Recientemente ha habido un amor por los tlacuaches en el sur de la Ciudad de México. Después de haber sido maltratados, comparados con ratas, perseguidos y atropellados, muchos capitalinos han renovado sus votos de amor por el único marsupial urbano que tenemos. Recordemos que los marsupiales son mamíferos muy conspicuos, pues el embrión se desarrolla un saco externo, llamado marsupio. La mayoría de los marsupiales viven en Australia, los canguros son los más típicos, y en México tenemos al tlacuache como uno de su representantes.

La relación entre los tlacuaches y los mexicanos se remonta a las culturas precolombinas, donde algunos mitos sugieren que robó el fuego y al guardarlo en la cola se quemó y peló, otros mitos lo sugieren como una divinidad. Es buena noticia recuperar esas historias y que el Homo urbanus —individuo que considera que la naturaleza se reduce a perros, gatos y una maceta con una millonaria que le regaló su madre— piense que hay otros animales con los que cohabita en la ciudad.

Aunque los excesos también son malos. Se corre el riesgo de pensar que ellos no pueden vivir sin nosotros. En los últimos meses, con las lluvias extremas que hemos tenido en la Ciudad de México, han circulado en las redes sociales solicitudes para apoyar a los tlacuaches, pues se considera que sufren con las lluvias. Se implora que los alimentemos y le demos cobijo. No sé si las personas que circulan esto se han dado cuenta, pero los tlacuaches llevan muchos más años que nosotros habitando este lugar. Es presuntuoso pensar que, en un día lluvioso, la naturaleza necesita de nosotros por el hecho de que nosotros tenemos frío y no nos gusta mojarnos.

Lo anterior no quiere decir la naturaleza se pueda urbanizar, suponiendo que ella se las puede arreglar. Si queremos hacer algo por los animales que viven en la ciudad (no sólo hay tlacuaches, también murciélagos, cacomixtles, colibríes, garzas y todo tipo de insectos) lo más importante es asegurarnos de que tienen un hábitat donde sobrevivir. En otras palabras, no queramos meter a los animales a nuestras casas, mejoremos sus casas −su hábitat− para que ellos se las puedan seguir arreglándoselas solos.

Para mejorar su hábitat es necesario considerar cosas que, por estar rodeados de concreto, no las pensamos cotidianamente. Por ello voy a usar como ejemplo el manejo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (REPSA) de la UNAM. Un primer problema es el espacio. Este recurso es el más caro en las ciudades y es prioritario para la sobrevivencia de las especies. El tamaño de los animales está directamente relacionado con la cantidad de espacio que requieren. Así, las poblaciones de ratones necesitan de menos espacio que las poblaciones de elefantes. Por ello, aún cuando el jardín sea muy grande, no puede mantener la población de un jaguar. En términos de espacio, la UNAM destinó de su campus central prácticamente un tercio para la conservación del hábitat de las plantas y animales típicas del Pedregal. Las 237 hectáreas de la REPSA quizá puedan mantener a una población de zorra gris, ese estudio es el que se está realizando ahora a partir de su reaparición en el campus universitario hace cerca de un año.

Sin embargo, un tercio de terreno quizá no sea suficiente para las necesidades de animales como la zorra gris, lo que es seguro es que quitarle más espacio a los pedregales abiertos en CU, sí condenaría a su población y a otras especies de mamíferos a la extinción en ese lugar. Entre más áreas verdes puede haber más interacciones en el ecosistema y, por lo tanto, más capacidad para diferentes especies.

Otro factor es el fraccionamiento de las áreas verdes por fronteras como calles o rejas. Las calles reducen la posibilidad de moverse, pues aumenta su riesgo de morir intentando cruzarlas. La REPSA está partida en dos nada menos que por Insurgentes, imagine a un tlacuache, o una zorra gris intentando cruzarla. Cada semana se atropella al menos un tlacuache dentro y en las inmediaciones de Ciudad Universitaria. Estos números bastarían para tener un control sobre la velocidad, pero todavía hay muchos automovilistas que se quejan de que exista límite de velocidad en esa zona. En los últimos años se ha planteado conectar las zonas núcleo que están separadas por esta avenida con un puente para pequeños mamíferos. La estructura sería como un “puente peatonal”, con piedras y plantas del Pedregal arriba. Pero antes de que los ingenieros comiencen la obra es necesario estudiar cual sería el mejor diseño y donde debe de estar colocado, ya que necesitamos asegurarnos de que se va a utilizar por los animales.

Por su parte las rejas han ido en aumento en CU pues se cree de que mejoran la seguridad. Estas barreras no son útiles para lo que se concibieron y tienen un gran efecto negativo en todas las especies (incluyendo al humano) que necesitan moverse en el campus.

