Hace cuatro años, en este mismo espacio, escribí un artículo sobre los problemas de urbanización y sostenibilidad del campus universitario que enfrentaría el entonces próximo rector de la UNAM. Hoy, ante el nuevo proceso de elección de rector y a la luz de una investigación que acaba de publicarse sobre la urbanización y su efecto en los servicios ecosistémicos en Ciudad Universitaria (Zambrano et al., 2019), quisiera hablar de nuevo sobre los siguientes cuatro años en la UNAM. La próxima administración se enfrentará a los problemas ecológicos, económicos y políticos relacionados con la crisis ambiental. Por ello, es el momento de proponer a la comunidad la implementación de la sostenibilidad en la vida cotidiana de todos los campus —recordemos que la UNAM no sólo cuenta con la Ciudad Universitaria (CU) al sur del Valle de México, sino también tiene varios campus en el territorio nacional, incluyendo algunos otros más en la Ciudad de México—.

El concepto de sostenibilidad estuvo en todos los programas de trabajo de los aspirantes. Pero, sin excepción, éstos se enfocaron en las ecotecnologías e innovación tecnológica para atacar el problema. Ninguno de los aspirantes habló de la sostenibilidad de los campus como un problema de múltiples aristas donde las relaciones sociales, culturales, económicas y ecológicas se funden para integrarse en la dinámica de las metrópolis donde se encuentran. Y, si bien las ecotecnologías (paneles solares, techos verdes o reciclaje de basura) son un instrumento para la sostenibilidad en los campus, esto es sólo una pequeña parte. La gestión territorial y las dinámicas sociales y de conservación son las piedras angulares para la sostenibilidad. Incluir todas estas aristas involucra comprender la historia de cada campus. Me enfocaré en el proceso de urbanización en CU para ejemplificar que cada decisión urbana genera consecuencias ecosociales en el mediano y largo plazo.

Ilustración: Víctor Solís

La forma en la que se urbanizó CU ha modificado la cantidad y calidad de servicios ecosistémicos que el campus provee a la ciudad. Este campus se fundó en 1954 en la zona del pedregal, al sur de la Ciudad de México, a partir de una relación tortuosa entre el gobierno federal y la UNAM. Una de las razones por las cuales el gobierno expropió 723 hectáreas en esta zona para tal fin, fue generar un ancla de desarrollo que permitió la especulación inmobiliaria sobre terrenos de alrededor, en particular en el Pedregal de San Ángel y posteriormente en Copilco el Alto (Morales Schechinger y García Jimenez, 2008).  Un proceso muy similar sucedió con la Universidad Iberoamericana en Santa Fe en los años ochenta.

La primera fase en el desarrollo de CU estuvo en lo que hoy conocemos como campus central, donde se encuentran la Torre de Rectoría y casi todas las facultades tradicionales como Medicina, Derecho, Odontología, Ingeniería, Arquitectura (y en esa época Ciencias). Ésta es la zona reconocida por la UNESCO como patrimonio de la humanidad y ocupa solo cerca de 120 hectáreas dentro de todo el terreno de CU. El diseño del campus central buscó no solo la estética, sino también la funcionalidad para estudiantes y académicos. Los pocos autos llegarían apenas al perímetro, mientras que la convivencia sería a pie dentro de los jardines internos (Las Islas) con fácil comunicación entre las facultades.

Pero después de establecerse con base a este núcleo, la urbanización fue salpicando todo el terreno con edificios y calles (ver figura). Es posible que este tipo de crecimiento respondiera a la idea de ocupar todas las esquinas para evitar invasiones. Pero existe otra razón, pues la expansión ocurrió después de los movimientos de 1968 y 1971, por lo que pareció buscar la separación física de los alumnos de facultades como Ciencias Políticas o Ciencias y así reducir discusiones políticas. Con este ejemplo es evidente que la urbanización responde a diferentes dinámicas políticas y sociales dentro de un contexto histórico marcados por momentos importantes. Pero también ésta, a su vez, tiene consecuencias. En este caso, la dispersión de edificios a lo largo del pedregal generó cicatrices que modificaron la calidad de vida de los universitarios y los servicios ecosistémicos para toda la ciudad.

Figura. Evolución de la urbanización de Ciudad Universitaria

Elaboración: Tania Fernández. Fuente: Zambrano, et al., 2019

Algunos de los servicios ecosistémicos que provee el campus están claramente influidos por el tipo de fragmentación que tuvo este ecosistema. Por ejemplo, con el crecimiento de la urbanización, la cantidad de agua para infiltración al acuífero somero se ha reducido entre 20 y 40 por ciento. Esto se debe sobre todo al aumento de la superficie construida, pero posiblemente agravada también por la dispersión de las edificaciones, generando un efecto de isla, donde el borde y la temperatura pueden estar afectando también. La hipótesis es que la misma cantidad de área verde infiltra menos agua si está fraccionada en pequeñas islas que si estuviera concentrada en solo manchón grande.

