“Viajero, has llegado a la región menos transparente del aire”.
La temporada de sequía es particular en el Valle de México. Desde chico me acuerdo de sentir la nariz mocosa, la piel reseca y tener los ojos rojos; tales sensaciones sólo se han acentuado con el tiempo y son compartidas cada vez más con otras personas con las que he platicado al respecto. Ahora que usamos cubrebocas debido a la pandemia que atraviesa nuestro planeta, fue particularmente notorio cómo en los días de sequía se ensuciaba mucho más seguido, con más polvo en la parte que se ajusta a la nariz y a las orejas. Tal situación me hizo reflexionar al respecto; de ahí el desarrollo de este texto en la búsqueda de una explicación y ciertas propuestas para que, a largo plazo, la Ciudad de México y su entorno nos aporten una mejor calidad de vida.
El tema de Texcoco lleva latente desde hace unos años en las sobremesas de las familias mexicanas como el terreno donde se construiría el aeropuerto que no se ejecutó. Sin embargo, desde inicios del siglo pasado, un personaje muy relevante de nuestra historia hablaba sobre la importancia de este sitio en relación a la salud de las personas de la capital del país.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Miguel Ángel de Quevedo, el llamado “Apóstol del Árbol”, es quizás una de las piezas fundamentales por las que esta megalópolis se mantiene con cierta vida en la actualidad. Es alguien sobre el que hace falta trabajar y estudiar mucho; para esta cuestión me detendré en lo que dijo sobre la zona al noreste de la Ciudad de México, al final de su conferencia de septiembre de 1910 en la Exposición de Higiene, que pronunció siendo jefe del Departamento de Bosques.
La región del Nordeste, de la que soplan hacia la ciudad vientos constantes y los más impetuosos durante todas las tardes a partir del mediodía, en la estación de las secas particularmente, es la que corresponde al gran Lago de Texcoco que se encuentra hoy completamente azolvado y casi sin vaso o cuenca, circunstancia que obliga a no poder mantener una capa de agua constante de suficiente profundidad, que pueda mantenerse para no dejar el terreno fangoso o reseco al descubierto, como lo supuso el proyecto de las Obras del Desagüe que se llevó á ejecución, pues alimentado ese lago únicamente por corrientes de agua torrenciales del tiempo de lluvias y no habiendo profundidad en el mismo para que los largos meses de las secas, sin nueva aportación, dicho lago queda periódicamente todos los años seco, cuando ya la evaporación hizo perder la delgada capa en la atmósfera, quedando esa inmensa planicie de cerca de 20 000 hectáreas de extensión, como un gran campo de cultivo de perniciosas bacterias y moscos en los primeros meses de la seca y una vez de la desecación completa, dando lugar a enormes masas de polvo arcillo-salitroso que todas las tardes viene a la ciudad, y es seguro que este polvo es que da enorme contingente de enfermedades de las vías respiratorias y digestivas que asolan año por año a la Ciudad de México en dichos meses de las secas y la hacen tan sucia y tan molesta, siendo también esa inmensa superficie pelada de vegetación que produce tan súbitos y frecuentes enfriamientos de las atmósfera en las tardes después del enorme calentamiento de la misma al medio día.
Decidí dejar íntegra la cita porque, desde la primera vez que lo leí —gracias a otro quevedista, Humberto Urquiza—, quedé impresionado. Esa pequeña conferencia da cuenta de cómo, hace tantos años, tales temas se discutían en grandes debates internacionales, y es un poco desolador pensar en lo que hemos avanzado en más de un siglo.
En nuestros días cualquier cuestión de índole climática se ha acentuado. El calentamiento global avanza a pasos más acelerados de lo que en algún momento el mundo científico comenzó a augurar. Dejando de lado los discursos que casi todas las administraciones tienen sobre desarrollo sustentable y agendas verdes, es real que hay mucha investigación y propuestas al respecto desde la academia, la sociedad civil y organizaciones no gubernamentales. Por otro lado, parece que existe una desconexión entre estos tres grupos y el Estado. Sea a propósito o no —no me toca juzgar—, si se voltearan a ver, poco a poco podríamos ir encontrando el camino hacia el bien común.