La conectividad entre zonas también se genera a partir de la distribución de las áreas verdes. Las plantas (refugio y alimento de muchos animales) tienen un rango limitado en la dispersión de semillas, por lo que, si sólo hay concreto en ese rango, su posibilidad de establecerse desaparece. Así que cada zona verde es una isla —oasis— para que las plantas y los animales puedan sobrevivir. En CU existen más de 40 hectáreas de pedregales remanentes distribuidos en pequeños parches que no están protegidos pero que las especies las utilizan. Cada calle, edificio o estacionamiento que se construye en estos pedregales remanentes condena a las especies al aislamiento y a la posible extinción.

Las especies introducidas también son un problema. La REPSA sufre de perros y gatos ferales que son introducidos constantemente los Homo urbanus mencionados arriba y que matan lagartijas, ratones y conejos. Todavía existen algunos universitarios que, sin comprender las implicaciones negativas, les dejan comida en los linderos de la reserva, con una lógica parecida a la de alimentar tlacuaches. Una de las hipótesis más fuertes es que la población de zorras desapareció a principios de este milenio a causa de las jaurías establecidas en el Pedregal. Esta hipótesis se refuerza porque ahora que la población de estos perros se ha controlado, la zorra ha vuelto.

También hay plantas exóticas al Pedregal como los eucaliptos, el pasto kikuyo y la madre de millones. Desde hace ya un par de décadas se han generado programas de restauración de la REPSA a partir de la tala de eucaliptos, que se ha comprobado que modifican toda la comunidad de insectos y mamíferos del Pedregal. Los lugares sin eucaliptos recuperan la heterogeneidad, aumentando la diversidad.

La basura es otro de factores que afectan a la reserva. Trabajadores de limpieza de la ciudad y algunos vecinos de la colonia del Pedregal de San Ángel que colindan con la REPSA la ven como zona para tirar sus deshechos, y hay quien todavía la ve como un tiradero de cascajo. Finalmente, la contaminación hormiga (deshechos de los visitantes) inundan la REPSA de basura.

Se necesitarían muchos párrafos para evaluar éstos y problemas que una reserva urbana como la REPSA tiene. Para resolverlos en la UNAM los estamos agrupando en tres grandes ejes:

• Monitoreo: busca entender cuanta contaminación le entra a la REPSA, ya sea por basura o por contaminantes de los automóviles. Esta acción que también busca evaluar cuantos animales y plantas habitan en diferentes sitios y diferentes épocas del año.

• Restauración: busca mejorar el hábitat perturbado por cascajo, eucaliptos, pastos o perros y gatos ferales.

• Relación Humana: evalúa la toma de decisiones en el campus relacionadas con la REPSA. También evalúa como es que la comunidad universitaria y del sur de la ciudad conviven con la reserva. De esta interacción es de donde surgen las políticas que podrán mejorar el hábitat de las especies o la pueden condenar a su desaparición a manos de la urbanización.

La información que se está generando en la REPSA puede ser útil para entender las áreas verdes de toda la Ciudad de México, en donde contamos con más del 50% del área de la Ciudad resguardada para la conservación; si bien toda esa área está acumulada en el sur. Existen cinco delegaciones (Venustiano Carranza, Benito Juárez, Cuauhtémoc Azcapotzalco e Iztacalco) que prácticamente son desiertos de concreto para las especies y los seres humanos, al contar con menos del 7% con área verde del total del área que cubre la demarcación.1 En estas delegaciones donde el área es verde es tan pequeña es imposible sobrevivir para la mayoría de las especies nativas, que son benéficas para el ser humano, en consecuencia, los seres humanos que habitan estas zonas tienen menos calidad de vida. La conectividad de las áreas verdes tiene que considerarse en todo el territorio y no sólo en una región. Tampoco existe el monitoreo de la flora y fauna nativa de la Ciudad de México para saber cuando alguna de ellas crece y otra decrece. Nunca se han pensado en generar conectividad entre áreas verdes. Finalmente, pocos gobiernos se han preocupado por evaluar la percepción de los habitantes de la ciudad por sus áreas verdes.

Una de las muchas enseñanzas que nos ha dejado estudiar el manejo de la REPSA bajo estos tres ejes es que un jardín —en el caso de CU, un Pedregal— no es suficientemente grande para sostener una población de zorras grises, pero si ese jardín —o Pedregal— está interconectado con otros jardines, parques y camellones, puede ser parte de un entorno capaz de albergar zorras grises, los tlacuaches y otros animales. Promover un buen manejo de las áreas verdes en la ciudad, es mucho más útil que adoptar tlacuaches, como lo hizo Homero Simpson, quien a la zarigüeya más grande le puso Cuca.

Invitación para que todos los interesados apoyen los programas de restauración del Pedregal de la REPSA en Ciudad Universitaria. Esta es una de las muchas invitaciones que se hacen a lo largo del año que permiten mantener este Pedregal de los peligros urbanos a la que es sometida.

 

Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.


1 Datos en proceso para informe sobre sismo.