Cuando la crecida de un río destruye las casas de personas que invadieron el cauce la sociedad culpa a los afectados y se pregunta “¿por qué se les ocurrió instalarse ahí?”, una respuesta es: quizá porque no tenían otro lugar donde establecerse. Les pasó lo que a los aztecas, que al llegar al Valle, las tribus residentes los mandaron al peor lugar, el más riesgoso, el que se inundaba (Valek, 2000). Pero cuando se habla de los desgajes de los cerros que ponen en peligro edificios de alto costo en Santa Fe, no se culpa a las personas que se instalaron ahí (las constructoras que hicieron los edificios o los compradores) sino al gobierno que permitió esas construcciones. Esa doble moral es todavía más dolorosa puesto que, a diferencia de las personas de bajos recursos, las constructoras de Santa Fe y sus clientes sí tenían capacidad de establecerse en otro lado.
La historia ecológica de Santa Fe es de las más tristes del Valle de México. Durante mucho tiempo fue un lugar boscoso y diverso donde brotaba el agua más prístina del Valle. Todavía hay rastros de esta época, pues el acueducto de Chapultepec (el mismo que ProCDMX propone como decoración de un centro comercial) conducía agua de Santa Fe que bebían los virreyes al ser la de mejor calidad. Justamente ahí fue donde se decidió instalar dos rellenos sanitarios y explotar minas de roca y arena. Con ello se destruyó toda posibilidad hídrica de contar con agua limpia. En menos de 100 años, el bosque de árboles pasó a ser de edificios.
La idea de un polo de construcción en Santa Fe se estableció con López Portillo, pero se fomentó con Carlos Salinas, cuando el regente de la ciudad era Manuel Camacho. Después del temblor de 1979 que destruyó la Universidad Iberoamericana en la Campestre Churubusco, el gobierno le dio a la Universidad un terreno en Santa Fe para ser el pie de playa de este polo de alto ingreso que buscaba ser parte de la aldea global, instalada sobre un basurero.
Desde un principio fue mala idea establecer un polo denso de edificios de alto ingreso en Santa Fe, pues geográficamente es un lugar entre cañadas que hacen imposible una movilidad eficiente. El terreno es escarpado y está sobre un relleno sanitario y lleno de minas de arena, que pueden generar… desgajes. Aun así, el gobierno local ha promovido el lugar para beneficio de los especuladores de terreno que compraron a muy bajo precio y vendieron con enormes ganancias.
Las soluciones urbanas de este despropósito fracasaron desde un inicio. Para solucionar la inestabilidad el terreno, se realizó un Plan Maestro que mantenía zonas conservación que ha sido violado constantemente por las constructoras (Perez-Negrete, 2010). Para solucionar el problema de movilidad Camacho intentó construir la carretera La Venta-Colegio militar (que hubiera sido un desastre ecológico) y que fue cancelada gracias a la resistencia vecinal. Durante 15 años esa espinita posiblemente se la guardo Marcelo Ebrard (que en la época de Camacho era secretario de gobierno), y como Jefe de Gobierno impuso su Supervía Poniente construida por la famosa OHL (señalada como corrupta) y Copri (una constructora de Santa Fe, que probablemente vio en esta vialidad como promover la ilusión movilidad y así evitar la caída de ventas en la zona).
Una consecuencia tan grave como la ecológica de Santa Fe se vio en pocos años. Los recién llegados alienaron a los habitantes originales del pueblo de Santa Fe que había sido fundado en el siglo XVI por Vasco de Quiroga (Perez-Negrete, 2010). Después de vivir 500 años en su pueblo los habitantes originales ya no se sienten parte de un lugar que busca estar más cerca de Houston que de sus vecinos.
