Pensamos a menudo en las piedras sobre las que fue construida una ciudad. Según se cuenta, algún día de 1879 Ferdinand de Chaval encontró una piedra tan bella que decidió transformarla en una casa. De Chaval era el cartero de Drôme, una comarca al sur de Francia, y no pocos lo consideraban un tipo corto de miras. ¿Quién si no el típico loco del pueblo podía pasar horas mirando la forma de las piedras que se encontraba al lado del camino, mientras hacía su ruta postal? Durante décadas la gente lo miró acarrear rocas de un costado a otro. Sin ser arquitecto ni contar con algún tipo de estudio, Ferdinand de Cheval levantó, piedra sobre piedra, un palacio de una rara apariencia extraterrestre. El Palacio Ideal, como él lo nombró, es hoy Patrimonio Cultural de Francia.
No es sólo lo quijotesco de esta historia lo que nos recuerda el problema reciente con el Edificio Trevi. Todo el conflicto social y legal, así como las irregularidades que terminaron en el desplazamiento de más de 40 personas fue documentado por decenas de medios de comunicación de manera pertinente. Aunque no ha sido el caso más grave, la popularidad del Trevi permitía hablar de las decenas de edificios en disputa en las colonias céntricas de la capital. Además de impedir que se convirtiera en un Covive o un hotel boutique, uno de nuestros objetivos era usar al edificio como un dispositivo que permitiera visibilizar cómo la ciudad se construye bajo normas desiguales.
Solo en esto último alcanzamos cierto éxito. Pese a ello, queda cierta sensación de vaguedad. Como si existieran demasiados cabos sueltos en la historia o como si alguna esquina de la misma permaneciera todavía oculta, latente.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Esto tiene una razón. El caso Trevi se enmarcó dentro de la palabra gentrificación, un término que también es una trampa. Como todo lugar común, es una manera cómoda para no pensar demasiado y renunciar a las discusiones de fondo. Por ejemplo, como aquella sobre la forma en la que las instituciones bancarias o el capital global afectan la vida cada vez más degradada de quienes intentan habitar una ciudad convertida en una marca. O sobre la manera en que influyen los descuidos procesales en los juicios para que los inquilinos sean excluidos del desarrollo urbano, a pesar de invertir una buena parte de sus ingresos mensuales en el pago de un alquiler.
Estos son temas difíciles y escurridizos; dolorosos también. Resulta más fácil culpar a la gentrificación —una palabra tan fea como abstracta— y a las poblaciones jóvenes de clase media que son atraídas por cierto tipo de dinámicas y que, salvo una minoría, tampoco cuentan con derechos laborales o la posibilidad de comprar una vivienda pues no son sujetos a crédito.
Entender los matices y dimensiones de este conflicto es complicado. Algunos de los vecinos que participaron en la demanda eran académicos, periodistas, artistas o tenían estudios universitarios. Salvo por un par de casos honrosos e impulsados sobre todo por la rabia, sorprendió no encontrar una resistencia más férrea de los vecinos que se dedicaban, por ejemplo, al comercio informal o de los estudiantes. Pronto entendimos que la propia concepción de derecho humano había sido erosionada y que no todos querían enfrentarse a un proceso desgastante por naturaleza.
Por nuestra parte, lo que más ayudó a estructurar una defensa más allá de lo legal fueron las ideas y lecturas de personas como Saskia Sassen, Raquel Rolnik o David Harvey, quienes han documentado los distintos métodos con los que grandes fondos de inversión se apoderan del suelo de las ciudades del mundo. Esto resulta fácil cuando el estado deja de regular los costos del suelo y la vivienda. Pero también contribuyó una revisión de la geografía crítica de Élisée Reclus y las disecciones urbanas de Henri Lefebvre. También los manifiestos del Comité Invisible y del Consejo Nocturno fueron fundamentales: nos permitieron concebir nuestro tan particular y tan local caso , con una nueva concepción de la política ciudadana. Nos sirvieron, además, para entender la comunidad y el anarquismo como un acto lúdico y festivo que logre romper los discursos económicos o de militancias y burocracias jurídicas que suelen pulular en este tipo de conflictos.
Al final, como toda guerra, el caso Trevi fue un enfrentamiento de discursos e ideologías. Es un caso pequeño, diminuto dentro de todo el espectro de conflictos territoriales de la ciudad, pero importante quizá solo por la visibilidad alcanzada y por lo que representó. Vale la pena reconocer quienes nutrieron con sus ideas o experiencias previas. Por un lado, el trabajo periodístico de Pie de Página nos ayudó a entender que existían estrategias y discursos ya estructurados por vecinos cercanos en los que la defensa del barrio, del derecho al tanto y el costo del suelo habían sido ya debatidos. La experiencia de la 06600 Plataforma Vecinal y Observatorio de la Colonia Juárez, por ejemplo. También la histórica lucha del Movimiento Urbano Popular o de la Unión de Popular Revolucionaria Emiliano Zapata quienes representan a los campamentos otomíes instalados a pie de calle en la colonia Juárez, además de los trabajos de Geocomunes y del Colectivo Callejero en torno a la vivienda y a las poblaciones callejeras.
