Tlatelolco. Un concepto de ciudad

La Ciudad de México multiplicó casi 10 veces su población en menos de un siglo. La transformación de la estructura poblacional y la consiguiente demanda de vivienda de las primeras décadas del siglo XX, fueron tan sólo los primeros indicios de la expansión y transformación del tejido urbano que la Ciudad de México experimentaría durante los años posteriores y que la han convertido, paulatinamente, en la ciudad que vivimos hoy.

Ante ello, el gobierno tenía la responsabilidad  —y en ella un gran reto— de proveer alternativas de vivienda para la nueva población urbana, parte de la cual habitaba vecindades antiguas del centro histórico y sus alrededores inmediatos, generalmente en condiciones de hacinamiento; o bien, comenzaba a construir, por cuenta propia, sus viviendas en la periferia —lo cual, como se comprobaría más tarde, terminaría por ser la práctica más común y que extendería el territorio de la ciudad sin límites definidos.

Ilustración: Patricio Betteo

Bajo esta condición la Ciudad de México, como muchas otras ciudades latinoamericanas en ese momento, encontró en las premisas de arquitectura y ciudad modernas la posible solución al inminente crecimiento urbano y la premura con la que había que hacerle frente. Con una realidad profundamente distinta a la de las latitudes para las cuales Le Corbusier imaginó la Ville Radieuse, en las ciudades latinoamericanas los preceptos modernos fueron adoptados, adaptados y materializados en escalas inimaginables. Através de diversos proyectos que comenzaron en la década de 1940, algunos de mediana escala como el Centro Urbano Presidente Alemán en 1949 y el Centro Urbano Presidente Juárez en 1958 —ambos de Mario Pani— la Unidad Independencia en 1960, y otros de escala urbana, como la Ciudad Satélite en 1958, se atendieron las demandas de vivienda de distintos sectores de la población, los cuales, dicho sea de paso, en estos nuevos proyectos urbanos estaban perfectamente delimitados. No obstante, no era éste el único rasgo importante: al paso se materializaban las grandes aspiraciones del México moderno, en el que Mario Pani participó activamente.

México resultó pionero en la exploración de paradigmas modernos de la mano de Pani. De todos sus proyectos, el conjunto Nonoalco-Tlatelolco —originalmente llamado Conjunto Urbano Presidente López Mateos, aludiendo al periodo de gobierno en el que se realizó— fue la cúspide de su aplicación: bajo el concepto tabula rasa, planteó una microciudad totalmente nueva en un territorio muy importante para el pasado prehispánico de la capital, con la finalidad de erradicar la “herradura de tugurios” —concepto bajo el cual Pani designó a las zonas que rodeaban el Centro Histórico, que, según planteaba, impedían el sano crecimiento de la ciudad. Esto y más es lo que se explora en Tlatelolco. Un concepto de ciudad, que documenta la historia del conjunto, integrando las perspectivas urbano-arquitectónica, social y cultural, a través de los textos de José Alfonso Suárez del Real, Miquel Adrià, Héctor de Mauleón y Rubén Gallo. Los artículos se complementan con fotografías, material hemerográfico y el trabajo de diferentes artistas que muestran Nonoalco-Tlatelolco y su evolución en el tiempo.

En este espacio, el arquitecto apostó por una pequeña ciudad de 100 hectáreas, con todo el equipamiento e infraestructura que le permitiera autosustentarse, priorizando la densidad en altura y las áreas libres extensas, que en este conjunto ocupaban el 60 % del total.1 En ella, cada edificio, cada clínica, cada escuela, cada jardín y cada andador estaban perfectamente dibujados, hasta el último detalle, sobre el papel. Del mismo modo, la materialización de todos estos edificios resultó ser de una exactitud que parecía irreal. Antes de su inauguración en 1964, fotografías de época —y particularmente las de Guillermo Zamora, quien realizó una documentación exhaustiva del conjunto— daban cuenta de ello: la torre Banobras (o Torre Insignia) en el extremo Oeste, erigida como el punto más alto visible desde la Av. Insurgentes; decenas de edificios de vivienda de distintas alturas y formas, todos ellos prismas de fachadas reticuladas organizados de forma perpendicular; jardines y andadores extensos y perfectamente geométricos. Todas estas imágenes constituyeron la evidencia de la arquitectura y urbanismo modernos cabalmente interpretados y sobre todo, posibles.

Si bien la idea de un núcleo urbano autosuficiente es una de las mayores aportaciones de la arquitectura y urbanismo modernos, en general estas ideas tuvieron menos éxito en la realidad que en el papel. A menudo, Tlatelolco ha sido muestra de ello. Poco tiempo después de su inauguración, las áreas comunes de los edificios y del conjunto, que esencialmente eran propiedad de todos los habitantes y que sin embargo no representaban una responsabilidad concreta para ninguno, fueron áreas conflictivas y difíciles de mantener. En un modelo habitacional totalmente nuevo, los habitantes eran ajenos a la nueva forma de vida en común que planteaba el proyecto, lo cual complicaba el sentido de arraigo o pertenencia al lugar que recién habitaban.

Del mismo modo, transcurridos los años, Tlatelolco fue testigo de profundas transformaciones de la ciudad y sede de diversos movimientos socioculturales que marcaron la historia no ya de la ciudad, sino del país: la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968 —en el cual se presume que la disposición del conjunto fue clave— y el sismo del 19 de septiembre de 1985 en el que algunos edificios cayeron y otros más sufrieron modificaciones importantes, son episodios que prevalecen y se hacen evidentes en todos los espacios del gran conjunto, sea por los estragos físicos y sociales, sea por su huella en la memoria colectiva. A raíz de ello, el conjunto ha sido la inspiración de un sinnúmero de proyectos, tanto de corte documental como artístico: Thomas Glassford y el Xipe Totec que cubre la Secretaría de Relaciones exteriores —hoy CCUT—, Terence Gower, Pedro Reyes, Adam Wiseman, Santiago Sierra, Tania Solomonoff y Tania Candiani, entre muchos otros artistas que han interpretado y retratado, desde distintas miradas, un Tlatelolco que hoy se ve y se vive muy distinto al proyecto original.

Hoy día, el Conjunto Urbano Nonoalco-Tlatelolco se erige como la ciudad inmersa en la gran ciudad: sus habitantes han construido una identidad basada en convicciones propias y colectivas, al margen de la vocación que les fue impuesta y al margen, incluso, de la misma idea de modernidad y su interpretación ideal de las necesidades humanas. Tras poco más de 50 años desde su fundación, se han establecido lazos derivados de la vida en común que crecen a través de proyectos comunitarios y organizaciones que involucran cada vez más a los habitantes. Todas estas intervenciones, sin importar su escala o finalidad —sea ésta artística, de protesta o de mejoramiento urbano— integran un collage de miradas que retrata la complejidad y la diversidad que caracterizan a Nonoalco-Tlatelolco y que hoy lo consolidan como uno de los mayores hitos de la Ciudad de México. Su valor yace ya no sólo en su significado como referente de la arquitectura moderna en México, sino en la muestra de la realidad radicalmente distinta que existe entre la ciudad que se dibuja y la ciudad que se construye de manera permanente.

Tlatelolco. Un concepto de ciudad se presentará el sábado 21 de marzo a las 10:00 am en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco.

 

Brenda Soto
Directora editorial de libros en Arquine.


1 Datos obtenidos de la revista Arquitectura México núm. 94-95, publicada en junio de 1966 y editada por Mario Pani.

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Publicado en: Espacio público, Vivienda