Centrándome en el tema que atañe este escrito, voy a discutir ciertas propuestas que han surgido al respecto de Texcoco, comenzando con la idea seminal de Miguel Ángel de Quevedo que continúa al párrafo citado. Sí: el ingeniero forestal no sólo notaba que pasaba algo, también ideaba soluciones:
…para garantizar la salubridad de la Capital, su higiene y condiciones de comodidad, el suprimir ese gran desierto malsano que tiene a sus puertas, convirtiéndolo ya sea en un bosque o en un gran campo de cultivo agrícola, con masas intercaladas de tupidas arboledas de especies adecuadas para esa clase de terrenos y que provean de oxígeno a la Ciudad de México.
Quevedo tenía muy clara la importancia de las reservas forestales dentro y cerca de las ciudades. Detrás de él hay una clara escuela higienista y el entendimiento de la relación de los árboles con el agua y con la lluvia que está presente en muchos de sus trabajos. Con el paso del tiempo, hemos tenido ideas de diferentes grupos cercanos a las ciencias. Desde la arquitectura, las ingenierías, el paisaje y el urbanismo, se han sumado propuestas preocupadas por Texcoco, particularmente porque desde hace más de 100 años se tiene clara su relación con la falta de agua en la Ciudad.
La siguiente intervención relevante para este texto es de Nabor Carillo; en ella, pensó en cómo resolver el tema del agua en la Ciudad en general. En su libro El agua y la Ciudad de México (2006), el arquitecto Jorge Legorreta nos presenta un estudio sobre el recurso más preciado para la especie humana en la capital del país y dedica una sección de su texto al tema de Texcoco. Para Legorreta, el inicio del concepto de Carillo se basa en la idea precolombina de usar el agua dentro del valle para evitar su envío a otras cuencas.
Este proyecto, llamado “El plan Lago de Texcoco”, fue dirigido por Carrillo y, con el objetivo de detener los hundimientos del subsuelo en la década de los sesenta, buscaba recuperar la cantidad de agua bajo la ciudad a través de un lugar de recarga de acuíferos al oriente de la cuenca. El lugar fue seleccionado porque ya había tenido esa función y, a través de un proceso de restauración, podría recuperarse lo que alguna vez fue un lago. Unos años antes, Miguel Rebolledo ya había planteado un proyecto de tal magnitud pues, con el entubamiento de ríos, comenzó a haber hundimientos de 45 centímetros anuales en el área central de la Ciudad. El plan ya contemplaba la idea de tratar las aguas negras y mandarlas a diferentes vasos reguladores donde pudieran retomar su camino hacia el manto.
Tales conceptos planteados el siglo pasado entendían la importancia que presentaba a la sociedad un lugar de esparcimiento de tal escala; en ellos, se trabajaban múltiples factores al mismo tiempo, y podemos observar los conocimientos de grandes mentes que trataron el tema del paisaje urbano como Forestier, Olmsted y el mismo Quevedo. No sólo se pensó en cómo resolver los hundimientos: se planteó el tratamiento del agua y su potabilización, la generación de energía, la recuperación del paisaje y la restauración del lago, la producción de sal y la generación de zonas de recreo —y la plusvalía de los terrenos aledaños. Por lo tanto, pienso de nuevo, ¿por qué estamos así?
Al final, el proyecto encabezado por Nabor Carrillo —además, rector de la UNAM— que planteaba una obra de 17 000 hectáreas, se estancó en 1000 hectáreas con el conocido lago artificial. Legorreta argumenta que muchos proyectos de esa zona habían modificado la urbanización, entre ellos el aeropuerto Benito Juárez, Ciudad Nezahualcóyotl, Chimalhuacán y el Bordo Poniente. ¿Será que los agradables aromas previos a las épocas de lluvia nos llegan de ahí? El arquitecto también considera que las obras que se realizaron, pero no cumplieron sus objetivos, son muy importantes porque ayudaron en ciertos puntos claves de nuestra urbe, por ejemplo, la reducción de las tolvaneras —imaginémonos cómo eran—, la función de vaso de los pocos cuerpos de agua de algunos ríos, como el de Churubusco, y pequeños afluentes cercanos a Texcoco, así como la posibilidad de ofrecer sitios para que las aves migratorias puedan acceder y las tres plantas de tratamiento de agua, de las dieciocho originalmente propuestas —sí, dieciocho—.