Todo esto nos ayudó a entender que algo más estaba en juego. Algo vago y cuya narrativa resultaba, también, escurridiza. No era solo un edificio sino todo una serie de modos de vida lo que estaba en riesgo de perderse. Ceder la política de vivienda a las reglas del libre mercado termina por convertir un derecho en una mercancía; esto impacta directamente en los hábitos de sus ciudadanos y, por lo tanto, en el carácter político y plural del territorio urbano. Al peatonalizar la calle de Madero, por ejemplo, se cambió también su vocación histórica para transformarla en un escaparate donde las grandes marcas se capitalizan el patrimonio histórico. Resulta paradójico que la calle por donde los ejércitos de Villa y Zapata entraron a la capital del país en 1914, sea cada vez menos transitable para las manifestaciones.
Lo más preocupante del caso Trevi no son los inquilinos que en él habitábamos sino la manera en que se instrumentalizarán mecanismos de seguridad que inhiban a las clases populares a reunirse y organizarse políticamente en los alrededores de espacio. Este es un proceso que ha sido documentado a detalle por la socióloga y doctora en ciencias urbanas, Claudia Zamorano, por ejemplo. Lo que llamamos “gentrificación” es, en realidad, la necesidad de dominar, someter y gobernar el espacio urbano a un sólo tipo de vida: el consumo.
* * *
A veces olvidamos que los edificios están hechos de algo más que piedras. Tras el terremoto de 1985 quedó claro que las antiguas vecindades del Centro Histórico representaban, más que un estilo arquitectónico, una forma intensa de relacionarse entre familias. No siempre exentas de conflictos o carencias, ante la emergencia fueron capaces de organizarse con rapidez y gestionar estrategias de reconstrucción efectivas.
Lo mismo sucedió en 1990 cuando se formó la Asociación de Residentes, Comerciantes, Trabajadores de la Zona Alameda (ARCTZA). Apenas pasando el terremoto, la firma canadiense Reichman, en conjunto con el entonces gobierno del Distrito Federal, anunció la construcción de más de once torres de oficinas, comercio y viviendas de clase media alta en los alrededores de la Alameda Central y sobre manzanas donde todavía prevalecían los escombros del sismo. En distintas ocasiones, las clases populares del antiguo barrio de San Juan decidieron invadir los predios y detenerlos. Sus preguntas todavía son legítimas: ¿la población afectada por el terremoto en esa zona está contemplada en de esos proyectos?, ¿no merecían ser consultadas?
Hoy que la invasión de predios está tan satanizada por cierta clase media y alta –más de una vez a nosotros nos llamaron invasores–, podría sorprender recordar que el Plan Parcial de Desarrollo Urbano de la Zona Alameda del Centro Histórico partió de la invasión de los predios que hoy rodean la Alameda Central y en donde hoy se levantan plazas comerciales. En alianza con académicos de la Universidad Autónoma de México, ARCTZA logró redactar un instrumento legal que, en conjunto con la normatividad de desarrollo urbano, pretendía evitar que las calles del Centro Histórico perdieran aún más su carácter popular y gestionar decenas de edificios que se destinaron a vivienda social.
Nombrar como gentrificación a los nuevos conflictos urbanos permite, es cierto, actualizarlos y ligarlos al panorama global. Sin embargo, la sola palabra crea un velo que dificulta ligar los desalojos forzados que se viven hoy con las luchas locales que se han librado antes de que la palabra se pusiera de moda.
Nuestra apuesta fue intentar traer esto a la superficie: aprovechar la visibilidad del Edificio Trevi y su carácter popular para vincular estos símbolos y estas historias. Quienes acompañaron su proceso de defensa nutrieron la discusión con lecturas, conferencias, seminarios autogestionados. Que todo esto sucediera en la Cafetería Trevi (cuyo desgaste evidente limitó nuestro alcance pero también otorgó cierto encanto frente a la asepsia de los proyectos que ya se habían instalado en los alrededores) nos permitió crear un dispositivo crítico efectivo desde lo popular y lo pop.
Creemos que la propensión del habitante a defender un territorio parte de una pulsión específica, una relación orgánica e íntima con el territorio que determina nuestra prácticas diarias, incluso nuestras posturas políticas. La lucha no es por apropiarse del espacio urbano sino por liberarlo y permitir que este se exprese a sí mismo desde una zona íntima, con toda la diversidad y potencia que alberga.
Al final, el conflicto de fondo no fue resuelto en un juzgado. Los vecinos perdieron sus departamentos y el Café Trevi desaparecerá de aquella esquina. Pero creemos que algo de todo aquello pudo salir a flote; en ciertos momentos, entre las fiestas y las conferencias de prensa, se logró crear un sentimiento común y reconocer —volver a conocer— aquello que Oswald Spengler llamaba “el alma de la ciudad”: la capacidad de una comunidad de reconocerse en las calles que transitan.
Son los habitantes quienes construyen los edificios y las calles. Nosotros somos las rocas que conforman estas ruinas, estos rascacielos. Por supuesto, la ciudadanía sea apenas un guijarro molesto en el zapato de los grandes proyectos inmobiliarios. Es posible, sin embargo, que la organización urbana y vecinal puedan leerse también como aquella primera piedra que fascinó tanto al cartero Ferdinand de Chaval, en Francia, aquel pedazo de mineral amorfo que terminó convertido en un Palacio Ideal que hoy todavía nos deslumbra por ser tan distinto a lo que solemos llamar una casa.
06000 Observatorio del Centro Histórico
Interesante la historia para quienes conocemos de décadas El Trevi. Habito en la Narvarte y estoy siendo testigo del desalojo por goteo de un viejo edificio de departamentos y locales comerciales, las rentas a juzgar por sus ocupantes son bajas y entre estos no faltan situaciones dramàticas que he conocido. ¿Cual podría ser la solución más allá de cuestiones ideológicas? ¿Más allá de las condenas al neoliberalismo?