En la segunda parte del siglo XIX, Karl Marx escribía en El Capital: “Indirectamente, Inglaterra ha exportado el suelo de Irlanda, sin dejar siquiera a sus cultivadores los medios para reemplazar los constituyentes del suelo agotado”.1 Líneas utilizadas para argumentar como la agricultura capitalista industrial extrae recursos naturales de un territorio, hasta degradarlos por completo, sólo para beneficio de otro territorio. Es decir, escribía de un desequilibrio entre la producción agrícola, en donde se consume ésta y el agotamiento consecuente de las propiedades naturales del suelo utilizado para la agricultura, dentro de un marco de extracción del excedente del productor.

A contrasentido de lo que se podría pensar, Marx sí tenía una visión sobre la ecología y el capitalismo. Una que poder ser muy útil para analizar diversas problemáticas ambientales, incluyendo los mal llamados “desastres naturales”, como el caso del “19s” en la Ciudad de México —aunque no parezca obvio a primera vista. Un desastre que se hacer necesario analizar desde esta óptica, para comprender sus causas y así definir una ruta de largo plazo que permita garantizar el futuro de la ciudad, y a sus habitantes su derecho a vivirla en equidad.

 

El metabolismo socio-natural y su ruptura, un breve resumen

Si bien el marxismo clásico no desarrolló a detalle o como problemática central la cuestión ecológica, la relación de la sociedad con la naturaleza no le era indiferente ni a Marx ni a Engels. En sus obras es posible encontrar muchos pasajes al respecto, describiendo dicha relación, sus efectos y haciendo esbozos teóricos, los cuales se han utilizado para refinar una visión ecológica de la economía política, tal como lo ha hecho John Bellamy Foster.2 Para ello se ha basado en el concepto de fractura o ruptura metabólica trazado por Marx. Dentro de El Capital se menciona la existencia de una interacción metabólica entre el hombre y la naturaleza. Una interacción que consiste en la existencia de un intercambio de energía y materia entre sociedad-naturaleza, a través del trabajo, que permite subsistir al ser humano.3

En este sentido, la interacción puede ser tanto armónica, como destructiva para ambos. Si lo que se consume del campo se desecha en el mismo sitio, como abono, es posible generar un ciclo sostenible de producción agrícola a lo largo del tiempo que permita producir y vivir a la sociedad por tiempo indefinido sin dañar a la naturaleza. Sin embargo, bajo el modo de producción industrial capitalista, hay un impulso a la concentración espacial de la actividad económica y de personas en ciudades, por lo cual hay una ruptura en el metabolismo al extraer recurso del campo (suelo, energía, agua, etc.) para abastecer a dichos espacios. Y en estos últimos, los residuos de la producción y del consumo se concentran y/o son desechados sin ninguna visión de restitución, lo que también genera problemas ambientales a la misma población que los habita. Así, hay una ruptura en el metabolismo socio-natural que tanto fomenta la degradación del suelo del campo, como crea problemas ambientales, los cuales impiden al capitalismo ser sostenible por sí mismo. Además de la explotación misma del trabajo en dicho proceso.

Esta ruptura puede llevar a una crisis en el capitalismo, tanto por agotamiento de recursos del campo como por dañar a la misma sociedad. La forma de evitarlo ha sido el impulso de desarrollos tecnológicos, con el fin de aumentar el rendimiento del suelo de forma artificial en gran escala y/o reducir algunas consecuencias ambientales negativas. No obstante, la tecnología tiene sus límites y eventualmente puede volver a presentarse agotamiento del suelo. Marx menciona específicamente “Todo progreso en la agricultura capitalista es un progreso en el arte, no de robar al trabajador, sino de robar al suelo; todo progreso en el aumento de la fertilidad del suelo durante un cierto tiempo es un progreso hacia el arruinamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad … La producción capitalista, en consecuencia, sólo desarrolla la técnica y el grado de combinación del proceso social de producción socavando simultáneamente las fuentes originales de toda riqueza: el suelo y el trabajador”.4

De acuerdo con la línea de razonamiento marxista, para terminar con dicha situación insostenible en el largo plazo y lograr un desarrollo armónico con la naturaleza, se requeriría “gobernar el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional”5 para poder así realizar actividades con el mínimo de energía y en condiciones dignas y apropiadas. En síntesis, esto implicaría no sólo la socializaran los medios de producción, sino una producción racionalmente planificada para mantener el equilibro del metabolismo socio-natural.

