Las ciudades son dinámicas. Se expanden, cambian la infraestructura, se reciclan y en ocasiones se contraen. Nunca dejan de estar en movimiento, pues la población va cambiando en tamaño y en necesidades. En las últimas décadas esta dinámica se ha asociado únicamente a la infraestructura de todo tipo de edificaciones. Esta expansión se justifica en el crecimiento poblacional que hasta los noventas fue muy alto y con la obsesión que tenemos los mexicanos de pensar que el desarrollo solo se puede alcanzar cuando se construye algo. Una fantasía donde la felicidad de los habitantes depende de los metros cúbicos de cemento construido.

En el sexenio pasado, el argumento sobre el crecimiento poblacional y un mecanismo financiero que incentivaba a las constructoras a minimizar costos y maximizar beneficios generó ciudades perdidas en las periferias. Grandes regiones con casas construidas con pésimos materiales y nula planeación que hicieron que los habitantes simplemente no las ocuparan, e incluso con casos de fraudes masivos. Ejemplo del cual deberíamos de aprender que estos mecanismos y actores no funcionan de forma aislada.

Pero esto no es así, bajo esquemas financieros similares, sin planeación urbana y con un par de variantes se está justificando la construcción de múltiples unidades departamentales de alto impacto dentro de la ciudad. La política de densificación, como respuesta a la expansión urbana desmedida, dio el argumento perfecto para comprar terrenos en zonas céntricas y de alto costo. Por ello, las construcciones han elevado su altura para albergar más departamentos (llegando a crear muy altas densidades poblacionales en muy pocos metros cuadrados) y han elevado los precios de las viviendas. El sur la ciudad ha sido uno de los grandes blancos de estas políticas lideradas las constructoras. Un conteo somero sobre las construcciones cerca de Ciudad Universitaria pudo contar no menos de 17 construcciones inmobiliarias de más de 10 mil metros cuadrados (ver Ilustración 1). Construcciones que en poco tiempo están modificando la densidad de la ciudad, su movilidad, la interacción entre vecinos y con el ambiente. La densificación puede parecer novedosa y útil, mas la implementación utiliza prácticas similares que llevaron a la expansión de la ciudad. Por lo tanto, la densificación mal implementada puede generar problemas de igual o mayor magnitud que las ciudades abandonadas.

Es cierto que la pirámide poblacional está cambiando, que es necesario generar políticas para darle vivienda a jóvenes que buscan independencia y evitar la expansión urbana sin planificación. Para ello hay muchas formas de solucionar este reto, antes que dejarlo sólo al libre mercado, a que las inmobiliarias construyan edificios para una elite urbana. Estos edificios además de que no solucionan el problema demográfico de vivienda ni densifican sustentablemente a la ciudad, sí traen consigo graves consecuencias para el resto de la población y otro tipo de grandes impactos sociales.

 

Ilustración 1. Construcciones en un círculo de 5 km de diámetro alrededor del Campus


Fuente: Elaborado con información recopilada por Gustavo Adolfo Huelva Lobato.

El caso de la inmobiliaria Be Grand podría ser emblemático de este proceso. Hoy día se encuentra construyendo dos edificios de 23 y 27 pisos (entre 65 y 90 metros de altura) frente a Ciudad Universitaria. La empresa ofrece 616 departamentos de $3,466,000 (45 m2) a $8,400,000 (120 m2). Esto sugiere un costo unitario es de más 70 mil pesos el metro cuadrado. Si consideramos la encuesta de ingresos y gastos del INEGI, el más pequeño de esos departamentos sólo podría ser comprado por menos del 5% de la población de la ciudad, pues incluso una proporción de las familias que están en el decil más alto (esto es el 10% de la población que gana más) no le alcanza para pagar las cuotas del préstamo.

Uno de los primeros problemas de una densificación sin planeación es el agua. Un edificio como el de Be Grand necesita de más de 600 metros cúbicos de agua al día en un terreno rodeado de multifamiliares, oficinas y el campus universitario que también necesitan de agua. Esto implica que debe de haber cambio en la infraestructura hídrica y un aumento dramático en la explotación del acuífero de la zona para cubrir las necesidades (o quitarle agua a otra zona de la ciudad). Como sabemos tenemos un déficit de agua muy grande en la Ciudad de México. Dependemos del agua del acuífero que cada día está más explotado, no conocemos cuanto hay. Aumentos tan dramáticos en la demanda de agua deben de hacerse con estudios más profundos sobre la disponibilidad y hoy se realizan con base en la solicitud de la constructora sin evaluar cuanto nos queda y muchas veces bajo estudios opacos.

Dado el incremento tan rápido de las densidades y los problemas de agua locales, es necesario volver la mirada a la lección que brinda Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, que está viviendo una crisis de agua sin precedentes y que posiblemente llegue su “día cero” donde se cerrarán las tuberías de agua y la gente tendrá que hacer filas para obtener sus 25 litros de agua diarios. Aún con solo cuatro millones de personas, Ciudad del Cabo se parece mucho a la Ciudad de México. De hecho, artículos internacionales sobre esta crisis mencionan también a la Ciudad de México como una de las siguientes en enfrentar la crisis. Con este futuro a alguien que compró su departamento de ocho millones de pesos en estas torres, con la promesa de tener SPA y alberca incluidos, no podría siquiera jalar el escusado, pues no habrá suficiente agua en la ciudad.

