En la entrega anterior se describió la resiliencia urbana como una serie de canales por donde corre una canica. También se explicó que la resiliencia urbana es un atributo emergente de los sistemas complejos y, por lo tanto, no necesariamente es buena o mala. Pero dejó un cabo suelto para entender cuál es la importancia de que la canica pueda cambiar de un canal al otro. Esta figura significa un cambio en el punto estable de una variable en particular. Por ejemplo, en el artículo anterior que hablaba de movilidad, esta variable podría ser el número de horas promedio de desplazamiento de todos los habitantes —los que van en automóvil, en bicicleta, en transporte público o a pie—. Pasar de un canal a otro significa disminuir —o aumentar—, drásticamente, el promedio de horas de desplazamiento de todas las personas de la ciudad. Otros ejemplos podrían ser el número de conflictos vecinales por obras, el de inundaciones o de días en contingencia.

La ruta de los canales hace que, con el tiempo, la canica —el comportamiento de nuestra variable— vaya aumentando o disminuyendo gradualmente, por ejemplo, el número de días de contingencia. Pero una “transición crítica” (Elmqvist et al. 2018) es el brinco de un canal a otro y así, en poco tiempo, pasar de un año de muchas contingencias a uno de pocas. Una vez que la canica cambia de canal, la nueva ruta la llevará de nuevo por resultados progresivas: ir aumentando o disminuyendo poco a poco el número de días con contingencia. Para ilustrar estos cambios, graduales o críticos, existen dos ejemplos en la Ciudad de México: la planeación y el manejo de áreas verdes, ambos casos parte del ordenamiento territorial que es fundamental para una ciudad sostenible.

Ilustración: Belén García Monroy

La planeación

La palabra conflicto define muy bien el desarrollo urbano en la Ciudad de México desde hace ya varios años. En parte esto se debe a que las empresas constructoras lo han controlado a través de la discrecionalidad y captura del gobierno en dar permisos, apoyadas en corrupción. En este canal de resiliencia, el crecimiento horizontal y vertical de la ciudad se deja al libre albedrío de las constructoras que, a su vez, dejan una estela de desastre urbano. Éstas pueden generar problemas de movilidad y tala de árboles —por ejemplo, el caso de Mitikah cerca del pueblo Xoco— o de agua —como el desabasto que se produce en zonas adyacentes cuando se debe proveer repentinamente a cientos de departamentos— hasta problemas con la estética de la ciudad —por ejemplo, las cicatrices del Segundo Piso en Periférico o el edificio de BeGrand modificando el paisaje de Ciudad Universitaria). 

Las constructoras brindan inversión y empleo, con lo cual chantajean a cualquier gobierno local para obtener facilidades, permisos y autorizaciones. La corrupción también juega un papel importante. La dinámica del poder político y económico es la base de resiliencia de este canal, al grado que las constructoras se autodenominan “desarrolladoras” y han logrado que este término sea aceptado por la sociedad. Hace unos años, asistí a una reunión organizada por el gobierno capitalino entre vecinos y la constructora Quiero Casa para buscar una solución a un conflicto, generado a partir de una unidad habitacional en Aztecas 215. Una de las fuentes del conflicto surge a partir de que la constructora vierte el agua del acuífero al desagüe pues “le estorba” sin que ninguna autoridad le haya multado siquiera. En esa reunión, para justificar el desperdicio de agua, el empleado representante de la constructora se jactaba de que el Jefe de Gobierno de ese entonces, Miguel Ángel Mancera, les había dicho que las constructoras “hacían la ciudad”. Así se la creen y así es su poder.

Por otro lado, los asentamientos irregulares —frecuentemente hechos clientela política de caciques, alcaldes y diputados locales— son el otro factor que promueven la ocupación de los humedales, las barrancas, las áreas de grietas y minas y el suelo de conservación. Muchos de estos asentamientos suelen estar en riesgo pues están en cauces, zonas de inundaciones o reducen las áreas de infiltración de agua al acuífero. Las reglas que establecen los limites de la ciudad o zonas que no deberían urbanizarse se convierten en letra muerta ante innumerables regularizaciones y prestación de servicios en estas áreas. La planeación urbana está también a merced de los votos clientelares que se obtienen de estos procesos.

Hace unos meses, hubo un acercamiento entre dos distintos canales de la resiliencia sobre esta inercia que ofrecieron la posibilidad de salir de esta dinámica. Es decir, existió la oportunidad de incidir en el ordenamiento territorial a través de la naciente Constitución Política de la Ciudad de México; misma que obligó a generar una Ley e Instituto de Planeación como una gran posibilidad de cambiar de canales de la resiliencia en el manejo territorial. En lugar de un canal donde impera la discrecionalidad y el beneficio político y económico, se buscaba crear espacios y acuerdos blindados por consejos liderados por el gobierno donde sociedad y academia estuvieran bien representados y tuvieran continuidad más allá del sexenio de la administración en turno. Esto es, un canal donde la planeación de largo plazo estaría resguardada por las múltiples voces de sectores que se hacen contrapeso. 

Pero Claudia Sheinbaum —la Jefa a quien le tocó crear y presidir la Junta de Gobierno de este Sistema de Planeación— parece no haber entendido que para construir esos acuerdos debía ceder el poder y dejar los nombramientos en convocatorias públicas de la representación de sociedad y de la academia. En la Ley del Sistema de Planeación de la Ciudad de México recientemente aprobada los artículos 28 y 29 dejan ver muy claro que las decisiones estarán fundamentalmente bajo la oficina de la Jefa de Gobierno. Se aferró a las estructuras que moldean el canal resiliente de manejo territorial que ahora ocupamos.