La ruptura metabólica en la Ciudad de México y los sismos

La ciudad se fundó sobre islotes rodeados de cinco lagos dentro de un valle, en la cual los antiguos Aztecas y otras tribus parecerían haber establecido cierto dominio de las fuerzas de la naturaleza al adaptarse y controlar los mismos lagos. Por ejemplo, urbanizaron los islotes, desarrollaron chinampas para la agricultura, calzadas, acueductos y construyeron diques para evitar inundaciones, como el albarradón de México-Tenochtitlán que por igual permitía separar los lagos de agua salada y dulce. Posterior a la conquista española, los lagos se volvieron un riesgo para los colonizadores (no necesariamente para la población indígena6), pues inundaron la ciudad en los años de 1555, 1580, 1604, 1607 y 1629. Esta última fue la más grande y mantuvo parte de la ciudad bajo el agua por cinco años. Así, so pretexto de representar un peligro, los lagos fueron desecados al conducir el agua de ellos fuera del valle en los siglos posteriores, tanto por españoles y las élites locales que los apoyaban, como por la república independiente.

Esto generó una ruptura del cicló del agua (lluvia, escurrimiento e infiltración, acumulación en lagos y ríos, escurrimiento al océano, evaporación y lluvias), una ruptura en el metabolismo socio-natural que no fue un error casual o de planeación. Esta también fue parte de un proceso de apropiación de la naturaleza para la implantación de nuevas técnicas productivas, para la generación de valor y acumulación de riquezas por parte de las clases gobernantes en cada época, ya sea en la colonia (como parte de la acumulación originaria) o en la república independiente (como parte de un capitalismo en desarrollo). Liberar al valle del agua fue lo que permitió asegurar la producción de suelo barato para urbanizar o para actividades agrícolas. Un proceso en que las elites, los grandes terratenientes y empresas se vieron beneficiados no sólo al apropiarse del suelo, también al liberarse de riesgos que detuvieran sus procesos productivos. Si bien desde los aztecas se había alterado el cicló del agua, es más difícil sostener que haya generado una ruptura metabólica, dado que su dominio de la naturaleza era más bien adaptativo a la misma y contenido dentro de la misma cuenca, a diferencia de lo sucedió a partir de la conquista española.

La desecación se llevó hasta sus últimas consecuencias durante el siglo XX, cuando el país tuvo un gran crecimiento económico y población concentrado en la misma Ciudad de México, tanto en el Porfiriato como en el periodo post revolucionario. Un hecho que quizás sea una de las grandes devastaciones ecológicas producidas en la historia de la humanidad.

Esta gran transformación ambiental fue parte esencial del proceso de acumulación de capital local en el siglo XX, ya que permitió obtener tres ventajas. Por una parte, facilitó crear suelo barato y el de mejor localización fue fraccionado para obtener ganancias del desarrollo inmobiliario, como fue la creación de diversas colonias formales: Roma, Condesa, Tacubaya, del Valle, entre otros. Por otro lado, el suelo barato de peor calidad o, y sin valor agrícola, se le permitió ser urbanizado por las personas de más escasos ingresos, como una forma barata de dotarlos de vivienda sin tener que redistribuir las ganancias capitalistas, como en el caso de ciudad Nezahualcóyotl. Finalmente, esto permitió a su vez la creación de un gran mercado local, de una ciudad que facilita la realización de muchas de las mercancías producidas localmente —bajo una política económica centralista—. El crecimiento de la ciudad fue tal en este periodo, que paso de tener aproximadamente un millón de habitantes en 1919 a más de 20 millones en 2010, contando su área conurbada. Población que termino asentada en buena medida en donde existían los antiguos lagos, impermeabilizando la superficie con infraestructura y edificaciones.

