“No hay razón para creer que burócratas y políticos, no importa lo bien intencionados que sean, son mejores al resolver problemas que la gente a quien más le beneficia ser creativo para encontrar la mejor solución”.
—Elinor Ostrom
La mayor tragedia de la sostenibilidad es haber sido malentendida y, por lo tanto, mal utilizada. La sostenibilidad surgió como un modelo de desarrollo que permite explotar los recursos sin comprometer las necesidades futuras. Además, debe considerar aspectos biológicos, económicos y sociales. Dado lo esperanzador del concepto, en los últimos años este término ha sido ampliamente utilizado, permeando de manera general en la conciencia colectiva de toda una generación. Sin embargo, como cualquier otra herramienta, su efectividad depende del entendimiento e intención de quien lo utiliza, de la misma manera que quien usa un martillo puede emplearlo para construir o para asesinar. De esta forma, la sostenibilidad es un holotipo al cual debemos acercarnos, pero su comercialización resulta más peligrosa que la ausencia del mismo concepto.

Dada la amplitud del concepto, los proyectos sostenibles requieren una alta transdisciplinariedad para su elaboración pero esto no siempre se lleva a cabo. Resulta común encontrar proyectos que han excluido la visión de diversos actores involucrados y que, después de enfrentar los conflictos resultantes de esto, deciden abrir el dialogo para llegar a un acuerdo que “beneficie a todos” y “enriquezca el plan”.
Sin embargo, en este punto del proyecto, una negociación para llegar a la solución “menos mala” o para buscar un “punto medio” entre las diferentes visiones no puede arrojar una propuesta sostenible. La falacia del punto medio entonces se refiere a que dentro de la sostenibilidad éstos no existen, ya que cualquier convenio a partir de una imposición será solo un punto en una línea ya bastante acercada a la conveniencia de uno de los actores.

Este es el caso de múltiples proyectos propuestos en este momento para la Ciudad de México. Por ejemplo, el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, Deprimido Mixcoac, Autopista Urbana Oriente y más recientemente el Corredor Cultural Chapultepec. Ante cada uno de éstos casos la sociedad civil se ha organizado para manifestar su inconformidad. Algunas veces los opositores argumentan la tala de árboles y otras afectaciones ambientales, otras tantas se arguye el despojo de tierras y la injusticia social que representa y finalmente se han levantado movimientos en contra de la privatización del espacio publico. En cualquier caso, los movimientos provienen de una falta de participación ciudadana en la planeación de nueva infraestructura.
Si el disgusto ciudadano se ha convertido en una propiedad inherente de las nuevos proyectos, ¿por qué es que no se ha involucrado a la sociedad civil en la toma de decisiones? Desde mi punto de vista la respuesta esta en dos visiones distorsionadas de la biología y la ecología:
1. Soy lo que soy por mérito propio (¡y lo dice Darwin!).
Desde 1859, año en el que Darwin publicó El origen de las especies, el concepto de “evolución” ha sido continuamente mal entendido y, al igual que el concepto de sostenibilidad, mal utilizado. Especialmente después de la círculo de Viena, la idea de “La sobrevivencia del más fuerte” desplazó la idea original de Darwin, que hablaba de adaptabilidad y no de fortaleza. Esta idea es especialmente importante en un momento histórico donde la riqueza económica se puede perder o ganar en un corto tiempo y por méritos propios (de Botton, 2002). La idea de que cada individuo pueda poseer toda la riqueza que sea capaz de conseguir con su esfuerzo embona perfecto con las (supuestas) ideas de Darwin y le ayuda a justificar la desigualdad social por medio de una “ley natural”.
¿Qué tiene que ver esto con las autoridades? La visión de las autoridades en muchos casos se centra en proponer proyectos sin considerar a los ciudadanos porque los dirigentes que han llegado a ser tomadores de decisiones son “los mas fuertes”, los sobrevivientes y los que saben que les conviene a aquellos que la evolución ha desfavorecido (que somos todos los demás).
2. La herencia desfigurada de Garret Hardin
Como consecuencia de lo anterior, diferentes políticos alrededor del mundo han adoptado una postura “sobreprotectora” en la cual tienen que decidir lo que es mejor para la sociedad, ya que los ciudadanos no saben lo que les conviene. Uno de los casos más representativos de este pensamiento es el del ecólogo Garrett Hardin, quien preocupado por la sobrepoblación humana llegó a declarar:
“La ruina es el destino hacia el que corren todos los hombres (seres humanos). Cada uno persigue su propio interés en una sociedad que cree en la libertad de lo común”.
Es evidente lo mucho que esta visión de la sociedad se ha adentrado en el sistema político con el que vivimos, llevando esta declaración al extremo paternalista. Sin embargo, existen otras perspectivas en cuanto a la relación gobierno-sociedad, como propuso la Premio Nobel Elinor Ostrom (1999).
En su libro “Gobernando a los comunes: la evolución de las instituciones para la acción colectiva” (1990), Ostrom describe como un grupo de personas, en situaciones independientes pueden organizarse e incluso gobernarse ellos mismos para obtener beneficios conjuntos. Si bien esta teoría se refiere a una administración económica de los bienes comunes, su visión puede ser traducida a que los gobiernos deben escuchar a sus pobladores, ya que nadie sabe mejor lo que se necesita que al que le hace falta.
Esta idea de cooperación no apela a los buenos sentimientos ni a las buenas intenciones de la sociedad, sino a un deseo de sobrevivencia intrínseco, el cual nos obliga a buscar formas de asegurar el futuro suministro de nuestras necesidades.
Por lo tanto, antes de proponer proyectos para la cuidad y que sean realmente sustentables, deben de tomar en cuenta que la sostenibilidad no solo incluye a la ecología, sociología y economía, sino que además busca el bien para el mayor número de personas, siempre priorizando e incluyendo a los sectores más vulnerables. Dejar de lado esto último y adoptar una conducta estrictamente consecuencialista nos acerca a tomas de decisiones discriminatorias con las que llevamos luchando más de medio siglo.
Por esto, si los ciudadanos están en contra de un proyecto, deténganse a escucharlos antes de estigmatizarlos como los eternos inconformes (como NIMBYis). Entendamos que la sostenibilidad requiere de la capacidad de escuchar y entender las necesidades y preocupaciones de todos los involucrados y deben ser integradas desde un inicio.
Buscar una conducta conciliadora cuando un proyecto ya ha sido elaborado y está por construirse, simplemente es una farsa para intentar socializarlo y alcanzar su aprobación. Los proyectos mencionados en este artículo difícilmente pueden aspirar a ser considerados sustentables a menos que sean replanteados por completo (y en algunos casos, ni aún así). Así que por favor, escuchemos en lugar de continuar el greenwashing, dejemos de pintar de verde lo que no es y de usar la sostenibilidad en contra de si misma.
Cristina Ayala Azcárraga es estudiante de doctorado en el Posgrado de Sostenibilidad de la UNAM y coordinadora de proyectos de restauración de Xochimilco en el Laboratorio de Restauración Ecológica del IBUNAM.
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