El mundo rural es fundamental para la sostenibilidad de la vida1 y está en proceso de despoblamiento, no obstante el ámbito urbano hoy en día registra el 79% de población en todo el país. Las actividades, las dinámicas y las relaciones tradicionales del mundo rural han sido impactadas por fenómenos de diverso nivel que a su vez repercuten en el mundo urbano. Por una parte, procesos como la incorporación de la producción a cadenas productivas globales, la reubicación de los procesos productivos, el crecimiento de la economía agroindustrial y pecuaria de exportación, los cambios en el valor y uso de los territorios; y por otra parte, las transformaciones demográficas, la concentración de la población en espacios urbanos y turísticos, la intensificación y diversificación de las migraciones, la crisis ambiental y el reajuste de las relaciones familiares en las transformaciones tanto del ámbito rural como el urbano.
En este marco, las mujeres rurales han sido reconocidas como agentes de cambio y sostenimiento de la vida rural y urbana por su contribución al trabajo que realizan en el campo. En el informe de políticas Trabajo Femenino Rural y la Sostenibilidad de la Vida, que presentamos a través del Seminario sobre Trabajo y Desigualdades, se da cuenta de que las mujeres que habitan en el medio rural se han encargado, siempre, de las tareas de reproducción de sus grupos domésticos: alimentación, crianza, cuidado de ancianos, enfermos, y discapacitados. Además, han participado en las tareas vinculadas con las actividades agropecuarias: agricultura, huertos, crianza de animales de traspatio y engorda, producción y comercialización de artesanías. Y desde luego su contribución en el cuidado y obtención de ingresos económicos sigue, en gran medida, invisibilizada.

Las mujeres rurales constituyen un conjunto heterogéneo, cuya diversidad se relaciona con su pertenencia étnica, posición económica, condición etaria, reproductiva, laboral, educativa. Diferencias que se inscriben en situaciones estructurales compartidas como la pobreza, la desigualdad, la opresión, la discriminación y la violencia.
Todos esos factores han dado lugar a escenarios laborales inéditos para las comunidades, las familias y las mujeres del campo que exigen análisis y acciones políticas que reconozcan esas complejidades. En la actualidad, los hogares rurales obtienen los recursos de su sobrevivencia de una combinación incierta, heterogénea y cambiante, pero permanente, de actividades que les generan ingresos.
La inserción de las mujeres rurales al mercado laboral remunerado se ha convertido en una actividad imprescindible y permanente. En México hay 10 697 916 mujeres rurales de 15 años y más y poco más de una tercera parte (34 %) forma parte de la Población Económicamente Activa. Sus principales fuentes de ingreso provienen del trabajo remunerado, dentro y fuera del hogar, en especial, en el comercio, del jornalerismo, la producción de artesanías y del empleo en actividades manufactureras y de servicios.
La mayor parte de las mujeres trabaja de manera independiente —42.3 %— y como subordinada y remunerada —41.9 %—. Una proporción menor —15.7 %— labora sin recibir remuneración. Y más de la mitad de las mujeres sin hijos y con un hijo prefieren las ocupaciones remuneradas —55.3 % y 56.3 %, respectivamente—. También se refiere que hay una alta proporción de mujeres ocupadas con dos a tres hijos —36.4 %— y cuatro hijos y más —26.9 %—. En esos casos, ellas prefieren ser independientes —47.4 % y 64.8 %, respectivamente.
El incremento del trabajo remunerado de las mujeres no ha reducido los trabajos de cuidado y reproducción en los hogares. Ellas siguen a cargo de las tareas y obligaciones sexo-género que prevalecen en los sistemas socioculturales tradicionales. En localidades rurales, la proporción del trabajo doméstico y de cuidados, que recae sobre las mujeres en sus primeros 20 años de vida, es 16.6 puntos porcentuales más alta que en el ámbito urbano. A nivel nacional, las mujeres dedican tres cuartas partes de su tiempo (76.7 %) al trabajo no remunerado de los hogares, en tanto los hombres poco más de una quinta parte (23.3 %).
En el informe se reconocen cuatro grandes sectores en donde laboran las mujeres: el primero, el jornalerismo, que en 2019 representaba el 13.27 % de esa condición laboral a nivel nacional. Desde la década del 2000 se ha incrementado el jornalerismo femenino en entidades como Michoacán, Puebla, Jalisco, Estado de México y regiones del centro occidente donde se han expandido los cultivos de berries, flores y hortalizas.
Por otra parte, el deterioro de la producción agrícola familiar y la imposibilidad de migrar a Estados Unidos han intensificado la migración jornalera de comunidades rurales de Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Veracruz que son entidades donde predominan las mujeres.