Otro de los problemas que generan este tipo de construcciones sin una planeación urbana adecuada es la destrucción del paisaje, uno considerado patrimonio mundial. Los cerca de 100 metros de altura de dos edificios, con desplante de 4,152 metros cuadrados (y una superficie de construcción de 115,494 metros cuadrados) modificaran el paisaje urbano a varios kilómetros a la redonda. En el caso del Be Grand afectarán irreversiblemente el paisaje icónico del campus central de la UNAM, el cual lo hizo merecedor de ser reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Los cambios en la visual de campus donde dominan la Biblioteca Central con el mural de Juan O´Gorman, la torre de Rectoría, y el Estadio Olímpico serán opacados por un edificio masivo que tiene la peculiaridad de repetirse en decenas de edificios iguales en la ciudad. Edificios donde la estética está subyugada a la velocidad de construcción y el precio del material (ver Ilustración 2).

Ilustración 2. Render utilizando figuras comerciales que proyecta el edificio de Be Grand visto desde Ciudad Universitaria

Fuente: Luis Zambrano.

La visual del campus central de Ciudad Universitaria ya está parcialmente rota con otro edificio de 15 pisos y que actualmente lo ocupa la CONAGUA. Aunque la declaratoria de la UNESCO se realizó después de la construcción de este edificio, la altura es mucho menor. En este sentido, no es posible asumir que la disrupción parcial de la visual previa justifica su destrucción completa por otro edificio. Es por ello que académicos y autoridades de la UNAM estamos preocupados por la construcción de Be Grand.

Estos edificios de gran impacto generan otros problemas: ambientales, de movilidad, sociales, urbanos y edáficos no discutidos aquí. El resultado es que en su conjunto este tipo de construcciones sin planeación y medidas compensatorias adecuadas reducen la resiliencia urbana y aumentan la vulnerabilidad de la ciudad a eventos extremos que en el caso de la Ciudad de México son a inundaciones, falta de agua y terremotos.

Estamos viviendo momentos difíciles en ética política. Es común observar artefactos legales que son inventados para que las constructoras tengan sus permisos. Por ejemplo, la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) del edificio Be Grand validado por el gobierno no manifiesta los verdaderos efectos ambientales que estos edificios tendrán, y las medidas de mitigación no sólo inútiles para la ciudad, sino que además la constructora puede utilizar en su favor para justificar los altos precios. La MIA de Be Grand sugieren el arreglo 500 m2 de banquetas a su alrededor, con lo que promueven que su construcción “mejorará” el entorno urbano autojustificando así dicha edificación. También la MIA indica que construirá una cisterna de captación de lluvias, con capacidad de 212 metros cúbicos, equivalente al consumo diario de menos de un tercio de las 616 familias que vivirían ahí. Instalación que contrasta con la cisterna de 1,392 metros cúbicos que se alimentará del agua potable de la ciudad y que almacenará más del doble de lo que requiere toda la unidad al día. La pequeña cisterna de lluvias aunada a las celdas solares para el alumbrado de áreas comunes (ambas presentadas en la MIA) permite presumir la “ecología” y “sustentabilidad” de la construcción, aun siendo marginales para las proporciones manejadas. Un claro ejercicio de “greenwashing”. 

El trato privilegiado que el gobierno confiere a los desarrolladores inmobiliarios les permite evadir las leyes y obtener todos los permisos. En el caso de Be Grand, las autoridades de la Ciudad de México tímidamente sugieren que no están de acuerdo y que defenderán el patrimonio universitario. Pero aclaran que lo harán bajo el marco de la ley que ellos mismos modificaron para permitir el edificio. Con este apoyo gubernamental, las inmobiliarias ya han destruido otras partes de la ciudad como la cultura de barrios como Xoco, han tirado al drenaje por más de tres años agua del acuífero en Aztecas 215 y ahora pretenden destruir una de las arquitecturas mexicanas más simbólicas del país y renombradas a nivel internacional: el paisaje de Ciudad Universitaria. Todas estas acciones sobre las protestas de ciudadanos que buscan defender su patrimonio y el de la ciudad y que no son escuchados.

Dado lo anterior, no se puede eximir a las constructoras de su responsabilizad de destrucción urbana ni a las mismas autoridades. El poder económico y el poder político que estos gobiernos les han cedido les está permitiendo modificar la forma de esta ciudad, afectando a millones de habitantes en el presente y en el futuro. Este poder tiene consigo una gran responsabilidad que no sólo se puede basar en los cálculos costo-beneficio a la que normalmente arguyen cuando tienen perdidas las discusiones de los problemas urbanos que están ocasionando. Gobiernos y empresas sin ética pueden hacer mucho daño al presente y futuro de la ciudad, es ahí cuando los ciudadanos y las universidades tenemos que tomar el papel de ver a futuro y preguntarnos si este desarrollo basado en construcción vale la pérdida de cultura, agua y ambiente. En otras palabras ¿cuánto estamos dispuestos a perder?

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.

Se agradece a Gustavo Adolfo Huelva Lobato por la elaboración de parte de la información contenida en el texto.