El resultado, en una primera fase de largo aliento, ha sido la ruptura total del ciclo del agua en el valle de México. Lo que llueve ya no se acumula como lagos, la mayor parte es desaguado del valle rápidamente mediante una gran red de canales y drenajes subterráneos. A lo mucho el 16% de lo que llueve se logra infiltrar al subsuelo para recargar los acuíferos.

Dicha ruptura metabólica además hace proclive a la ciudad a sufrir desastres a raíz de sismos como un efecto secundario e imprevisto.7 Aproximadamente la mitad de la población de la metrópolis habita sobre la cuenca de los ex lagos, sobre un subsuelo suelo arcilloso, producto del ciclo hídrico del valle por millones de años; que tiene como característica amplificar las ondas de los sismos y sus daños. Por dicha razón, los edificios colapsados por el sismo 19s se concentraron en la zona ex lacustre, una situación que había sucedido también durante el sismo de 1985.

Esta ruptura metabólica no queda sólo ahí, existen otros procesos actuales que exacerba la misma ruptura y el impacto de los sismos. Para abastecer de agua a millones de personas diariamente, se recurre principalmente a los acuíferos locales, de donde proviene el 60% del agua que se consume. A una extracción continua de agua del subsuelo. Esta extracción es necesaria para mantener a la metrópolis, ya que sin el agua que sustente la vida, simplemente se generaría una crisis que alteraría el ciclo de acumulación de capital.

La misma extracción de agua hoy es tal que los acuíferos subterráneos se consideran sobre explotados, ya que se extrae el doble de agua más de lo que se infiltra, lo que genera efectos indirectos como hundimientos de las edificaciones construidas. Así como son causa del surgimiento de fracturas y grietas, producto de la compactación del suelo, ante la pérdida de agua subterránea. Lo cual incrementa la vulnerabilidad de vastas zonas de la ciudad, como sucedió en zonas de Iztapalapa, Tláhuac y Xochimilco con el sismo del 19s.

Este desbalance hídrico del Valle de México explica la causa de los desastres ante los sismos. Rupturas que son parte de los procesos de acumulación de capital, de producción del suelo para la generación y el mantenimiento de un gran mercado urbano en el cual se puede realizar y distribuirse la plusvalía.

Las limitaciones que impone a futuro esta ruptura metabólica del ciclo del agua en la Ciudad de México se consideran que pueden ser superadas con el impulso de desarrollos técnicos cada vez mayores, como con grandes infraestructuras hidráulicas o extracción de agua de pozos a grandes profundidades (como lo contempla CONAGUA). Por ello, hoy la ciudad también se abastece de las cuencas del Lerma y del Cutzamala, pero esta acción ha llevado a la ruptura del metabolismo socio-natural a nuevas escalas. Hoy se puede comprobar ante la erosión que sufre tanto la cuenca del Lerma y del Cutzamala, y de las enormes necesidades energéticas que requiere para funcionar dichos sistemas. Tampoco el extraer agua de pozos a grandes profundidades es una solución, ya que la formación de estos yacimientos responde a procesos de cientos o miles de años, por lo cual no hay posibilidades de que tengan una recarga natural rápida una vez agotados.

