Qué opinan las mujeres sobre las ciudades mexicanas

La Secretaría de Relaciones Exteriores organiza una serie de talleres en distintos municipios para recopilar información sobre los retos que enfrentan las ciudades mexicanas y exponerla ante diferentes foros globales. Y es que nuestro país tiene un rol protagónico en la agenda urbana de la ONU; actualmente México preside la asamblea Hábitat y, aun con la constante negativa del titular del Ejecutivo para participar en eventos de esta índole, ha participado activamente en las discusiones en la materia.

Más allá del activismo internacional de la Cancillería, México presenta resultados limitados en materia de desarrollo urbano. La política federal ha dirigido una buena parte de sus esfuerzos en el mejoramiento de espacios públicos, pero tiene pendientes en la actualización del marco jurídico institucional, en particular en cuanto a los instrumentos para un desarrollo urbano equitativo y eficiente. Tampoco tiene propuestas innovadoras que incidan en el ordenamiento del territorio en los municipios. Las ciudades mexicanas enfrentan serias dificultades ambientales y sociales; son poco sostenibles en todo sentido y eso incluye que son financieramente inviables. Además, la transversalidad de la perspectiva de género todavía resulta un concepto indescifrable para quienes se encargan de elaborar los instrumentos y tomar las decisiones que transforman los espacios que habitamos todas y todos.

Con miras de integrar la perspectiva de género en estos ejercicios participativos, se organizaron tres foros con el nombre “¿Qué opinan las mujeres? Política exterior feminista” que recabaron la opinión de 167 funcionarias, académicas y activistas en tres ciudades (Querétaro, Hermosillo y San Cristóbal de las Casas) para presentarla ante la plenaria Estocolmo+50 en Suecia. El ejercicio fue interesante. Las preocupaciones de las habitantes de las ciudades, sin duda, nos recuerdan la insoslayable necesidad de que la planificación urbana integre las necesidades y propuestas de las mujeres.

Partiendo de un análisis de la información que se presentó en estos foros —y de nuestra experiencia participando en el evento que se llevó a cabo en Querétaro—, exponemos cuatro de las preocupaciones y propuestas que expresaron las mujeres. Consideramos que es importante divulgar estas propuestas en espacios que trascienden al público que da seguimiento a los eventos globales.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Uno: la ciudad justa y competitiva considera las necesidades de las mujeres

En el 76 % de los municipios del país la fuerza laboral se integra, al menos, en un 40 % con la participación de las mujeres. Aunque la brecha de género aún es pronunciada, las mujeres contribuimos cada vez más en las economías locales. Lo hacemos tanto en las labores remuneradas como en las no remuneradas que históricamente se nos ha asignado en las esferas privadas: cuidados, limpieza y educación. Respecto a estas últimas, somos las responsables de 71 % de este trabajo, cuya retribución rondaría los 96 303 millones de pesos de acuerdo al Inegi. Debido a las inequidades en la división sexual del trabajo, cumplimos jornadas más largas que los hombres porque dedicamos en promedio 2.5 veces más horas al día a las actividades no remuneradas.

Las participantes en los foros señalaron que es una necesidad imperiosa que los gobiernos reconozcan las contribuciones de las mujeres en las economías locales, tanto en las actividades remuneradas como en las que implican las tareas domésticas y de cuidados. El acceso igualitario a las oportunidades de empleo, los créditos, la certeza jurídica en la propiedad, y la proximidad con los servicios de cuidado y a otros recursos que ofrecen las ciudades, deben ser parte de los objetivos de las acciones públicas.

Dos: las mujeres demandamos una ciudad más justa que facilite las tareas de cuidados

Las omisiones en la planificación urbana en nuestro país han originado ciudades extendidas y dispersas, que generan exclusión y otros costos sociales. La oferta de vivienda, principalmente la que es un poco más asequible, se desarrolla en las periferias, lejos de la concentración del equipamiento social como escuelas, hospitales y parques, además de los centros de comercio, administrativos y de las opciones laborales. Estas inercias en la planificación no han puesto al centro las necesidades cotidianas de las personas sino, más bien, a los intereses de inmobiliarios y especuladores.