Esta decisión, de nuevo, alejó un canal alternativo de resiliencia al que se podía haber empujado la canica; uno que consistiría en un sistema con un plan territorial que nos beneficiara a todos, incluyendo los horizontes de largo plazo que demandan las propias constructoras. Permaneceremos, sin embargo, en el plan donde las decisiones están en pocas personas del mismo círculo político, dándole a las constructoras la mano y dejando que los conflictos crezcan, aún cuando se propongan consultas ad hoc.

Lo mismo ocurre en el ámbito de las unidades habitacionales y regularizaciones de los asentamientos, lo que aumenta la vulnerabilidad de la población que vive en la ciudad. Seguiremos, pues, en una ruta donde los conflictos entre las constructoras y los vecinos son pan nuestro de cada día, en lugar de reducirlos de manera dramática con una estructura institucional que diera legitimidad a las decisiones de desarrollo urbano.

La resiliencia de las áreas verdes urbanas

A menos de que se tengan reglas claras con rendición de cuentas, casi siempre las áreas verdes pierden en las dinámicas urbanas. Hasta las más icónicas, como Chapultepec, están a merced de la avaricia de algún ciudadano con buenos abogados que quiera construir su casa en pleno bosque. Las áreas verdes ocupan espacio y éste es el recurso limitante para el desarrollo urbano. Es difícil calcular el beneficio monetario de las áreas verdes, pues son beneficios difusos (los servicios ecosistémicos) y lo son para el conjunto de toda la población. Pero su destrucción genera dividendos monetarios para grupos que, por lo general, cuentan con poder para convencer —corromper— al gobierno. Éstas son en parte las variables que generan un canal de resiliencia de destrucción paulatina de las áreas verdes.

En esta dinámica, los ríos han sido particularmente afectados. De los cerca de 40 cauces detectados por Jorge Legorreta, no queda ninguno en buen estado. Se han tapado ya sea para generar calles o porque se considera que son fuente de contaminación o inundaciones. Los ríos se han entubado y enterrado como creyendo que si no se ven, no existen, cuando son lo contrario: evitan inundaciones, modifican el clima y mejoran el paisaje. En la teoría actual de recuperación, los ríos deben de ser multifuncionales. El activismo de arquitectos que buscan restaurar el Río de la Piedad, así como otras experiencias internacionales —como en Seúl o en Los Angeles— han hecho repensar a algunos capitalinos qué hacer con los ríos de la ciudad y que éste es un buen momento para su restauración.

Quizá por ello, a principios de su gestión, la Jefa de Gobierno generó un plan en esta materia. Pero tiene varios inconvenientes. Por ejemplo, la restauración de Canal Nacional, propuesto originalmente por grupos de sociedad civil, pudo haber sido un gran proyecto y emblemático de un río vivo que permitiera la recarga del acuífero, la movilidad y el ordenamiento del espacio público natural. Sin embargo, faltó un plan de trabajo ecosocial profundo donde se analizara la viabilidad de cada una de las partes y se trabajara con los vecinos. El proyecto comenzó sin ninguno de estos requisitos y esto provocó que algunos vecinos, con un discurso discriminatorio, se opusieran al uso de un espacio público abierto que conectara zonas de distintos estratos socioeconómico y a la bicicleta como forma de movilidad sustentable. A los grupos a favor de la restauración se les marginó y, en cambio, a los pocos vecinos que decidieron cerrar una avenida, se les concedió una alteración al proyecto para reducir el espacio de la bici.

Hay muchos ríos y muchos espacios verdes urbanos por restaurar en la Ciudad de México. En todos los casos es fundamental comenzar por evaluar la interacción ecosocial de los vecinos con esos espacios verdes. No sólo es sembrar árboles en proyectos basados únicamente en arquitectura; o, por ejemplo, incluir los llamados biofiltros para buscar mejorar el agua de los ríos o estabilizar los taludes. Los proyectos deben contar con múltiples beneficios para la sociedad. De lo contrario, si no se genera una política pública para la restauración de las áreas verdes de la ciudad con base en el mejoramiento de la calidad de vida de todos los ciudadanos, corremos el peligro de mantener la canica en el canal donde los ríos se ven únicamente como desagüe y las áreas verdes como lotes baldíos para estacionar autos. Una buena restauración promovería un dramático cambio en la dinámica hídrica de la ciudad.

Conclusiones

En México la mayoría de la gente votó por un cambio, un cambio radical. Ese voto es la fuerza necesaria para poder empujar a las canicas de un canal resiliente insostenible a uno resiliente con mayor sostenibilidad urbana. Ese acercamiento entre canales fue gracias al empuje de la sociedad en diferentes sectores que considera que este sistema resiliente no es nada sostenible.

Desafortunadamente, en este primer año no hemos visto que este gobierno haya aprovechado la fuerza para empujar la canica y cambiarnos de canal en al menos algunos de estos temas. Vemos que las prácticas para imponer puentes vehiculares sobre Xochimilco,  son iguales a las del régimen pasado, así como una visión  estrictamente carrocentrista para la movilidad y la necesidad de mantener todo el control en el manejo territorial de la ciudad. Quiero ser optimista y considerando que existen personas de alta capacidad en este gobierno, creo que estamos a tiempo para tomar las medidas necesarias. Pero los canales de resiliencia se están alejando y se corre el riesgo de que por mucho tiempo nos quedemos aquellos que nos llevarán al conflicto urbano permanente y a la insostenibilidad en poco tiempo.

 

Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.