Las ciudades mexicanas han crecido de forma desordenada. Un recorrido visual por las zonas metropolitanas del país da cuenta de esto. Asentamientos informales proliferan, cubriendo planicies y serranías. El resultado son ciudades catastróficas, cuyo crecimiento exponencial somete a los servicios públicos a crecientes presiones que no siempre pueden procesar. Este modelo de ciudad, además, incrementa el uso de combustibles, favorece la urbanización de zonas que prestan servicios ambientales y genera dinámicas de exclusión entre los centros y las periferias.