En cuanto a la biodiversidad, la fragmentación del campus tiene resultados mixtos. Por un lado, hay una mayor apreciación por la naturaleza que se puede evaluar con la cantidad de especies fotografiadas. Ésta actividad es mayor en zonas donde existe algún tipo de camino o vereda que permite acercarse a la interacción de las especies nativas y, por lo tanto, puede ayudar a los paseantes a apreciar mejor la biodiversidad y funciona como un buen educador (La información para este análisis, por cierto, se obtuvo de la base de datos de la CONABIO que está en peligro ahora de perder toda su independencia económica con la propuesto de su modificación de régimen) Pero, por el otro lado, este movimiento de personas a través de las áreas verdes favorece la introducción de especies exóticas de plantas como el pasto kikuyo (Pennisetum clandestinum) o los eucalpitos (Eucalyptus sp), pues las personas funcionan como agentes de dispersión de semillas de especies invasoras que pueden modificar todo el ecosistema.

Pero la movilidad dentro del campus es quizá la variable más afectada por esta fragmentación que, en su segunda etapa, fue pensado para los autos. La falta de banquetas y sobra de estacionamientos se ve a simple vista. También, el mal servicio de transporte interno universitario se puede constatar -incluso sin utilizarlo- a partir de los indescifrables mapas de ruta del Pumabús y la cantidad de taxis privados que hay en el campus. A esto se le tienen que agregar los efectos del enrejado del espacio público resultado de los problemas de seguridad. La epidemia de rejas que se han instalado desde hace varios años no ha contribuido a disminuir la inseguridad: lo que sí ha aumentado es, más bien, la distancia que los universitarios tenemos que caminar entre el laberinto de rejas para cruzar el campus. En algunos casos las distancias habituales se han triplicado. Esto evita la interacción entre estudiantes y académicos de las diferentes dependencias, lo cual va en contra no solo la funcionalidad original del proyecto del campus central, sino también del espíritu universitario que busca el debate entre diferentes ideologías y disciplinas.

La historia nos ayuda a comprender las razones y las consecuencias de la forma en la que se urbanizó el campus. Modificar este mapa urbano es complicado, pero no imposible. Hay que tener paciencia y aprovechar cada oportunidad que se tiene. A final de cuentas, las ciudades son flexibles y CU no es la excepción. Desafortunadamente se han perdido grandes oportunidades recientes para desarrollar el campus de manera sostenible. Además de la proliferación de las rejas, las instalaciones para albergar a la Facultad de Ciencias de la Tierra pudieron haberse generado a partir del reciclaje de un edificio, lo cual hubiera sido una piedra angular en la nueva forma de desarrollo. Sin embargo, al parecer, algunos académicos no quisieron tener estudiantes cerca de los institutos donde trabajan y esa idea se desechó. Otro ejemplo de oportunidad perdida es el Pabellón de la Biodiversidad del Instituto de Biología, un edificio donado por Carlos Slim, donde su palabra parece haber tenido una mayor influencia que la de la comunidad académica del propio instituto receptor. Este pabellón pudo haberse construido idealmente en el estacionamiento del propio instituto, pues esto habría conectado a los visitantes con el vecino Jardín Botánico. En cambio, se impuso establecerlo lejos, en la zona cultural. Esto divide el quehacer de la comunidad del Instituto de Biología en dos edificios alejados, quedando solo como evidencia de uno de esos errores en urbanismo que podrían utilizarse como ejemplo de libro.

A pesar de todos estos ejemplos, todavía se puede corregir el rumbo hacia la sostenibilidad a través de varias medidas y cambios de paradigma. Por lo pronto, en términos de movilidad se puede cambiar el paradigma del auto para beneficiar a peatones y ciclistas generando carriles exclusivos y banquetas en todos los circuitos. Esta acción no llevaría el campus a la vanguardia, sino que apenas lo pondría en vías para alcanzar a ciudades como Felipe Carrillo Puerto en Quintana Roo, que ya cuentan con esa distribución del espacio público. Además, todavía se puede retomar el concepto de reciclaje de edificios, así como mejorar la eficiencia del espacio dentro de las aulas y oficinas de los académicos. Repensarnos incluye ecotecnologías y cambios de hábito como tomar agua de bebederos en lugar de embotellada. Estos cambios pueden ayudar reducir la huella ecológica de los universitarios y enseña a los estudiantes cómo cambiar la vida cotidiana para ser más sostenibles.

Con este tipo de ideas, la urbanización de CU se puede utilizar como ejemplo a seguir en diferentes ciudades y, por ello, la responsabilidad para el manejo del campus va más allá de la propia universidad. Es por esto que, en su plan de desarrollo para los próximos cuatro años, el próximo Rector debería considerar no solo la generación de ecotecnologías, sino el cambio integral a la sostenibilidad, en particular la gestión del territorio. De lo contrario, la universidad estará muy atrasada en su responsabilidad ante los nuevos retos que nos está imponiendo la crisis ambiental.

 

Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.

Morales Schechinger, C. and S. García Jimenez. 2008. Mexico City and Univeristy City: A story of struggle for autonomy though land. Pages 119–154 in W. Wiewel and D. Perry (eds), Globla Universities and Urban Development Case Studies and Analysis. London: Routledge.
Zambrano, L., M. F. Aronson, and T. Fernandez. 2019. The consequences of landscape fragmentation on socio-ecological patterns in a rapidly developing urban area: A case study of the National Autonomous University of Mexico. Frontiers in Environmental Science DOI 10.3389/FENVS.2019.00152.