En segundo lugar podríamos enunciar el trabajo manual y la elaboración de artesanías que a raíz de la crisis de la actividad agroganadera tradicional y la pandemia intensificaron la inserción de las mujeres en actividades consideradas artesanales como alimentos, artículos de uso cotidiano, accesorios, prendas de vestir La producción artesanal femenina es particularmente significativa en estados de tradición indígena: Chiapas, Michoacán, Oaxaca, Puebla y Yucatán. Ellas trabajan por su cuenta, pero se advierte también el incremento de la maquila de productos artesanales de prendas de vestir, accesorios, cerámica. Se han creado nuevas vías de comercialización en los “Pueblos Mágicos” y en espacios turísticos de playa: Baja California, Quintana Roo, Yucatán, Jalisco y la frontera norte.
Por otro lado, la manufactura registra el 17.25 % de trabajo femenino y se advierten tres formas laborales cuya viabilidad e intensidad dependen de la cercanía entre las comunidades y sus entornos regionales.
Las mujeres de comunidades rurales que forman parte de áreas metropolitanas tienen acceso a la amplia variedad de empleos que ofertan las empresas manufactureras. Empresas de diferentes giros garantizan servicios de traslado entre las comunidades y los establecimientos lo que ha ampliado la oferta femenina de trabajo manufacturero. Las mujeres de comunidades rurales alejadas de centros urbanos reciben trabajos de maquila a domicilio por parte de industrias y establecimientos comerciales. Ellas realizan partes del proceso de producción de prendas de vestir, calzado, accesorios, “artesanías” a cambio de un pago en efectivo por lote. Es un trabajo mal pagado pero bien recibido en lugares donde escasean las fuentes de ingreso en general y más aún para las mujeres con hijos pequeños o adultas mayores. Las jóvenes han incrementado su participación como trabajadoras independientes, en especial, en lo que se refiere a la industria de la confección, la joyería, los accesorios. La cercanía a espacios metropolitanos ha ampliado la gama de actividades por cuenta propia que pueden desarrollar en sus hogares, solas o con algunas trabajadoras. El acceso a Internet ha extendido la escala de esos negocios.
Y finalmente el sector de servicios en donde se ubica la mayor parte del empleo femenino rural con 78.81 %. Por una parte, están los pequeños establecimientos comerciales y de servicio en localidades alejadas que atienden clientelas escasas y de bajos recursos, pero que resultan imprescindibles para las comunidades y como fuente de ingresos para ellas.
La mayor cantidad y diversidad de establecimientos comerciales y de servicio se ubica también en las áreas metropolitanas, donde ellas pueden desplegar una variedad de negocios asociados a la demanda de esos espacios en expansión. Un ámbito de enorme crecimiento del empleo femenino rural se ha suscitado en los espacios turísticos en donde laboran como personal de limpieza, atención a cuartos, cocineras y meseras.
Como alternativas frente al dilema de las mujeres rurales, el trabajo subraya en su parte final algunos desafíos que se deben enfrentar, el primero es reconocer la importancia del mundo rural y el trabajo femenino en la sostenibilidad de la vida en México tanto en el ámbito urbano como rural. Se sugiere un análisis detallado y profundo de la incorporación de las sociedades y economías rurales tradicionales a cadenas productivas globales que han dado lugar a formas de trabajo inéditas y que requieren de apoyo en la generación de empleos y el reconocimiento de derechos que contribuyan, efectivamente, a disminuir la pobreza, la migración y el despoblamiento de las zonas rurales. Por otro lado se considera indispensable pensar en inserciones laborales que potencien los saberes y aprendizajes y reposicionen la división sexo-género del trabajo, así como una capacitación temprana en oficios y actividades vinculadas a las formas de vida y vocaciones territoriales que mejoren la inserción en el trabajo y favorezcan la creación de nuevos productos y estrategias de comercialización. El acceso independiente de las mujeres a los servicios financieros es otro de los retos planteados así como la legitimación y legalización de los derechos de las mujeres sobre los patrimonios de bienes muebles e inmuebles heredados y obtenidos con su trabajo. Y finalmente se señala la necesidad de recuperar programas de cuidado para mejorar las condiciones de inserción de las mujeres a los mercados de trabajo y estimular iniciativas que promuevan el equilibrio de las relaciones sexo-género en los quehaceres, derechos y obligaciones al interior de los hogares.
Patricia Arias
Universidad de Guadalajara
Susana Rosales
El Colegio de México
Verónica Rodríguez Cabrera
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco
El informe Trabajo Femenino Rural y la Sostenibilidad de la Vida está disponible aquí
1 El concepto sostenibilidad de la vida alude a “un proceso histórico, complejo, dinámico y multidimensional de reproducción social y satisfacción de necesidades que incluye recursos para las tareas de cuidado y afecto que tradicionalmente eran desempeñadas, sin retribución, por las mujeres. La sostenibilidad sitúa a la economía desde una perspectiva que plantea como prioridad las condiciones de vida de las personas, mujeres y hombres” (Carrasco, 2009:183).