Ahora, viajemos en el tiempo al momento del elefante blanco: lo que ahora es una barda carísima y que comienza más o menos al inicio de este siglo.
En teoría, como siempre, parece que retomamos lo bueno del pasado —o eso nos gustaría pensar— pero algo pasa que no se concreta. A partir de algunas nociones anteriores —sobre todo la de Nabor Carrillo— Teodoro González de León y Alberto Kalach idearon una serie de cuerpos de agua que, repartidos en el territorio, fungirían como vasos reguladores. Este trabajo puede revisarse en el libro Ciudad Futura; en él se narra que en 1998 Gerardo Cruickshank —heredero del proyecto de Nabor Carrillo— propuso con otros veinte especialistas de temas ambientales, políticos y de arquitectura cómo rescatar a la ciudad lacustre de Cuauhtémoc Cárdenas y César Camacho Quiróz, responsables de la administración del entonces Distrito Federal y del Estado de México, respectivamente.
Entonces surgió el conflicto: por un lado la idea de hacer un aeropuerto; por el otro, la recuperación ambiental, con cerca de 100 años de ideas que la apoyaban y toda una tradición cultural que así lo manejaba. Ya sabemos quién ganó.
Sin embargo, hay aquí un punto importante: Kalach y González de León no se detuvieron ante tan gris panorama y continuaron un trabajo técnico muy interesante que siguieron proponiendo y mejorando. Tal es el caso que incluso intentaron integrarlo al proyecto de aeropuerto del gobierno de Fox y al concurso del aeropuerto de la administración de Peña Nieto.
Sin detenerme en la discusión del aeropuerto, la propuesta “Vuelta a la Ciudad Lacustre”, de Kalach y González de León, planteó un sistema de vasos —cuerpos de agua interconectados— muy cercano a la idea de Nabor Carrillo, pero dejando de lado la producción de sal y la venta de agua a la industria. Ya con el aeropuerto planteado, se imaginaron y propusieron un proyecto lacustre que albergara no sólo al aeropuerto, sino también otras actividades posibles con centros culturales y de recreo que armonizaran con el paisaje. Evidentemente esto chocaba desde el inicio con el proyecto y su idea de la urbanización de la zona. Es decir, se nos avecinaba un desastre urbano que, por suerte, no vivimos.
¿No es increíble que a pesar de todas estas ideas, proyectos, conceptos y propuestas nos encontremos en este punto? Imagino que seguramente dejo fuera otras tesis escritas al respecto en los últimos cien años, pero me parece relevante retomar las mencionadas ya que de alguna forma todas buscan lo mismo. En la actual administración, estamos en la puerta de una nueva versión de recuperación ecológica de Texcoco en la que aparece como director Inaki Echeverría. De inicio sería interesante que se le diera crédito a todas esas mentes que han estado ahí desde hace cien años, pero también darle voz a las nuevas generaciones que, desde la academia y la sociedad civil, proponen y deben ser tomadas en cuenta para que los proyectos sean viables en nuestras democracias y aterrizadas a nuestras realidades actuales.
Mientras escribo este texto, sigo con la piel reseca y la nariz tapada. Aunque las lluvias han comenzado, no debemos dejar que cada año empeoren la situación de nuestra preciada urbe; además, el calentamiento global no parará si no actuamos de alguna forma. El proyecto presentado augura unas mejores condiciones para la Ciudad de México; de inicio ocupar casi 13 000 hectáreas suena muy esperanzador: equivale a diecisiete veces Chapultepec. El proyecto no piensa sólo en el agua, también incluye áreas culturales, deportivas y, sobre todo, plantea áreas de restauración ecológica y conservación de fauna.
Tenemos que estar pendientes: podría convertirse en uno de los puntos ecológicos y sociales más relevantes del mundo. Para ello, tiene que planearse bien desde el inicio y estar pensado a largo plazo pero, además, debe tener una conexión directa con la megalópolis. Debe ofrecer diferentes formas de transportarse y variantes de movilidad en el área de intervención sin afectar a las especies y personas que habitan en sus alrededores. Por otro lado, será muy importante que su sistema de captación de agua al subsuelo esté interconectado, y que permita extenderse a otras áreas de la gran urbe de la que somos parte más de 20 millones de habitantes.
