un ecosistema, como la captura de carbono y la infiltración del agua eran importantes para las personas que vivían en él. Durante las siguientes décadas, el término Servicios Ecosistémicos se fue acuñando para incluir en las externalidades económicas, la función del ecosistema. A principios de principios de siglo con el Millennium Ecosystem Assessment, el concepto de Servicios Ecosistémicos se consolidó y comenzó a ser usado por los gobiernos. Pragmáticamente, los Servicios Ecosistémicos le ponen precio al funcionamiento del ecosistema, con ello la conservación busca entrar en la competencia de mercado.
Con términos como éste, los biólogos dejamos de ser vistos como soñadores idílicos e inocentes ante el mundo real y pudimos sentarnos en las mesas de negociación para defender especies y ecosistemas. Sin embargo, la estrategia ha servido menos de lo esperado. Esto se debe a que los ecosistemas proveen de beneficios difusos, de largo plazo y a toda la sociedad. Mientras que las actividades económicas (que destruyen ecosistemas) son concretas, de corto plazo y benefician a un grupo específico, que normalmente presiona al gobierno para llevarlas a cabo.
El caso de Xochimilco es un buen ejemplo para explicar los problemas de esta estrategia. Este humedal ha sufrido los embates propios de una zona natural dentro de una ciudad. Pero la urbanización de Xochimilco se aceleró cuando la zona chinampera se partió por la mitad con la construcción de Periférico en los ochenta. Poco después de su construcción se instalaron dos grandes universidades (el Tecnológico de Monterrey y la UAM), varias escuelas y muchos fraccionamientos. El valor para el desarrollo inmobiliario del terreno de Xochimilco aumentó gracias a esa avenida, lo que dio paso a una exagerada presión de urbanización.
Xochimilco cuenta ahora con menos del 20% de hectáreas de chinampas y canales y con menos del 15% de agua que antes corría en ellas. La fuente de agua de los canales cambió, pues antes eran alimentados por manantiales y por ríos como el Amecameca y ahora son alimentados por la planta de tratamiento de Cerro de la Estrella. Por lo tanto, la calidad del agua es mucho menor. Sin embargo, gracias a su alta resiliencia, Xochimilco no ha perdido muchas de sus cualidades como ecosistema, pues sigue siendo un gran reservorio de diversidad, control de clima, inundaciones y producción de comida. Un análisis de sólo tres servicios ecosistémicos (captura de carbono, mejora la calidad del agua, mantiene la diversidad) sugiere que Xochimilco puede proveer hasta 31 millones de dólares por año al Distrito Federal (aproximadamente 372 millones de pesos anuales). Si incluyéramos otros servicios que este humedal provee a la capital, la cantidad monetaria podría elevarse de manera significativa. Por ello, Xochimilco es nuestro pasado, pero a la vez es nuestro presente.
Ahora se pretende completar la autopista urbana sobre Periférico con la construcción de la Autopista Urbana Oriente, también conocida como Supervía Oriente. Son conocidos los argumentos que explican que estas autopistas no mejoran el transito ni reducen contaminación, pero sí generan mayor desigualdad social entre los que tienen auto y pueden pagar una cuota vial y el resto de la población. En resumen, no mejoran la calidad de vida de la sociedad. Por ello, contrario a lo que pasa en el DF donde se proyectan hasta terceros pisos, estas vías se están desmantelando en el resto del mundo.
Pero los efectos negativos de La Supervía Oriente sobre Xochimilco serían superlativos. Esta vialidad aceleraría la urbanización del humedal y con ello reduciría la calidad ambiental y aumentaría la contaminación del aire en la región. Además, Xochimilco aún funciona como laguna de regulación, por lo que la urbanización generada a partir de la Supervía podría provocar inundaciones en esa y otras zonas de la ciudad.
La velocidad de urbanización proyectada, sin contar a la Supervía Oriente, sugiere que Xochimilco desaparecerá en unos 50 años. Es por lo tanto urgente un programa drástico de protección. Pero, si se construye la Supervía Oriente la velocidad de urbanización sería mucho mayor y no habría programa de protección posible que pudiera detener la desaparición de este humedal. Con esta vialidad, los capitalinos nos aseguraríamos que nuestros hijos no tengan la capacidad de pisar el Xochimilco de las chinampas y las trajineras.
Aun con todos estos argumentos en contra, la presión de las constructoras sobre el GDF hace que exista una alta probabilidad de que CEMEX y sus filiales construyan la Supervía Oriente. Esta autopista es parte del plan de “sustentabilidad” creado para el nuevo aeropuerto. El hecho de que la vía no sea siquiera útil para el conjunto de la sociedad tampoco es un problema, pues la visión de que la construcción está por encima de la conservación está grabada en la mente de las autoridades, incluyendo las ambientales.
No obstante, Xochimilco es más que servicios ambientales, es un monumento arqueológico vivo que representa una parte fundamental en los orígenes de la Ciudad de México, pues en la época precolombina sus más de 9 mil hectáreas de chinampas producían alimento constante a los habitantes del Valle de México. Además, las 3 mil hectáreas de canales ayudaban a mitigar las inundaciones en los años de excesiva lluvia en el valle. Con las necesidades básicas aseguradas como el alimento y el hogar, los mexicas se sentaron a hacer civilización. Por lo que Xochimilco no sólo es un humedal con gran diversidad, sino además es un patrimonio histórico de nuestras raíces como país.
No basta con decir que la existencia de Xochimilco es redituable en términos ambientales para la ciudad. Los análisis económicos ayudan a la conservación, pero siguen estando en desventaja frente a las grandes constructoras que proveen de beneficios económicos directos a los políticos y a una elite social. Para proteger Xochimilco tenemos que estar convencidos de que este humedal y su biodiversidad no sólo sirven para algo, sino que son parte de nuestra cultura. Son parte de lo que somos de nuestra historia.
Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.

Y el ajolote dijo: a ti hombre sabio y curioso, te daré mi secreto de cómo hago para re-generar. Tu a cambio, dame un hogar en tu laboratorio. Trato hecho. Y el guardián de xochimilco se fué.
(Y sin él, ese patrimonio de la humanidad es una estruendosa y horrible carcajada).
Que falta de pericia tienen nuestros gobernantes, excelente artículo, gracias