Las mujeres señalan que los tiempos de traslados en estas ciudades extendidas y dispersas son más largos y caros, por lo que afectan su calidad de vida y su potencial de desarrollo. Se complica compatibilizar sus responsabilidades laborales o escolares con las tareas de cuidados que históricamente se les ha asignado por los roles de género. La ONU y en Banco Mundial han definido a esta experiencia como “pobreza de tiempo”;1 en el caso de las mujeres, esta pobreza se origina por las desigualdades socioeconómicas que convergen con las de género, así como por la falta de accesibilidad a los servicios urbanos. La proximidad territorial, la apropiación y el disfrute de los servicios urbanos por parte de las mujeres abonará en la construcción de ciudades más equitativas y prósperas.

Por ello, las participantes en los foros mencionaron la necesidad de instrumentos urbanos que limiten la expansión de la ciudad, además de soluciones efectivas de transporte público que consideren las tareas cotidianas de las personas. Una urbe eficiente y justa no expulsa a la población que más lo requiere lejos de los servicios y las oportunidades. Se necesitan inversiones en infraestructura que faciliten los cuidados, y un modelo que permita que las y los habitantes aprovechen la oferta que ya existe en la ciudad interior sin tener que emplear largos tiempos en el transporte.

Tres: a las mujeres nos preocupan las violencias comunitarias

Según los datos de la última Encuesta de Seguridad Urbana del Inegi, 51.7 % de la población total percibe que los espacios donde transita son inseguros. Si desglosamos los datos de acuerdo con distintos escenarios (transporte público, mercados, escuelas, parques), las mujeres declararon sentirse inseguras en todos los lugares, y en mayor proporción con respecto a los hombres. Las participantes en los talleres expresaron estos temores, pero además presentaron propuestas: hablaron de replicar proyectos de transporte público con unidades exclusivas para mujeres y capacitación a las fuerzas del orden, así como intervenciones físicas en las calles por donde transitan (botones de pánico, iluminación, entre otros). Sin embargo, no sólo se trata de colocar más lámparas y policías, sino que hicieron hincapié en la necesaria apropiación de la ciudad, y para ello se requiere una mayor participación en la Agenda Urbana. Desde la comunidad y en las oficinas públicas, una ciudad más justa y pacífica se construye también en la planeación participativa; en el tejido de redes entre funcionarias, activistas, empresarias, líderes de comités vecinales, entre muchas otras.

Cuatro: las mujeres requerimos que nuestras voces y necesidades diversas se consideren en la planificación urbana

La estrategia de consultas locales es buena y la política exterior feminista apuesta por ello. En seguimiento de la Nueva Agenda Urbana de la ONU se ha identificado la intersección entre las relaciones de género, la equidad social y el cambio climático para asegurar un futuro sostenible y equitativo. No obstante, además de reconocer los avances en el ejercicio, las mujeres demandan que los gobiernos locales implementen nuevas metodologías para integrar sus voces en las distintas identidades y espacios urbanos.

En los foros se habló de las necesidades de las mujeres indígenas, de las empresarias, de quienes administran parques y plazas o se hacen cargo de los comités vecinales. También se mencionó a las mujeres autoempleadas, a las realizan trabajos precarizados con largas jornadas, y aquellas que viven en condiciones de indigencia. Se señaló la obligación de que sus necesidades se integren en la construcción de las ciudades.

En conclusión: el derecho de las mujeres a la ciudad implica que nosotras tengamos libertades para vivir, disfrutar, construir y transformar los espacios urbanos que habitamos. Para ello debemos considerar un nuevo modelo de planificación urbana que conciba que el espacio no es neutro, y que considere las necesidades actuales de las mujeres. Esperamos que los ejercicios de consulta desde las Secretaría de Relaciones Exteriores tengan continuidad más allá de algunas presentaciones en reuniones internacionales. Ojalá el esfuerzo se traduzca en un nuevo paradigma para los gobiernos locales en México, uno que nos lleve a condiciones de vida más justas.

 

Iliana del Rocío Padilla Reyes y Jessica Nallely Flores Gálvez
Observatorio Universitario de Negocios Internacionales (OUNI) de la ENES Juriquilla, UNAM


1 Según la descripción del Inmujeres, el término pobreza de tiempo se refiere a “individuos extremadamente presionados por el tiempo que son incapaces de asignar el suficiente tiempo a actividades importantes y, por lo tanto, se ven obligados a tomar decisiones difíciles sobre cómo distribuirlo, con implicaciones negativas para su bienestar”. Fuente: Inmujeres, ONU Mujeres, Cuaderno de trabajo Pobreza y Tiempo: Una Revisión Conceptual, 2015.

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Publicado en: Planeación urbana