Aunque hay hipótesis que plantean que en las próximas décadas la Ciudad de México ya no será el polo de atracción de la migración interna que ha sido durante tantos años, el medio ambiente nos está gritando que tenemos que cambiar nuestros modos de vida. A final de cuentas, es curioso que nos preocupe el hundimiento anual de la Ciudad sin atender la razón de la que se deriva: el agua forma parte de la gran cadena que forma el sistema que habitamos. Tenemos que hacernos y entendernos como parte, por lo que no sólo tenemos que cuidarlo y conservarlo: además tenemos que hacernos responsables. Es quizás así que podamos retomar la mal citada frase del inicio de este texto de Alfonso Reyes y podamos decir “viajero, has llegado a la región más transparente”.
Martí Gil Bartomeu
Ecólogo urbano
Referencias
De Quevedo, M. A. “Espacios Libres y Reservas Forestales de las Ciudades: Su adaptación a jardines, Parques y Lugares de Juego. Aplicación a la Ciudad de México”, Ciudad de México, 1991.
Legorreta, J. El agua y la Ciudad de México: de Tenochtitlan a la Megalópolis. Ciudad de México, 2006.
Kalach, A.. México. Ciudad Futura, Ciudad de México, 2010.
La gloria histórica estaba a la vista. Habría un nuevo aeropuerto diseñado por Norman Foster y la zona del actual aeropuerto se habría convertida en un gran lago con conexión con el Nabor Carrillo. Eventualmente se habría reconstruido el resto del lago de Texcoco en toda la zona federal. Un gran salto civilizatorio.
Pero lo que tenemos es el despilfarro de recursos en el Pemexproa, un par de refinerías y varias fantasías anacrónicas más…
El consabido idiota latinoamericano fallando el gol frente a la portería.
No es exactamente así. El proyecto del aeropuerto, así como estaba, planteaba la urbanización de la zona aledaña para albergar las distintas funciones que requiere un aeropuerto de esa escala (hoteles, bodegas, vivienda) que hubieran conducido a una aún menor infiltración de agua y exacerbando el estrés hídrico de la ciudad. Por si fuera poco, dado que se sabía que las pistas estaban en terreno inundable, se planteaba secar el Nabor Carrillo para usarlo como vaso regulador en caso de que se inundaran las pistas. Es decir, dejarlo vacío para que, cuando se inundaran las pistas, pudiera recibir el agua. Nos guste o no, Santa Lucía o no, cancelar el aeropuerto sí tenía un sentido más allá de la dualidad ideológica y, sobre todo, mucho más allá de la imagen idílica que se presentaba en un render, fuera de Foster, Romero, Zaha o quien quiera usté. El tema ahora es no dejar el sentido de la cancelación, el hecho de volver a una cuenca lacustre sin estrés hídrico, desaparecer.
Construir en un lago (seco pero lago) y de pilón con obras fe Norman Foster, famoso por sus obras, pero también por sus pifias es un error. Foster diseño algo parecido al aeropuerto: la biblioteca de Londres. Esta obra, al igual que el aeropuerto era una jaula de cristal, al arquitecto Foster se le olvidó que la hermeticidad de una ventana horizontal es crítica para que no se le meta el agua. Además, hay que limpiarlas. Bien, la dicha biblioteca es una coladera y se gastan varias decenas de millones de Euros en limpiarlas cada año. ¿Como le hubieran hecho en Mexico con una estructura de ventanas de Aluminio y Vidrio Ligero?
Respecto al rescate del lago, no veo tienen a fuerza que poner una obra civil sobre este lago para rescatarlo.
Blanca Platas ¿Nunca te enteraste que el nuevo aeropuerto contemplaba secar el lago Nabor Carrillo? La razón era que el cuerpo de agua está a un lado de las pistas y las aves podrían interferir en el vuelo de las aeronaves. Te recomiendo que lees el proyecto.