Los avances tecnológicos han generado la ilusión en los humanos de que podemos resolver controlar la dinámica de un ecosistema, incluyendo la estabilidad del suelo. Para construir un edificio se hacen análisis de suelo para saber de que tamaño serán los pilotes que darán estructura. Pero la dinámica del ecosistema va más allá del terreno donde se establece un edificio. En el caso de Santa Fe involucra también cuánto se ha minado el cerro, cuántos y dónde se han puesto otros edificios (lo que genera más peso), cuánto llueve y ha llovido, la erosión, los temblores, los basureros, etc. Éstas y otras variables generan dinámicas que son poco predecibles en el mediano plazo. Así, la probabilidad de que se sigan desgajando más áreas es mucho más alta de lo que los estudios puntuales indican.
Con todas estas variables sonaría complejo hacer una predicción, aunque empíricamente no lo es: si se construye a orillas de un cerro que ha sido minado, tarde o temprano la erosión llevará a un desgaje. Es como construir una casa en el cauce de un río durante la época secas, sabiendo que en lluvias el agua puede destruirla, no sabemos qué día o que año, pero es seguro que sucederá. Las constructoras y el gobierno que las dejó sabían que esto podía pasar, poniendo en peligro el patrimonio y la vida de muchas personas.
Este problema de no evaluar consecuencias de una construcción a largo plazo es evidente ahora en el desgarramiento de los cerros. Pero imaginemos todos los efectos negativos en ecología que este tipo de construcciones generan y que no son evidentes. La herramienta que los protegería, las Manifestaciones de Impacto Ambiental (MIA), tampoco las considera. Por ejemplo, el único efecto ecológico señalado en la MIA de la Supervía Poniente fue que los espectaculares podían generar sombra. Para ellos, los ríos de Puerta Grande y Puente Colorado no se afectaban a pesar de poner sus columnas a tres metros del cauce (aunque hubo al menos un deslave). A cuatro años de su construcción, son evidentes los efectos ecológicos que causó sobre los ríos y la destrucción del Área de Valor Ambiental de Tarango. Sin embargo, son menos notorios que un desgaje, afectando un edificio de alto costo.
Ahora es necesaria la rendición de cuentas en Santa Fe que involucre a las autoridades y a las constructoras. El oropel que envuelve el estatus de la zona ha ayudado a vender ilusiones de ecología (con techos verdes y reciclaje de agua que son infinitamente menores a la perturbación ambiental y cultural sobre el lugar) en movilidad (con una Supervía que fue superada en muy poco tiempo) y estatus (con casas con bonitos decorados que están en peligro de caer a un barranco). Los desgajes han dejado ver la cara real detrás de la fachada de Santa Fake.
Santa Fe pone en evidencia esta máxima de que las construcciones por sí solas no significan desarrollo. También nos invita a reflexionar sobre las consecuencias ecológicas que sufrimos al pensar sólo en el crecimiento económico de unos cuantos a partir de construcciones. No es posible construir en las zonas sensibles del Valle, y prácticamente son todas las que quedan. Las ganancias son para quienes construyen, y los costos ecológicos se socializan en la forma de falta de agua inundaciones, desgajes, entre otros.
La sostenibiliad no está en los techos y muros verdes, macetones en jardines de bolsillo, focos ahorradores o ventilas que se abren automáticamente. La verdadera política de sostentiblidad considera la dinámica del ecosistema, de la cuenca, y los efectos de una construcción a nivel regional sobre la naturaleza, sobre la cultura y sobre la sobrevivencia de las personas.
Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.
Referencias:
Pérez-Negrete M. 2010 Santa Fe: Ciudad Espacio y Globalización Ed. Universidad Iberoamericana Puebla.
Valek-Valdés G. 2000. Agua Reflejo de un Valle en el Tiempo. Universidad Nacional Autónoma de México.

Si ya pasó esto en Santa Fe, habría que pensar en el futuro aeropuerto que pretenden y que destruirá el ecosistema del lugar con la mano negra del hombre. ¿Qué futuro le espera a ese monstruo que quieren hacer?
interesante
si la ciudad quiere avanzar hacia un desarrollo sostenible es indispensable que el sector público, privado y la sociedad civil participe en la planificación de la ciudad, teniendo en cuenta al medio ambiente, la economía y a las personas. Un esfuerzo público por si solo no logra nada.