A la par, se ha pensado que se puede disminuir la vulnerabilidad de la ciudad a sismos mediante mejoras tecnológicas en la construcción de edificaciones como sucedió posterior al sismo de 1985. Mas esta ruta solo refuerza el proceso sin reducir la ruptura del ciclo del agua y que por el contrario, la agrava. Mayores densidades de población demandaran mayores cantidades de agua con todas sus consecuencias negativas, si algo no se hace antes. La densificación poblacional tiene sus límites, más cuando está dirigida por el capital inmobiliario que busca sólo su beneficio sin importar el bienestar de la población a largo plazo.

De la ruptura metabólica al derecho a la ciudad

La ruptura del ciclo del agua en la Ciudad de México se ajusta muy bien al pasaje escrito por Marx respecto a los desequilibrios que genera el modo de producción capitalista sobre la relación sociedad-naturaleza. Aunque con implicaciones más profundas. Dicha ruptura hoy no sólo genera problemas de sostenibilidad a futuro en la ciudad y sus alrededores, también es lo que permite el desarrollo de los mal llamados “desastres naturales”; que son en realidad generados socialmente. Este proceso pone en entredicho la viabilidad misma de la ciudad y la vida de sus habitantes, en especial de los más vulnerables que suelen ser los más pobres. Por ello, es necesario tanto superar el proceso de acumulación generador de la misma ruptura metabólica y desigualdades económicas, como crear un desarrollo armónico que permita mantener el equilibro del metabolismo socio-natural con el ciclo del agua. La lucha por el derecho a la ciudad, por una ciudad en la que todos puedan gozar de las ventajas que otorga la urbe de forma democrática, también implica un desarrollo ecológico. Si es que deseamos mantener la ciudad.

Salvador Medina es economista y maestro en urbanismo. Trabaja temas de movilidad y sustentabilidad urbana.

*Agradezco los comentarios de Carlos A. López. Cualquier falta u omisión son responsabilidad mía.


1 Se utiliza la traducción de Foster (2000, p. 253).  La edición de Siglo XXI Editores se traduce el pasaje como: “Desde hace siglo y medio Inglaterra exporta indirectamente el suelo de Irlanda sin otorgar a sus cultivadores ni siquiera los medios para remplazar los componentes de aquél”. Marx ([1867]1995, p. 879).

2 Foster, John Bellamy. (2000). La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. España: El Viejo Topo.

3 El concepto de metabolismo no es exclusivo del marxismo y tiene que ser entendido más como una metáfora útil para la investigación, ya que no es un concepto medible en estricto sentido. Por ello, en la década de 1960 se acuño el concepto de metabolismo urbano por Wolman, A., 1965. The metabolism of cities. Scientific American 213 (3). Este ha dado lugar a la creación de distintas herramientas para analizar los flujos de energía y materia y su relación con las ciudades de forma cuantitativa. Una revisión de la literatura reciente se encuentra en Zhang, Yan. (2013).Urban metabolism: A review of research metodologies. Enviromental Polution Vol. 178.

4 Se utiliza la traducción de Foster (2000, p. 241). La edición de Siglo XXI Editores se traduce el pasaje como: Y todo progreso en la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste durante un lapos dado, un avance en el agotamiento en las fuentes duraderas de la fertilidad…La producción capitalista por consiguiente, no desarrolla la técnica  y la combinación de proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Marx ([1867]1995, p. 612-613).

5 Op. Cit. Foster, 2000, p. 221.

6 Los pobladores originarios aprovechaban las inundaciones y el agua para fertilizar y regar sus cultivos. El sistema productivo agrícola que tenían estaba adecuado a ello. Véase para mayor discusión al respecto: Canciani, Vera. (2014). Dreaming of a Dry Land. Enviromental Transformation in Colonial Mexico City. California: Stanford University Press.

7 La ruptura del ciclo hidrológico original no necesariamente tendría que llevar a sufrir grandes desastres. Muchas otras ciudades del mundo también han alterado también sus ciclos hidrológicos y no por ello los padecen. En este sentido, existe ciertas precondiciones y desconocimiento que son también causa de tener una ciudad más vulnerable a desastres.